Alemania

Igor Levit y el fuego de Beethoven

Juan Carlos Tellechea

jueves, 13 de septiembre de 2018
Wuppertal, martes, 4 de septiembre de 2018. Historische Stadthalle Wuppertal. Klavier-Festival Ruhr. Ludwig van Beethoven, Sonata para piano número 10 en sol mayor, opus 14/2, Sonata para piano número 8 en do menor, opus 13 (Grande Sonate pathétique), Sonata para piano número 29 en si bemol mayor, opus 106 (Grosse Sonate für das Hammerklavier). Solista Igor Levit (en sustitución de Maurizio Pollini por enfermedad). 100% del aforo
Igor Levit © 2017 by crosseyedpianist.com

Igor Levit, de 31 años, quien debutó como solista cuando contaba solo cuatro de edad, se está convirtiendo, si no lo es ya, en uno de los grandes pianistas de este siglo. La estupenda velada que ofreció este lunes 3 de septiembre en la sala de conciertos de la Historische Stadthalle de Wuppertal (un magnífico edificio neorrenacentista de finales del siglo XIX con una excelente acústica, una de las mejores de Europa) fue magistral, inefable, plena de pasajes intimistas y de honda fuerza espiritual. Levit (Gorki, hoy Nizhni Nóvgorod, 10 de marzo de 1987) sustituyó a último momento al legendario Maurizio Pollini (Milán, 1942), cuya presentación en el Festival de piano del Ruhr tuvo que ser dos veces aplazada por enfermedad y otras dolencias en los últimos cinco meses. Hemos sido testigos esta tarde del cambio generacional que se está produciendo en muchos escenarios mundiales.

Íntegramente dedicado a Ludwig van Beethoven, de quien en 2020 se celebrará el 250º aniversario de su nacimiento en Bonn con grandes festivales y conciertos en Alemania, Austria y Suiza, el pianista ruso nacionalizado alemán alcanzó momentos centelleantes y de éxtasis contemplativo sin par, Con las interpretaciones de la Sonata para piano número 10 en sol mayor, la Sonata número 8 en do menor (Grande Sonate pathétique) y sobre todo con la Sonata número 29 en si bemol mayor (Grosse Sonate für das Hammerklavier), Levit, guiado por esa innata gran curiosidad que lo caracteriza, exploraba constantemente los límites del silencio en los pianissimos y de la vigorosa energía desplegada por Beethoven en los fortissimos, elaborándolos estéticamente para un público que presenciaba como hipnotizado la ejecución.

No hay nada de teatralidad ni de divismos en la figura de Levit; todo lo contrario. Su presencia es muy sobria, sencilla (incluso en el atuendo que viste: una camisola azul oscuro con pechera clara y pantalón gris plomizo) sobre el escenario. Medita varias veces antes de comenzar cada movimiento, pero parece tener más de 10 dedos en sus manos a la hora de asumir una pieza como la extensa Grosse Sonate für das Hammerklavier, una de las más complejas en la historia de la música occidental, de audaz arquitectura, compuesta en 1818 y tocada por primera vez públicamente en 1836 por Franz Liszt. Esta nueva camada de pianistas que gana cada vez más adeptos, jóvenes y maduros, en las salas de concierto sorprende sobremanera al público, es muy mañosa, muestra un alto grado de habilidad y de destreza.

Literalmente, y según el caso, Levit martilla (en el Allegro) o acaricia el instrumento (en el Adagio) hasta hacerlo derramar el amplio amplio espectro de colores que nos tiene reservados el genial compositor alemán. Dialoga claramente con el teclado; no solo sortea con gran maestría las dificultades técnicas de la obra, sino que desclasifica ante la receptiva platea los códigos de la profunda espiritualidad y universalidad que encierran sus notas. Los cuatro movimientos exigen al extremo al ejecutante, desde el punto de vista de su capacidad física, de su dominio del saber hacer y de su talento interpretativo, para captar a la perfección el significado de lo que toca, para entender la enigmática encrucijada en la que se encontraba Beethoven en aquel entonces.

El final (Largo – Allegro – Tempo I – Prestissimo – Allegro risoluto) lo tocó Levit de forma contundente, por momentos de manera apocalíptica, a veces demoníaca; sigue a Beethoven con los ojos cerrados, sin titubeos, a pies juntillas en su viaje a lo desconocido, con mucha entrega y devoción; es una ola de fuego puro la que transfiere a la monumental sala. ¡Qué maravilla, qué apasionada efusividad, que virtuosismo, qué increible ejercicio contrapuntístico!!!

Las ovaciones al término del concierto no se hicieron esperar y fueron tan estruendosas que Levit, como si ya no hubiera dado todo de sí, no tuvo otra alternativa más que interpretar como propina dos de las trece piezas de Escenas infantiles de Robert Schumann (la número 12, Niño adormecido, en mi menor, y la número 13, El poeta habla, en sol mayor) que emanaron del Steinway D, casi con unción religiosa, mística, sucesivamente entrelazadas y sin interrupción. La especial postura que asume el artista en estas entregas pone en evidencia que se formula nuevas reflexiones sobre el contenido musical de las obras, más allá de las tradiciones o usos consuetudinarias en la ejecución; que ha encontrado su hilo conductor a través de ellas y que de vez en cuando pasa por alto las instrucciones sobre tempo y dinámica anotadas en las partituras.

No caben dudas de que estamos ante un gran virtuoso; un fenómeno de sobresaliente calidad artística de nuestro tiempo, como lo demuestra sin ambages en la Sonata número 10, con la que abrió de forma lacónica, austera y etérea a la vez este recital, penetrando paulatinamente en el espíritu de los oyentes. Levit deja siempre su impronta en la ejecución. En el impactante Grave- Allegro molto e con brio, pleno de dolor y fuerza interior, de la Sonata número 8 (Pathétique), varía a tal extremo su dinámica que la hace sonar simultáneamente con mayor garra, dramatismo y frescura aún.

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