Alemania

Ocaso y esplendor

Jesús Aguado

viernes, 17 de agosto de 2018
Múnich, viernes, 27 de julio de 2018. Bayerische Staatsoper. Götterdämmerung. Libreto y música de Richard Wagner. Andreas Kriegenburg, producción. Harald B. Thor, escenografía. Stefan Bolliger, iluminación. Zenta Haerter, coreografía. Stefan Winke, Siegfried. Markus Eiche, Gunther. Hans-Peter König, Hagen. John Lundgren, Alberich. Nina Stemme, Brünnhilde. Anna Gabler, Gutrune / 3. Norn. Okka von der Damerau, Waltraute / 1. Norn. Hanna-Elisabeth Müller, Woglinde. Rachel Wilson, Wellgunde. Jennifer Johnston, Floßhilde / 2. Norn. Chor und Extrachor der Bayerischen Staatsoper. Director de coro, Sören Eckhoff. Bayerisches Staatsorchester. Dirección musical, Kirill Petrenko.
Kriegenburg: Götterdämmerung © Wilfried Hoesl, 2018

Llegó a su final el Anillo wagneriano del festival de Múnich, y lo hizo en alto, probablemente con la noche más equilibrada y regular en la calidad de las cuatro que forman el ciclo. Posiblemente el mejor momento desde el punto musical fue el primer acto de La Walkiria, un verdadero prodigio, pero el nivel general de todo el Ocaso no sufrió los altibajos vocales que sufrió La Walkiria en los actos segundo y tercero, así que, si hubiera que dar una medalla a la regularidad o un ganador conjunto, tendría que ser la última de las jornadas compuestas por Wagner la que subiría a lo más alto del hipotético podio. 

Decir Götterdämmerung (o intentarlo, discúlpenme el chiste) es decir Brunilda (bueno, Brünnhilde), y qué les voy a contar a estas alturas de ciclo de Nina Stemme. ¿Que es perfecta? Desde luego, al menos en este papel, si no lo es, está muy cerca. Lleva estando magnífica desde La Valquiria, pero además en El Ocaso su papel es de una envergadura que haría temblar a sopranos con menos poderío que Stemme. Perfecta de principio a fin, conquistó aún más a un público que ya se le había rendido en días anteriores. La voz suena potente pero fluida, el timbre es carnoso y grato en todo el registro, y lanza sin aparentes problemas los temibles agudos que, de vez en cuando, Wagner le escribe. Maravillosa en su primera escena, despidiéndose de Sigfrido, emocionante en el dúo con Waltraute, temible en el episodio en que es engañada por Sigfrido y Gunther, y apoteósica en toda la escena final, vibrante, emotiva, conmovedora. Por supuesto, la primera ovación de la noche fue para ella, y más que un aplauso pareció una manifestación, dado el griterío del público, que la braveaba, completamente enloquecido. 

Stefan Vinke estuvo mejor como Sigfrido en el Ocaso que en su ópera epónima. Personalmente, su timbre sigue sin resultarme grato, y en el primer acto continuó lanzando agudos destemplados, pero en su última escena, cuando, drogado por Hagen, recuerda su infancia, sus diversas aventuras y a Brunilda, consiguió dejar atrás el registro de héroe adolescente que grita como un bellaco y mostró un canto legato y emotivo que consiguió dejar un buen sabor de boca. En cualquier caso, por supuesto, al igual que comentaba en mi crónica de Siegfried, todo esto no pasa de ser una apreciación personal, porque el público también le ovacionó con un calor que demostró fehacientemente que a la gran mayoría de los presentes su actuación le había entusiasmado. 

Estupendo estuvo, también, Markus Eiche como Gunther. Había sido Donner en el Oro, y ya en su breve intervención dejó una muy buena impresión, que confirmó aquí con un papel de mucho más calado. Hermosa voz, bien controlada en todo momento, y estupenda interpretación. Su hermana Gutrune era Anna Gabler, que doblaba, además, como tercera norna. Estuvo mejor en el pequeño papel inicial, ya que para el de Gutrune le falta potencia vocal; su voz suena demasiado lírica y tuvo algunos problemas para traspasar la masa orquestal wagneriana. Eso sí, como actriz estuvo impecable. El tercer hermano, hermanastro en este caso, de la simpática familia Guibichunga, fue el Hagen de Hans-Peter König, que estuvo fantástico en lo dramático, con un Hagen que daba verdadero miedo sin apenas mover un músculo, y bien en lo musical, aunque le faltó algo de potencia para lo que el papel requería. 

Okka von der Damerau ha intervenido en las cuatro funciones del ciclo: fue Erda en El Oro y Sigfrido, Grimgerde (una de las valquirias) en La Valquiria, y en el Ocaso dobló como primera norna y Waltraute. Estuvo maravillosa; la escena entre Waltraute y Brunilda es una de las más hermosas de todo el ciclo, y no debe ser fácil tener enfrente a Nina Stemme y enfrentarse a ella, pero salió airosa con nota. Su hermosa voz y su entrega dramática confirmaron lo que llevaba todo el ciclo demostrando: que es una gran cantante, y posiblemente en pocos años la veamos en papeles de más enjundia en este mismo repertorio.

El papel de Alberich en El Oro es bastante breve, tan solo la famosa escena del sueño de Hagen; John Lundgren cosechó un gran triunfo en sus intervenciones anteriores y hoy el público volvió a premiarle con un cálido aplauso. Las Hijas del Rin, Hanna-Elisabeth Müller, Rachel Wilson y Jennifer Johnston (esta última, además, hoy doblaba como segunda norna), volvieron a estar estupendas. 

La producción de Andreas Kriegenburg abandonó cualquier referencia a las óperas anteriores, y nos presenta un mundo corrupto que merece desaparecer. La escena de las nornas se desarrolla en una especie de refugio nuclear, y únicamente la roca de Brunilda mantiene esa apariencia minimalista que habíamos visto en las óperas anteriores. La corte Guibichunga es una especie de grandes almacenes especializados en corrupción, mezclando ideas buenas con tonterías. Un ejemplo de buen detalle: para recibir a Sigfrido, Gutrune viste un traje de noche color rojo fuego con una cola larguísima. Tras darle al héroe la bebida que le hará olvidar a Brunilda, y mientras suena el tema del círculo de fuego, Gutrune le rodea con la cola de su rojo vestido, en clara alusión al fuego de Brunilda que el héroe olvida por la droga. Un ejemplo de tontería: un balancín dorado con la forma del símbolo del euro en el que Gutrune, se balanceará en algunos momentos.

Toda la escenografía es espectacular, como el patio central de un ultramoderno y muy tecnológico centro comercial en el que se rinde culto indisimulado al dinero y en el que Gunther y Gutrune se entregan a todo tipo de vicios, tanto con las muchachas de servicio como entre ellos, insistiendo esa idea de mundo putrefacto al que llega Sigfrido. De hecho, la muerte del héroe no se da durante una partida de caza, sino durante la resaca de la fiesta de la boda, con las hijas del Rin saltando por encima de los cuerpos de los juerguistas. Todo funciona bastante bien, la única pega que le pondría es la falta de relación con las obras anteriores. Me pareció bien lograda la representación del incendio final, con fuego real en la parte baja de la escena y proyecciones en la superior. Como detalle un tanto extraño, Gunther y Gutrune quedan en escena todo el tiempo, y de hecho, tras la muerte de Brunilda, cuando el río por fin se desborda y recupera el oro, ella es la única que queda en el escenario, y sobre los últimos acordes aparecen un grupo de figurantes, vestidos de blanco, que la abrazan antes de caer el telón; tal vez haya esperanza y el mundo nuevo nos traiga la redención. 

Y tal vez, solo tal vez, la redención nos la traiga la música, con su profeta Petrenko, que volvió a llevar a su orquesta (en esta ocasión acompañada, además por el fantástico coro de la Bayerische Staatsoper) a cotas difíciles de imaginar. Pasajes como el famoso viaje de Sigfrido por el Rin (que, además, escénicamente es el momento en que el héroe se encuentra con ese mundo deshumanizado y corrompido), o la marcha fúnebre, sonaron espléndidos, lírico el primero y conmovedoramente dramático el segundo. Si la ovación de Stemme fue un huracán, la de Petrenko, que además subió a escena a la orquesta al completo, necesitaría una escala propia, tras una magnífica noche que remataba de manera excepcional este ciclo veraniego. Un ciclo de altísimo nivel vocal, en general, que ha dejado fantástico momentos, llegando a su punto más alto en ese inolvidable primer acto de La Valquiria, y termina con una grandísima noche de ópera.  

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