España - Cantabria

Noche bartókiana en Ibio

Roberto Blanco

jueves, 20 de septiembre de 2018
Ibio, sábado, 4 de agosto de 2018. Iglesia de Santo Domingo de Herrera de Ibio. Béla Bartók, 44 Dúos para dos violines. Lina Tur Bonet y Enrico Onofri, violines. Festival Internacional de Santander, 2018
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Dentro de los conciertos en Marcos Históricos que desarrolla el FIS, el que tuvo lugar el pasado sábado 4 de agosto en la iglesia Santo Domingo de Herrera de Ibio puede calificarse de extraordinario. En el programa los 44 Dúos para dos violines de Béla Bartók, una colección de 44 miniaturas musicales que ha transcendido su inicial vocación didáctica para anclarse definitivamente en el repertorio de la música de cámara. El plan original de Bartók fue colocar las piezas más fáciles al comienzo, y luego acumular gradualmente los desafíos técnicos a medida que avanza la serie, de modo que cada pieza es un ‘gradus ad parnassum’, pequeños tesoros musicales de una variedad e imaginación increíbles. Y más si tenemos en cuenta las dificultades obvias de una obra para dos violines: dos instrumentos con el mismo tono y rango para los que el compositor debe encontrar la manera de distinguir las dos voces y evitar la congestión general. 

La serie, casi caleidoscópica en su diversidad, crea una amplia gama de tipos musicales y emocionales, desde el lamento, pasando por la alegría, hasta la broma. Pero aparte de la gama de sentimientos, hay otro aspecto de la colección que muestra una diversidad similar: los tipos de canciones populares y el papel variado que desempeñan en la vida popular; no es accidental que a esto hagan referencia muchos de los títulos: Por ejemplo, el nº 9 es una canción infantil eslovaca; la nº 11 es una canción de cuna, pero también encontramos una ‘despedida de novia’, una ‘canción de soldado’, una ‘danza del mosquito’, marchas, y por supuesto, bailes y danzas. Verdaderas obras maestras de la miniatura que demuestran cómo lo sublime y lo profundo no tienen por qué estar asociados a la longitud ni a la pesadez. 

Estos dúos requieren una interpretación inteligente, y sin duda la aportaron concienzudamente Lina Tur Bonet y Enrico Onofri. Los violinistas exhibieron un equilibrio impresionante entre las piezas más básicas y las más difíciles, dejando al oyente con una grata sensación de facilidad y satisfacción:  Hubo pasajes de música bohemia donde un vibrato abierto y unos portamenti bien colocados obraron milagros. En otros, los acentos esdrújulos fueron de capital importancia y supieron destacarlos adecuadamente. El uso de ritardandi y rubati, a través de un fraseo y un ritmo apropiadamente expuesto fue igualmente indispensable, obteniendo una caracterización siempre vívida, materializando la frescura de estas piezas de forma constante y mostrándonos a Bartók en su más pura esencia. Fue encantador el apasionado diálogo de ‘Dolor’, el valiente ataque de la ‘canción árabe’ o la versión de la ‘Danza del mosquito’, tan veloz y con tanto zumbido como efecto Doppler, tanto que te veías aplastando al molesto insecto de sonido quitinoso. 

Debussy escribió una vez que la música era lo que sucedía entre las notas: Tur y Onofri se adentraron en esos espacios convirtiendo cada miniatura en un poema, tan concentrado y de alta energía como un haiku altamente sofisticado. 

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