Discos

Las redes del Holandés

Carlos Ginebreda

martes, 14 de agosto de 2018
Richard Wagner: El Holandés Errante. George London (Holandés), Leonie Rysanek (Senta), Josef Greindl (Daland), Fritz Uhl (Erik), Res Fischer (Mary), Georg Paskuda (el timonel). Coro y Orquesta del Festival de Bayreuth. Wolfgang Sawallisch, director. Dos discos compactos de 126 minutos de duración. Grabación en vivo el 5 de agosto de 1959 en el Festspielhaus de Bayreuth. Orfeo C936182I

Estupenda versión de El Holandés Errante la que ahora se reseña, correspondiente al Festival de Bayreuth de 1959, y que ahora distribuye Orfeo pero que se editó el verano pasado. La tuve en mis manos en el Festival del año pasado en la tienda de Wahnfried, creyendo inocentemente que se distribuiría pronto, pero los señores de Orfeo la distribuyen ahora. Se trata de la función que tuvo lugar el 5 de agosto de 1959 – no se trata de la primera función que abrió los festivales de ese año el 23 de julio – producida por el genial Wieland Wagner. Con este Holandés Wieland finalizaba su producción del canon de las diez obras que se representan en Bayreuth. Como dicen las notas de la carpetilla firmadas por Peter Emerich, el debate que generó la puesta en escena de Wieland es si el nieto de Wagner volvía a una escenografía realista de acuerdo con la tradición. Se veía el barco de Daland, el buque del Holandés con las velas rojas, las hilanderas en ruecas como se hacía en la época, y los marineros iban ataviados como tales y no disfrazados. Los protagonistas vestidos con la dramatización deseada por Wagner, y la crítica en general satisfecha con lo que veía, si bien con la magnífica teatralidad dirigida por Wieland y que nosotros no podemos ver pero sí intuir. Lo cierto es que las escenografías de Wieland posteriores a este Holandés probaron justamente lo contrario, esto es, una evolución hacia lo abstracto que culminó con el Anillo de 1965.

Lo excepcional de este registro es la interpretación en su conjunto, en la que destacan el Holandés de George London, la Senta de Leonie Rysanek (inicialmente prevista para Anja Silja) y el Daland de Josef Greindl.

La aparición del Holandés, encarnado por George London, dejó al público realmente impactado. Con los brazos en cruz y vestido con unas redes de pesca, revelaba a un tipo de imponente desesperación y atrapado por las redes de su propio destino. La iluminación se centraba en el Holandés, que canta con angustia “Mi tiempo ha llegado”. En una “Advertencia para la representación del Holandés Errante” escrita en Zúrich, Richard Wagner dice que cuando el Holandés canta ”Ah orgulloso Océano” con palabras de amarga rabia, no estalla todavía en verdadera pasión, sino más bien con terrible ironía con la cabeza hacia el mar; después de cantar “Pero mi tormento es eterno” su semblante es cansado y triste. El cantante ha de preservar al inicio del monólogo una cierta serenidad. Cuando canta ”En ninguna parte una tumba! Jamás la muerte” tiene que hacerlo con moderado vigor, más propio de la narración de sus males. La explosión de la desesperación llegará hasta estallar y cantar “Este es el horror de mi condena”, y a continuación tiene que parecer un ángel caído y desgraciado, desde el más espantoso tormento. Ahora llega la furia de la injusticia eterna “Inútil esperanza” y ya no hay salvación. Para terminar la culminación de su claudicación en las palabras finales “Eterna aniquilación, acéptame contigo”, erguido y grandioso. Escuchando a George London, las da todas, y ya sólo por ese monólogo la representación alcanzó un grado superlativo. Y no es exagerado decir que parece imposible superarlo.

La Senta de Leonie Rysanek, desde la inocencia, poesía y capitulación, a la salvación y redención del Holandés torturado. En Daland, Josef Greindl está apoteósico en su recreación del personaje algo primario y ambicioso, avaricioso y tristemente cómico. Los coros dirigidos por Wilhelm Pitz están maravillosos y arrolladores. Y la toma de sonido es más que buena.

Una gran representación dirigida por un Sawallisch joven, siguiendo las instrucciones de Wieland, que vió en Sawallisch a alguien que podría amoldar a sus requerimientos, hasta que Sawallisch dijo “basta” cuando Wieland quiso imponer a Anja Silja como Eva en los Maestros Cantores. Por su parte Sawallisch, en su autobiografía Im Interesse der Deutlichkeit (“En busca de la claridad”), hace una verdadera declaración de principios, que siguió con él toda su vida; pero insistió siempre en su admiración por Knappertsbusch. No se perdía ninguno de sus conciertos o representaciones en Múnich. En Bayreuth se contaba la anécdota de que el joven Sawallisch no se quería topar con Kna, al que eludía; y, llegada a los oídos de Kna esta circunstancia, éste con sus casi dos metros de altura le esperó al final de las escaleras del foso, y Sawallisch ya no se pudo escapar. Kna le dijo “Lo ha hecho usted muy bien”, poniéndole la mano en el hombro.

Quisiera dedicar esta reseña a Llorenç Casanova, que ha fallecido recientemente. Llorenç fue a Bayreuth por primera vez en 1959, y me explicó lo impactado que quedó con el Parsifal y con este Holandés. Llorenç grababa todo lo que podía de Bayreuth, no le interesaban las grabaciones oficiales. Desde los años setenta seguía por radio todas las representaciones. Era médico de profesión, pero estudió teología y árabe en los últimos años de vida; era un intelectual humilde y sin fanatismo. Su fervor por Wagner era abierto y enriquecedor. Descanse en paz.

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