Alemania

Un milagro y una decepción

Jesús Aguado
martes, 14 de agosto de 2018
Kriegenburg: Siegfried © Wilfried Hösl, 2018 Kriegenburg: Siegfried © Wilfried Hösl, 2018
Múnich, martes, 24 de julio de 2018. Bayerische Staatsoper. Richard Wagner. Siegfried. Libreto del autor. Andreas Kriegenburg, producción. Harald B. Thor, escenografía. Stefan Bolliger, iluminación. Zenta Haerter, coreografía. Stefan Winke, Siegfried. Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, Mime. Wolfgang Koch, Der Wanderer. John Lundgren, Alberich. Ain Anger, Fafner. Okka von der Damerau, Erda. Nina Stemme, Brünhilde. Bayerisches Staatsorchester. Dirección musical, Kirill Petrenko.
0,0003594

Continúa el Anillo en el festival de verano de la Bayerische Staatsoper de Múnich, y como anuncio en el título, lo ha hecho con un milagro y una decepción. El milagro fue Wolfgang Koch, quien tras estar un tanto flojo en El oro del Rin, y a duras penas poder terminar anteayer su papel en La Valquiria, pareció haberse recuperado de manera, efectivamente, milagrosa, y volvió a ser el Koch que conocemos, tal vez no al cien por cien de facultades, pero sí en un porcentaje muy alto que le permitió terminar su participación en el ciclo con un buen sabor de boca tras los tristísimos “adioses” del otro día. Es evidente que el Wotan, o, mejor dicho, el Caminante de Siegfried no tiene el peso vocal de el de La Valquiria, pero tiene intervenciones importantes, el famoso duelo de preguntas con Mime en el primer acto, su entrevista con Erda y, por fin, su última aparición, cuando el propio Sigfrido termina rompiendo su lanza. En todo momento estuvo estupendo, y creo que todo el teatro respiró aliviado tras el mal trago que nos hizo pasar el otro día. 

Y la decepción, por desgracia, vino por parte del protagonista. Sigfrido es un papel difícil; por un lado, desde el punto dramático, la criatura no puede resultar más odiosa. Es el gran héroe, la gran esperanza de Wotan para remediar todo lo que su ambición ha ido creando, pero está obligado a no ayudarle, a no allanar su camino y dejarlo libre. Wagner nos describe a un muchacho que hoy en día sería diagnosticado con varios síndromes, a cuál más desagradable. Vocalmente, además, el papel es tremendo, prototipo de heldentenor, con constantes y temidos agudos y necesidad de una voz de gran potencia para resultar audible y además encarnar al personaje, que no deja de ser un adolescente con las hormonas revolucionadas, por muy divino que sea su origen. Stefan Vinke se fue por el lado de la fuerza, y su Sigfrido sonó histérico y gritón. Tiene potencia más que de sobra para el papel, pero necesita matizar algo más; los agudos sonaban estridentes y no siempre del todo afinados o colocados. Hubo momentos aislados con buena línea de canto y algo más de intención, pero en general cargó demasiado las tintas en la fuerza bruta del personaje, aunque he de reconocer que a gran parte del público pareció entusiasmarle, dado el volumen de aplausos y bravos que recibió en cada entreacto. 

En el lado masculino, además de la resurrección de Koch, hay que destacar el espléndido Mime de Wolfgang Ablinger-Sperrhacke. Ya en el Oro, pese a lo breve de su intervención, causó una excelente impresión, y en Siegfried pudo lucirse a placer. Además de gran cantante, demostró ser un buen actor, y aunque la producción exagera el carácter cómico del personaje, él respondió magníficamente en todo momento, y se llevó una de las grandes ovaciones de la noche. Muy ovacionado, también, su hermano en la ficción, Alberich, que volvió a ser encarnado por John Lundgren. También Ain Anger, que ya había sido Fafner en El Oro y fue Hunding en La Valquiria, volvió a confirmar, retomando el papel de gigante, transformado ahora en dragón, sus cualidades como cantante y actor. 

Tres son los papeles femeninos de la obra; Mirella Hagen fue un encantador pájaro de hermosa voz, Okka von der Damerau volvió a ser una magnífica Erda, y, cómo no, Nina Stemme volvió a merendarse el teatro con su Brünhilde. Pese a que su intervención es relativamente breve, ya que tan solo aparece en el final, cuando Sigfrido por fin cruza el círculo de fuego y la despierta, el papel es temible: exige una línea de canto impecable, una gran potencia sonora y emocional, y además, tiene un par de agudos estratosféricos capaz de dejar templando a sopranos menos poderosas que la sueca, a la que, por no faltar a la verdad, se le notó algo el esfuerzo en esos agudos, pero el conjunto de la interpretación fue tan sobresaliente, el timbre es tan hermoso y tiene una capacidad de comunicación tan grande, que el resultado final fue el de un gran triunfo, probablemente el mayor de la noche.

Llega el momento de hablar de Petrenko, y siento la tentación de copiar y pegar de la crítica anterior, porque esto empieza a parecer un concurso de superlativos, pero es que la conexión entre maestro y orquesta, por un lado, y entre podio y escenario, por otro, es tan estrecha que permite a unos y otros dar lo mejor de sí mismos en todo momento. Maravillosos los momentos puramente instrumentales, los célebres Murmullos del bosque y el largo momento en que Sigfrido cruza el círculo de fuego. 

La producción de Andreas Kriegenburg, minimalista hasta el extremo en las dos primeras óperas, se fue al extremo contrario en el primer acto. Tras un hermoso inicio, con todo el cuerpo de baile agrupado, figurando la hoguera de la fragua de Mime, el director decidió que todo lo que pasa en ese primer acto es divertidísimo, y se lanzó al mundo de la comedia que resultó un tanto ridícula. Claro que la historia con Mime tiene un cierto lado cómico, pero entre la cabaña en la que conviven el héroe y el enano, formada por unos paneles y que se hacía y se deshacía constantemente para mostrar acciones paralelas (entre ellas al propio Mime asistiendo al parto de Sigfrido con la pobre Sieglinde muriéndose allí en plan película de cine mudo), y sobre todo, la barahúnda formada en la escena de la forja de la espada, con más gente en el escenario que en la guerra haciendo todo tipo de cosas, un fuelle gigante para avivar el fuego en el que Sigfrido terminará forjando él mismo la espada, espada que previamente en vez de limar ha destruido en una trituradora de papel, aquello parecía un cruce entre un cuadro de El Bosco y una función de fin de curso de alumnos con necesidades educativas realmente especiales. El problema no es que no fuera divertido, el problema es que aquello no venía a cuento. A partir de ahí, y pese a que el personaje de Mime siguió tratado siempre en clave cómica, las imágenes volvieron a ser atractivas. Bien la entrada a la cueva de Fafner, con los figurantes colgados de una especie de rejas, muy bien la propia imagen del dragón, una estructura colgante que figuraba la cabeza del reptil desde la que Ain Anger, rodeado de un montón de figurantes, cantaba su parte. Mucho más espectacular y logrado el círculo de fuego que en La Valquiria, nuevamente los figurantes cubiertos por unos enormes plásticos sobre los que se proyectaban imágenes de fuego (aunque los plásticos hicieran demasiado ruido), y espectacular la escena final entre Brunilda y Sigfrido, con un gigantesco telón rojo cubriendo todo el escenario, aunque, vayan a saber por qué, al director le dio otra vez por ponerse gracioso y asistimos a una especie de “Matrimoniadas en la roca de las valquirias”, con Sigfrido cayéndose de la cama del miedo que tiene a que Brunilda le toque, y la propia Brunilda haciéndole una llave para que no se le escape. Una pena llenar con una sarta de tonterías una escena tan hermosa.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.