Austria

Una italiana en Salzburgo

Agustín Blanco Bazán

viernes, 5 de octubre de 2018
Salzburgo, jueves, 16 de agosto de 2018. Haus für Mozart. La Italiana en Argel, melodramma giocosso con libreto de Angelo Anelly y música de Gioacchino Rossini. Regie: Moshe Leiser y Patrice Caurier, Escenografía: Christian Fenouillat. Vestuario: Agostino Cavalca. Dramaturgia: Christian Arseni. Reparto: Cecilia Bartoli (Isabella), Ildar Abdrazakov (Mustafà), Edgardo Rocha (Lindoro), Alessandro Corbelli (Taddeo), José Coca Loza (Haly), Rebeca Olvera (Elvira), y Rosa Bove (Zulma). Coro Philharmonia, Viena. Ensemble Matheus bajo la  dirección de Jean-Christophe Spinosi
Leiser y Caurier: Italiana en Argel © Monika Rittershaus, 2018

“¿Qué será, será?”  Los operómanos sabemos que, antes de Doris Day, esto lo cantó Marietta Marcolini, la protagonista del estreno de La italiana en Árgel el 22 de mayo de 1813:  naufragada en Argelia con Taddeo, un pretendiente pusilánime y algo entrado en años que ella rechaza, Isabella es conminada al harén de Mustafá. Taddeo es de los que se asustan con solo pensar en el futuro, y por ello Isabella le ordena que por el momento por favor no piense nada. Será lo que será: “Non ci pensar, no non ci pensar per ora. Sarà, sarà quel che sarà.” Rossini le hace repetir esto a Isabella una y otra vez a través de acciaccaturas magistralmente articuladas por cantantes del calibre de Teresa Berganza y Marilyn Horne, cuyas interpretaciones están rescatadas en excelentes grabaciones para los que se interesen por comparar el presente con el pasado sin tener que sufrir la pedantería de los que espetan experiencias pasadas como sablazos a los que no pudieron compartir estas experiencias por razones de edad.  

En este caso no hay nada que extrañar del pasado porque Cecilia Bartoli cantó su primera Isabella igual o mejor que aquellas grandes rossinianas. Lo hizo primero en el Festival de Salzburgo de Pentecostés y después en el Festival de verano. La voz de Bartoli, beneficiada por el hecho de que casi no canta fuera de estos dos festivales, permanece impecable en su cálida densidad de timbre, y su madurez la ayuda a no exagerar el marcado de la coloratura con el exhibicionismo de hace algunos años. Y el tiempo para ensayar una producción hasta el último detalle y con un equipo elegido por ella le permiten regalar una interpretación teatral y musical redonda. Junto a ella brilló el cómicamente ansioso Taddeo de Alessandro Corbelli, interfiriéndolo todo con sus histriónicos comentarios y angustias en staccato y sillabato. ¿Cuantas notas por segundo puede disparar como una ametralladora este genial bajo barítono mientras se apodera del público con su incomparable humor y desparpajo? 

La regie de Leiser y Caurier ubica la acción en la actualidad en un país del Magreb, con un Mustafá zafio y autoritario inspirado en Tony Soprano. Los lugares comunes del turismo europeo son parodiados con una tripulación italiana que extraña la pasta y una población local adicta al cous cous. Y, como en el caso de muchas casas magrebíes de la actualidad, la de Mustafá tiene esos enormes sillones que se juntan o separan según el número y las modalidades de las visitas. Y por supuesto que la acción nunca interrumpe los negocios de Mustafá, que como buen contrabandista siempre tiene las puertas abiertas para quienes interrumpen llevando y trayendo cajas de cartón con electrodomésticos. 

Y nada de corrección política sino un humor tan irreverente como irresistible para moros y cristianos. No bien apagadas las luces sentimos uno de esos alaridos de mezquita que en cualquier país musulmán nos despiertan a las cuatro de la mañana. Y enseguida comienza la obertura, para acompañar, a telón abierto el drama de alcoba de Mustafá y su señora Elvira, el primero refunfuñando y tapándose hasta la cabeza con una frazada, y ella con el dilema de elegir entre seguir leyendo un libro o tratar una vez mas de encender la libido del marido. Al elegir lo último Elvira desencadena un verdadero dramma giocoso: primero busca acariciarlo, después busca en el ropero unos paños menores de odalisca y baila los crescendi con una seriedad y convicción que violenta a los espectadores entre escuchar y reírse a carcajadas. 

Esta es una regie reminiscente del mejor neorrealismo italiano, y un hito histórico por su capacidad para revitalizar la opera bufa con el distanciamiento requerido para no naufragar en la grosería teatral: como corresponde con una comicidad todavía asociada con la commedia dell´arte (la Italiana no es el Conde Ory) nos reímos desde lejos, sin participar del grotesco escénico como lo haríamos en las operetas o comedias musicales. Ninguno de los personajes nos mira o hace gestos para incitar nuestras risas, porque para ellos la acción teatral es un asunto serio. La comicidad surge de contemplar esta acción a la distancia. Por ejemplo, frente al bazar, Lindoro canta Languir per una bella al borde de la desesperación pero el público no puede dejar de reírse cuando prende su porro y se zampa unas fuertísimas pitadas antes de acometer el rondó final. Magnífico en este papel Edgardo Rocha, un tenor en la línea de Javier Camarena por la agilidad de articulación, y la seguridad de ataque en las notas altas. Y similarmente histriónico Ildar Abdrazakov, un Mustafà natural en su despotismo machista: cuando comenta con su siervo Hali que su mujer no lo excita, la sugerencia de…¡una italiana!, le sale junto a un conmovedor gesto de desesperación ante su impotencia sexual. Baja sus brazos como diciendo “¡Es que ya no puedo! ¿Tal vez con otra mujer de algún otro lado? Dicen que las italianas…” 

El septeto onomatopéyico que cierra el primer acto es correspondido con un surrealismo escénico de similar intensidad cuando los segmentos de los grandes sillones se separan y, cada uno de ellos con un cantante encima, comienzan a desplazarse como los coches de choque de los parques de atracciones. Y la maravillosa escena, única en la historia de la ópera, de una mujer que canta sabiendo que seduce a tres hombres que la acechan escondidos es representada con Bartoli en una gran bañera en un baño de espumas durante Per lui che adoro.  

Como de costumbre, el programa de mano contiene interesantes ensayos sobre la historia de la obra, la necesidad de evitar estereotipos nacionales o anti orientales que pudieran ofender, etc. Pero en este caso no fue necesario leerlos para gozar a fondo de esta gloriosa turquería capaz de hacer reír hasta el mismo Mahoma. Sobre el final la escena de Papattacci y Taddeo Kaimakán es una vulgarísima fiesta con Mustafà panzón en camiseta y uno de esos sombreros que tanto divierten a los anglosajones borrachos y de parranda en zonas cálidas y un Taddeo con calzoncillo de Superman. Pensé que Corbelli se iba a cubrir algo para el saludo final, ¡pero no!: salió solo con su súpercalzoncillo para recibir los aplausos de un público que pudo comprenderlo todo y entusiasmarse sin necesidad de leer nada. 

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