Suiza

Elogio de la interinidad

Alfredo López-Vivié Palencia

lunes, 3 de septiembre de 2018
Lucerna, miércoles, 29 de agosto de 2018. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Berliner Philharmoniker. Kirill Petrenko, director. Richard Strauss: Don Juan, op. 20; Tod und Verklärung, op. 24. Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 7 en La mayor, op. 92. Ocupación: 100%
Kirill Petrenko © Johannes Simon/dpa

La historia es bien sabida: tras alguna “fumata nera”, en junio de 2015 los miembros de la Filarmónica de Berlín eligieron a Kirill Petrenko como sucesor de Simon Rattle, quien había anunciado previamente que dejaba el cargo en este mes de agosto de 2018. Sin embargo, la fecha de la toma de posesión de Petrenko no se conoció hasta año y pico después, cuando firmó el contrato (algo más que un tira y afloja habrá habido en la Ópera de Baviera), y será el 19 de agosto de 2019. Es decir, la orquesta se queda un año con la plaza de director musical vacante, mientras Rattle –sin dejar Berlín- ya lleva una temporada como responsable de la Sinfónica de Londres.

Los especialistas en derecho procesal administrativo tienen ahí un buen asunto para sus elucubraciones. Pero vamos a lo que importa: Kirill Petrenko –siberiano (Omsk, 1972) y judío- ha hecho la carrera a la antigua, aprendiendo el oficio en los teatros de ópera; hasta el punto de que la Filarmónica de Berlín es la primera orquesta no ligada a un foso de la que es –será- titular. En esas circunstancias, en la rueda de prensa ofrecida con ocasión de la firma del contrato (octubre de 2016), a Petrenko le preguntaron qué consejos le había dado Rattle; Petrenko respondió que “muchos y muy variados, pero ambos nos hemos jurado que nunca revelaremos esa conversación”.

Fueran esos consejos los que fuesen, de lo visto y escuchado hoy se puede deducir un buen entendimiento entre los Berliner y su nuevo patrón. Petrenko no podía ser más distinto de su predecesor: por de pronto, habla alemán por los codos (se educó en Viena, y todos sus empleos los ha desempeñado en Alemania), y su gesto es pura expresividad en las manos, en la cara y en el cuerpo. Siempre me resulta gratificante comprobar –primero con la vista y luego con el oído- cómo ese gesto se transmite del director a la orquesta, y de ésta al público. En este aspecto, no me quedó ninguna duda de que la orquesta hizo lo que Petrenko le pidió.

Otra cosa es el repertorio. Rattle apenas transitó en Berlín por los poemas sinfónicos de Richard Strauss -y desde luego no será por esas interpretaciones por lo que se le recordará-, y antes que él Abbado ni siquiera se acercó a ellos. De manera que hay que remontarse a los tiempos de Karajan –es decir, al menos treinta años atrás- para encontrar un precedente digno de tal nombre. Digno y seguramente insuperable, porque precisamente lo que mejor hacía Karajan era Strauss.

El propio Karajan decía que, si comienzas un concierto con Don Juan, conviene no dejar que se apaguen del todo los aplausos de bienvenida, para que el arranque fulgurante de la obra se aproveche de la excitación del público. Petrenko desatendió esa recomendación, pero a fe que a su versión le echó una buena dosis de adrenalina. Y qué maravilla constatar una vez más el poderío de esta orquesta en los momentos más radiantes (la llamada de las trompas), y en los más dulces (el solo de oboe de Albrecht Mayer); y qué exhibición de vértigo la de Petrenko en la carrera hacia el abismo antes de la conclusión, dicha tras una larguísima pausa.

Muerte y Transfiguración no me convenció al mismo nivel. Petrenko planteó la introducción no desde el lecho del moribundo sino desde los ojos del médico especialista en cuidados paliativos: faltó más irregularidad en los latidos del timbal y faltó más agotamiento en la respiración del convaleciente. Eso sí, el gran desarrollo de la lucha tuvo toda la angustia necesaria, y los ocho contrabajos de la Filarmónica de Berlín demostraron por enésima vez que en ese terreno no les gana nadie. Pero después del gong volvió el médico, y Petrenko construyó una transfiguración –por supuesto muy bien graduada- desde fuera, sin esa emoción interior que le pone a uno la piel de gallina.

Beethoven es repertorio obligado para cualquier responsable de esta orquesta. Y me agrada dejar constancia de que Petrenko tiene ideas propias y no se ha plegado del todo a las influencias “históricamente informadas”: seis contrabajos, vibrato más que suficiente, y sonido amplio y redondo. Su versión de la Séptima Sinfonía fue de una coherencia incontestable, asentada más en el puro gozo sonoro que en el ímpetu.

La introducción del primer movimiento tuvo su punto de tensión, pero sin exagerar, y su desarrollo salió naturalmente bailable. El célebre Allegretto fue toda una ensoñación gracias a un fraseo primoroso y un empaste impecable en la cuerda (a Petrenko se le nota su especial mimo en el traspaso de la línea melódica de una sección a otra de la orquesta). Me gustó mucho la delicadeza de las transiciones del Trio al Scherzo, ralentizadas cuidadosamente en tiempo y en dinámica. Y el Finale, en justa proporción con lo que se había escuchado antes, tuvo fuerza y claridad, pero sin arrebatos. Lo suficiente como para que el público –que había recibido con frialdad los poemas de Strauss- se levantase para aplaudir.

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