Suiza

Vuelo sin motor

Alfredo López-Vivié Palencia

lunes, 27 de agosto de 2018
Lucerna, jueves, 23 de agosto de 2018. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Sir András Schiff, piano. Chamber Orchestra of Europe. Bernard Haitink, director. Luwig van Beethoven: Obertura Leonora nº 2, op. 72a; Concierto para piano nº 1 en Do mayor, op. 15; Sinfonía nº 6 en Fa mayor, op. 68 “Pastoral”. Ocupación: 100%
Bernard Haitink © Lebrecht / HH

A sus 89 años, lo de Bernard Haitink con la Chamber Orchestra of Europe no es que sea un idilio de madurez, sino que, tras la década que llevan cortejándose mútuamente, han alcanzado ese grado de compenetración al que sólo llegan los amores de verdad: cada una de las partes sabe lo que piensa la otra, pero ejercitan la inteligencia suficiente como para esperar a que cada una lo diga, al objeto de mantener despierto el estímulo afectivo y el estímulo intelectual. Que de eso se trata.

Lo mejor es que no les importa compartir esa intimidad con un público que se dio cuenta enseguida de lo que sucedía en el escenario. Bastó que, con el primer acorde de la Leonora nº 2, Haitink se sumergiese en la penumbra de la celda de Florestán para que el respetable observase un silencio patidifuso a lo largo de todo el concierto. Qué gusto escuchar esta rareza (aquí la cosa no acaba con la euforia de la tercera de las hermanas oberturas), y qué versión tan acertada -por dramáticamente contenida- la de Haitink y los músicos de la COE.

Incluso se permiten la presencia en escena de un tercero en concordia. Tanta fue la complicidad entre ellos, que András Schiff apenas usó el pedal de su Bösendorfer: qué magnífico instrumento, qué poderío y qué nobleza de sonido, especialmente en las escalas graves; y qué bien lo sabe tocar este hombre. Su versión del Concierto en Do mayor fue de las que demuestran que en esta pieza hay mucho más que un genio en ciernes: del primer movimiento destaco su firmeza sin perder la elegancia en el fraseo; del segundo su capacidad para crear un ambiente casi feérico (en eso también tuvieron mucho que ver los clarinetes); y del tercero su digitación clarísima.

Sólo una observación; o dos: la cadencia –sin duda de cosecha propia- fue atinada en el lenguaje pero desproporcionadamente larga; y, como si se hubiera dado cuenta del exceso, Schiff quiso retractarse haciendo una payasada en el acorde de transición al tutti (provocando la hilaridad del personal, y un escalofrío en mi persona). Y hablando del tutti, es de justicia reseñar que Haitink hizo mucho más que acompañar, hasta el punto de –como en Mozart- integrar el piano en la orquesta.

 

En el terreno de las orquestas sinfónicas se podrá discutir siempre sobre si es mejor Berlín, Viena, Amsterdam, Dresde o Múnich; en el de las orquestas de tamaño mediano (cuerda en 12/10/8/6/4), para mí no hay duda de que la Chamber Orchestra of Europe es la primera. Todo en ella es sencillamente perfecto: el sonido grande y equilibrado, el empaste milagroso, el ímpetu unánime de una cuerda compacta y moderna (que sabe tocar con vibrato restringido pero sin asperezas), de una madera colorista, y de un metal redondo. Aquí el espíritu de la música de cámara se palpa en el resultado sonoro; lo cual no está nada mal si hablamos de sesenta músicos.

Con estos mimbres, Haitink dio la Pastoral de su vida (o por lo menos de la mía). Siempre con tiempos muy cómodos –y sin dejarse en el tintero ninguna de las repeticiones-, en el primer movimiento dibujó esos “alegres sentimientos” en forma de sonrisa, sin exageraciones. Valga como ejemplo el crescendo que sigue a la sección inicial, construído desde el pianissimo pero sólo hasta el mezzoforte y sin perder el optimismo interno que lo impregna: toda una lección de dirección orquestal.

Y lo mejor estaba por venir. Para el segundo movimiento, Haitink esperó a que llegara la corriente de aire adecuada, y aprovechando la ligereza de la cuerda en sordina hizo volar literalmente a sus músicos sobre el arroyo con el mayor refinamiento imaginable, impulsados sólo por el viento de la respiración natural. Un momento veraderamente mágico. Los bailes del tercer movimiento también los observó desde lejos, como si no quisiera entrometerse en la reunión de los paisanos; y si los nubarrones se hicieron muy presentes en esos cuatro poderosos contrabajos, Haitink los atravesó para describir la tormenta por encima de ellos, sin estridencias. Como tampoco las hubo en el Finale, dicho con más serenidad que agradecimiento.  

A sus 89 años, Haitink se ayuda ahora de un bastón para entrar en escena, y de vez en cuando se sienta en la banqueta dispuesta en su tarima. Pero sigue siendo el mismo maestro “anti-vedette” de siempre; de modo que, al terminar, obvió el ritual de entradas y salidas, agradeció la ovación vociferante del público, la redistribuyó entre sus músicos, y se despidió.

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