Suiza

Convicciones poco convencionales

Alfredo López-Vivié Palencia

miércoles, 5 de septiembre de 2018
Lucerna, jueves, 30 de agosto de 2018. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Yuja Wang, piano. Berliner Philharmoniker. Kirill Petrenko, director. Paul Dukas: La Péri; Sergei Prokofiev: Concierto para piano nº 3 en Do mayor, op. 26; Franz Schmidt: Sinfonía nº 4 en Do mayor. Ocupación: 100%
Yuja Wang © Hiroyuki Ito

El 30 de agosto de 1948 –hoy se cumplen sesenta años- debutaba la Filarmónica de Berlín en el Festival de Lucerna, y lo hacía a lo grande: Herbert von Karajan dirigía la Novena Sinfonía de Beethoven. Desde luego que anoche hubo Beethoven en la presentación de Kirill Petrenko con la orquesta; pero echen un vistazo al cartel de este segundo concierto, a ver si le encuentran un carácter festivalero. Lo único festivalero que se vio esta noche fue el vestido de Yuja Wang.

Petrenko es un tipo bajito, de ojos pequeños, andares ligeros y expresión tímida: lo menos festivalero del mundo. Pero cuando se sube a la tarima manda como el que más; y si ha querido repetir aquí el único programa que ha dado la pasada temporada con su nueva orquesta, es porque está convencido de la valía de las piezas, por muy poco festivaleras que sean. A la vista está que se avecinan algunos cambios en el repertorio –sólo faltaría-, si bien hay que reconocer que, al menos esta noche, esos cambios son radicales.

Resulta que Paul Dukas escribió más cosas que El Aprendiz de Brujo. Y una de ellas fue La Péri (el hada), encargo de Diagilev para sus Ballets Rusos y estrenada en 1912. El subtítulo lo dice todo: “poema bailado en un cuadro para orquesta”. Veinte minutos de música preciosa y brillantemente orquestada, por supuesto con su perfume oriental pero sin cargar las tintas, de la que Petrenko no sólo sacó todos sus colores, sino que además se acordó de tocar la fanfarria que Dukas escribió posteriormente para anunciar la obra, a la que los metales de la Filarmónica de Berlín se aplicaron con la gloria que les es propia.

Me dio la impresión de que Yuja Wang (Beijing, 1987) y Petrenko no se acabaron de entender en el Tercer Concierto de Prokofiev. El primer movimiento salió con tanto ímpetu por ambas partes que aquello se convirtió en un “agárrame si puedes” (con el consiguiente aplauso del público); en las variaciones, sin embargo, la comunión sólo se materializó en los momentos de mayor fuerza sonora; lo mismo que en el último movimiento, por cuya primera mitad solista y maestro parecía que transitaran en mundos diferentes.

Wang es desde luego una virtuosa, sus dedos se mueven con una agilidad pasmosa, y esta obra le sienta bien. Pero le falta un punto de fuerza (también es verdad que los Berliner a todo vapor tapan a cualquiera que se les ponga delante, y Petrenko hubiera debido tener un poco más de cuidado), y sobre todo me pareció que su toque era muy frío. En todo caso, al público le entusiasmó su intervención, y ella correspondió con más Prokofiev, e igualmente feroz.

Y resulta que Franz Schmidt también escribió más cosas que el Intermedio de Notre Dame. Esta Cuarta Sinfonía data de 1933 y el autor la compuso en memoria de su única hija, fallecida al poco de dar a luz. Cuatro movimientos para gran orquesta que se tocan sin solución de continuidad –la cosa dura cuarenta minutos cumplidos-, en forma cíclica –comienza y termina con un austero solo de trompeta-, empleando un lenguaje con reminiscencias brucknerianas -algo parecido al que recurría Wilhelm Furtwängler en sus propias obras-, y con un carácter más elegíaco que dramático. Desde luego es una suerte de requiem orquestal, pero la emoción está permanentemente contenida.

Petrenko entiende el mensaje, en una versión profundamente introspectiva que la orquesta tradujo con calidez y con convicción, y que acaba por cautivar. Es una obra oscura, pero había que escuchar el sonido traslúcido en los primeros violines del tema que evoca el pasado feliz, que aparece en los movimientos extremos; o la tensión del Scherzo atada en corto; o, sobre todo, la marcha fúnebre del segundo movimiento, en una orquestación que no es pesada sino sentida: hermosísimo el solo de violonchelo a cargo de Ludwig Quandt (Schmidt fue en su juventud violonchelista de la Ópera de la Corte de Viena, donde por cierto se llevaba a matar con el legendario concertino Arnold Rosé, para desesperación –una más- de Gustav Mahler).

Conocía la obra a través del disco. Pero no me equivoco si presumo de contarme entre los poquísimos mortales que la han escuchado en directo; y mucho me temo que seguiré presumiendo de ello mientras viva. Así que esta noche el aplauso es más que agradecido.

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