Austria

A fuerza de sforzando: integral sinfónica de Beethoven

Agustín Blanco Bazán

viernes, 7 de septiembre de 2018
Salzburgo, miércoles, 15 de agosto de 2018. Felsenreitschule: 9ª (15.8. Solistas: Janai Brugger, Elisabeth Kulman, Sebastian Kohlhepp y Michael Nagy. Bachchor Salzburg). Mozarteum: 1ª y 3ª (17.8), 2ª y 5ª (18.8), 6ª y 4ª (22.8), 8ª y 7ª (23.8). Orquesta MusicAeterna de la Ópera de Perm dirigida por Teodor Currentzis. Festival de Salzburgo 2018. Ciclo integral de sinfonías de Beethoven
Currentzis en Salzburgo © Marco Borrelli, 2018

La idea de comenzar con la Novena fue acertada porque quitó esa expectativa de apoteosis o juicio final que le da al público cuando un director la deja para lo último en un ciclo integral de sinfonías de Beethoven. Y por razones de acústica, Currentzis y los organizadores del Festival de Salzburgo se inclinaron por darla en esa sala enorme, única, llamada de la Escuela de Equitación o Felsenreitschule, con la tarima orquestal ubicada contra esa galería de arcadas cavadas en el siglo XVII en la roca de la Monchberg, el peñón contra el cual se apoya también la escena de la Gran Sala de los Festivales o Grosses Festspielhaus. Para el resto de las sinfonías Currentzis y su Orquesta MusicAeterna se trasladaron a la íntima sala neobarroca de oro y blanco del Mozarteum al otro lado del rio. 

La expectativa frente a la Novena era como para un concierto de rock y una espectadora me confesó que ella se había sentido como agredida por una fuerza de esas que convencen y arrasan al mismo tiempo. Algo que a Currentzis le hubiera gustado oír, pero con una reserva. Según él, “mi propósito nunca es provocar. Que alguien encuentre extremo lo que hago es una cuestión psicológica. Yo sólo trato de abrir puertas con las llaves adecuadas” Y en la rueda de prensa que inspiró estas declaraciones agregó que el dirige con un sentido si se quiere historicista, como tratando de remover la pátina que ennegrece una catedral gótica: “cuando vi la limpieza de Notre Dame de París al principio no me gustó, pero después me acostumbré. Finalmente, lo único que había destruido la limpieza era la imagen que habíamos aprendido a aceptar por siglos. También con la música es hora de redescubrir el original y ser tolerantes con su estética.” 

En este caso el redescubrimiento fue seguramente traumático para los acolchonados en la pátina de neblina y luz del sinfonismo con cuerdas de acero del siglo XX, porque Currentzis va a la yugular. Algunos parecieron marearse ante la rapidez de tiempos impuesta por este director greco-ruso pero en realidad se trata de una rapidez a veces no diferente de la utilizada por otros directores con agrupaciones de instrumento de período, como puede ser Roger Norrington. Pero mientras Norrington parece contemplar las sinfonías desde afuera, Currenzis les hinca sus dientes con recursos interpretativos como sforzando, diminuendo, crescendo, subito piano, o rallentando que fertilizan la partitura con un fraseo sanguíneo y enfático. También utiliza todo el tiempo el marcato o downbeat, pero lo que mas distingue su talento es una magistral gradación de dinámicas. La introducción orquestal a la Oda a la alegría, por ejemplo, comenzó como un murmullo en un pianísimo casi inaudible, enseguida vitalizado con un fugaz sforzando en semipiano, casi un latido de esos que sentimos cuando alguien nos sobresalta inesperadamente, nada mas. Luego vino un progreso rápido pero no precipitado hacia el comienzo del coro, que cantó con una soltura, sincopa y distensión que me hizo acordar a la musicalización de la misma oda en el lied de Schubert, que da la impresión de amigos cantando al jolgorio en una taberna vienesa. Así de jovial salió este Beethoven, hasta el punto que la marcha sobre la coda final no sonó como una pesada y vulgar antítesis de banda de pueblo sino en consonancia con la despreocupada soltura de los solistas y el coro. 

Pero no hay duda que a veces a Currentzis se le va la mano. Un colega comparó risueñamente la casi descontrolada alternativa de unísonos y las disonancias en la coda el final del primer movimiento de la Segunda con un automovilista de carrera que justo cuando está a punto de salirse de la pista consigue negociar la curva para volver a controlar su máquina en la recta final. Y también en el allegro molto los chelos parecieron aquí naufragar en un ruido poco diferenciado pero supremo en energía. También hubo problemas en la Sexta, que comenzó pesadamente marcada y siguió sin mayor diferenciación de texturas hacia una tormenta que por momentos amenazó con una patinada fuera de pista, hasta el punto que uno de los chelistas tuvo que retirarse para cambiar su arco. Luego de esta Sexta algo errática presentada al comienzo y no como pieza final en uno de los conciertos, Currentzis empaquetó la orquesta de Pelm en una Cuarta donde la famosa transición del Adagio al Allegro Vivace en el primer movimiento fue apoyada en un magistral balance de silencios, acelerando y acordes de cuerdas marcados con la asertividad de un hachazo ágilmente repetido. En el último movimiento, las síncopas, sforzando y melodías cercenadas de chelos y contrabajos parecieron como escritas para este director y esta orquesta y las texturas fueron lo suficientemente aireadas como para permitir una clarísima y expresiva exposición del fugaz solo de fagot sobre el final. 

El resto fue un Beethoven viviseccionado con soberana convicción y con momentos de intenso lirismo, por ejemplo en el recónditamente expresivo cantábile del adagio de la marcha fúnebre en la Tercera. Y como nunca se escucharon en ésta última las violas en el final. En la Quinta, los clarinete se lucieron con maravillosos sforzandi en el andante con moto e igualmente conmovedor resultó el paso al allegro final, que sonó no con una misteriosa nebulosidad sino marcado por la percusión como un luminoso redoble de campaña. 

Currentzis dirige sin batuta y abalanzándose sobre la orquesta, hasta el punto de interferir con sus manos en la línea de visión entre el primer violín y la partitura en el atril de éste. También salta, gesticula y suda hasta el punto de terminar con la espalda de su rusísima chaqueta negra totalmente empapada. Ello mas que nunca en el final de la Séptima, que mas que con la exuberancia que esperaban algunos fans salió con una expresividad concentrada y gran claridad de contraste. Y por supuesto a gran velocidad, pero sin perder una segura marcación de ostinato. Pero hablando de ostinatos, el mas efectivo fue el del segundo movimiento, que, como la Oda a la alegría, comenzó en pianissimo, como saliendo de la nada y fue afianzándose sin perder nunca su carácter de Allegretto para volver a desaparecer como había llegado. Podría haber seguido por la eternidad, realmente como esa musicAeterna que inspira el nombre de esta orquesta venida de Siberia con un Beethoven del siglo XXI. 

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