Suiza

Seriedad versus pasión

Alfredo López-Vivié Palencia

jueves, 6 de septiembre de 2018
Lucerna, jueves, 30 de agosto de 2018. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Yefim Bronfman, piano. Rotterdam Philharmonic Orchestra. Yannick Nézet-Séguin, director. Joseph Haydn: Sinfonía en Fa menor Hob. I:49 “La passione”; Franz Liszt: Concierto para piano y orquesta nº 2 en La mayor S 125; Piotr Illich Chaicovski: Sinfonía nº 4 en Fa menor, op. 36. Ocupación: 95%
Yefim Bronfman © 2017 by Hedy Weiss

Aprovechando que la Orquesta Filarmónica de Rotterdam celebra su centenario, el canadiense Yannick Nézet-Séguin (Montreal, 1975) –que ha sido su titular desde 2008 y hasta hoy- ha querido presentarse con un programa acorde con la ocasión, lleno de apasionamientos y arrebatos según es de ver en el cartel. Otra cosa es que, en mi opinión, sólo haya conseguido transmitir las pasiones (entiéndase el término en su más amplio sentido) que encierran dos de esas tres partituras.

No está claro quién ni a santo de qué le puso el título de “La passione” a la Sinfonía 49 de Haydn. Desde luego no fue el autor, cuya preocupación siempre fue la de hacer música que siente bien. Y en ese aspecto Nézet-Séguin acertó plenamente: con una plantilla ajustada (dos contrabajos) y sin hacer demasiado caso de recomendaciones historicistas, su versión salió redonda y bien respirada de concepto, e impecable de ejecución; desde el Adagio inicial -contenido pero cautivador-, hasta el Presto que la concluye, ágil y chispeante.

Liszt tiene mala prensa en sus obras orquestales, incluídos sus conciertos para piano. Para mí el desprecio es exagerado (el secreto para apreciarlas radica en no programar nunca dos de ellas en una misma velada); y si además se trabaja a fondo como hicieron esta Nézet-Séguin y Bronfman, resulta que la escucha de su Segundo Concierto se convierte en todo un descubrimiento. Por supuesto que la pieza está llena de fuegos artificiales –en el piano y en la orquesta-, pero cuando esas exhibiciones se hacen en serio y cuando se aplica la misma seriedad a los momentos de lirismo, entonces la obra adquiere categoría.

Y Yefim Bronfman (Tashkent, 1958) es un pianista muy serio, que contagió su seriedad a la orquesta. Lo de esta noche fue un diálogo de poder a poder en los momentos más brillantes –pocas veces he escuchado esas cascadas de semicorcheas o esas interminables octavas paralelas tan ordenadamente dichas y con semejante poderío sonoro, o las explosiones orquestales tan ajustadas para contestar al piano-, y también en los más íntimos –el ambiente que crearon las maderas al comenzar la obra advirtió que la cosa no se iba a quedar en lo superficial, y el dúo del piano con el violonchelo solista salió de ensueño-.

La recepción de la interpretación merece párrafo aparte. Por supuesto que los aplausos del público fueron estruendosos, pero lo primero que hizo Bronfman al terminar fue ir a abrazar al violonchelista, y no quiso ni una sola salida a saludar sin el director. En ese momento, Bronfman y Nézet-Séguin se quitaron el sombrero de la seriedad y lo cambiaron por el de la simpatía: ambos se sentaron al piano (Bronfman cedió la clave de Sol a Nézet-Seguin), hicieron reír al respetable hojeando (del derecho y del revés) la partitura que Bronfman había traído bajo el brazo, y nos obsequiaron a cuatro manos con una deliciosa versión de (creo estar en lo cierto) una de las Canciones sin Palabras de Mendelssohn.

Con tan buenos augurios, me esperaba una Cuarta Sinfonía de Chaicovski de las que hacen época. Mi gozo en un pozo: no me importó tanto que la cuerda de la Filarmónica de Rotterdam suene seca, o que su madera apenas tenga color y su metal presente oquedades; cuanto que Nézet-Séguin hiciera una versión ensimismada de la obra. Desde luego, las recurrentes fanfarrias siempre sonaron con potencia, pero –por ejemplo- el segundo tema del primer movimiento, o el Andantino entero, salieron interminables; y al célebre Scherzo le faltó la inquietud para preparar el Finale, en el que Nézet-Séguin no supo alternar el carácter de gravedad con el de efusividad, hurtándole la excitación al final feliz.

Pero el público manda, y al público le gustó. Y como a Nézet-Séguin le esperan importantes responsabilidades en el Metropolitan de Nueva York, él mismo anunció que, para simbolizar el cruce del charco, de propina iban a tocar el preludio del tercer acto de La Traviata: regalo bien elegido después de tantos decibelios, aunque los violines pasaron un mal rato. Y se les notó.

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