España - Galicia

Espíritu shostakoviano

Paco Yáñez

lunes, 8 de octubre de 2018
A Coruña, viernes, 5 de octubre de 2018. Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. Patricia Kopatchinskaja, violín. Dima Slobodeniouk, director. Arnold Schönberg: Concierto para violín y orquesta opus 36. Dmitri Shostakóvich: Sinfonía Nº11 en sol menor "1905-й год" opus 103. Ocupación: 90%.

Tal y como el pasado mes de junio afirmé, cuando la temporada 2018-2019 de la Orquesta Sinfónica de Galicia fue presentada, la programación que Dima Slobodeniouk  y Andrés Lacasa nos ofrecerán en el Palacio de la Ópera durante los próximos nueve meses no hará más que reincidir en los viejos vicios enquistados desde hace décadas en la OSG; destacadamente, en una preocupante falta de originalidad, en un anquilosado monolitismo orquestal (el diálogo entre géneros instrumentales y estilísticos es prácticamente desconocido en dicho escenario), y en partituras «cuya sola presencia -escribía entonces- nos lleva a preguntarnos cuántas veces no se habrán programado en Coruña»; algo que me cuestionaba si respondía a la dejadez, a la rutina, al ahorro o a la falta de conocimientos sobre el repertorio disponible para una formación como la herculina. Pero, además, a lo puramente musical hemos de sumarle aspectos de índole social que muestran una muy escasa sensibilidad por parte de la dirección artística de la OSG, como la ridícula presencia femenina en una temporada 2018-2019 que tan sólo incluye a una mujer, Sofiya Gubaidúlina, compositora de la que el próximo mes de junio escucharemos el estreno en España de su Triple concierto (2016). A punto de alcanzar la tercera década del siglo XXI, y siendo el de la visibilización de la mujer uno de los temas centrales en los debates artísticos, políticos y sociales de nuestro tiempo, me parece éste otro dato más para poner en cuestión una temporada de tan reiterativos y alicortos planteamientos (no comprendo, de hecho, cómo un consistorio que se dice progresista, como el de A Coruña, permite que una de sus instituciones culturales más importantes y presupuestariamente dotadas, tal es la OSG, proceda a tan flagrante discriminación desde hace décadas); una temporada que nos obligará, una vez más, a poner el foco sobre escasos conciertos, pues los que aportan novedades de verdadera enjundia son puntuales... 

...entre ellos se encuentra éste que hoy reseñamos: el de apertura de la temporada 2018-2019 de la OSG; especialmente, por la presencia en su cartel del Concierto para violín y orquesta opus 36 (1934-36) de Arnold Schönberg (Viena, 1874 - Los Ángeles, 1951), partitura que la Sinfónica de Galicia interpretaba por primera vez en su historia. ¡Horas eran!, habría que decir; máxime, cuando la OSG viene abusando de los mismos conciertos para violín año tras año, como esta temporada vuelve a evidenciar, pues escucharemos, ¡una vez más!, los de Mendelssohn, Brahms y Sibelius (unidos a otras muchas e injustificables reiteraciones que nos llevan a preguntarnos si la OSG realiza algún tipo de estudio estadístico de sus programaciones, o si se está haciendo dejadez de algo tan necesario -diría, incluso, que obligatorio y exigible- como el que una orquesta pública haga partícipes a sus abonados de tan proteica diversidad de partituras concertantes como se han compuesto a lo largo de las últimas décadas: contemporaneidad de un público privado, así, de los debates estéticos centrales de su tiempo y abocado a un costumbrismo tan rancio como provinciano). 

Sin olvidar, pues, el preocupante contexto en el que este concierto ha sido programado, paralelamente hemos de alegrarnos de poder escuchar por primera vez a la OSG una partitura tan emocionalmente intensa y técnicamente compleja como el opus 36 schönberguiano. Además, hemos tenido la fortuna de contar esta noche con una soberbia solista, la moldava Patricia Kopatchinskaja, una violinista (cantante y directora) que, además de una ya importante carrera internacional en solitario, ha formado parte en diversas ocasiones de una de las orquestas más interesantes de cuantas han nacido en lo que llevamos de siglo XXI: MusicAeterna, una formación con la que, bajo la batuta de Teodor Currentzis, Kopatchinskaja ha reinventado piezas tan manidas como el Concierto para violín (1878) de Chaicovski (Sony 88875165122). Muy lejos, tanto como los antípodas geográficos en los que Perm se ubica en Europa con respecto a Coruña, está el trabajo tan concienzudo de MusicAeterna y Teodor Currentzis si lo comparamos con el que desarrolla la OSG, una orquesta que diría decaída y rutinaria frente a la pasión y a la musicalidad que Currentzis y los suyos despliegan en cada interpretación: basta ver la gestualidad de una y otra plantilla, su intensidad y ataque, algo que esta noche resultaba notorio tan sólo con comparar a la propia Kopatchinskaja con unos músicos herculinos que parecían una orquesta de cera: frialdad que se transmite a un Schönberg, de nuevo, aséptico, mortecino y fuera de estilo, algo que nos recuerda tristes episodios previos de la propia OSG con el vienés; sin ir más lejos, una Kammersymphonie Nº1 opus 9 (1906) que, con dirección de Arturo Tamayo (Santiago de Compostela, 29 de octubre de 2015), se había convertido, más que en una ejecución musical, en una patibularia.

No llegó a tan paupérrimos niveles lo escuchado esta noche de la mano de Dima Slobodeniouk, pero el contraste de la orquesta con la técnica, la musicalidad y el estilo de la solista fueron palmarios. Previamente, Slobodeniouk se dirigió al público para presentar la velada (en un ya mejorado castellano) y, parece, ponernos sobre aviso de las dificultades de este Concierto para violín: presentación tan innecesaria como superficial («A pesar de la estética diferente de esta obra, espero que podáis escuchar esta música con el corazón», exhortaba el director ruso al público), en la que Slobodeniouk puso a este opus 36 en la estela y como culminación de las rutas musicales que a Schönberg llegan desde Haydn y Mozart. Ahora bien, volviendo a Teodor Currentzis, rescato aquí lo expresado por el director ateniense con respecto a la interpretación de Don Giovanni (1787) a lo largo de las últimas décadas, en la que Currentzis dice se ha «robado gradualmente la sutileza, la pasión y la energía de la música original de Mozart». Esa misma usurpación de la sutileza, la pasión y la energía que habitualmente padecemos al escuchar a la OSG cuando se adentra en el clasicismo (que le pregunten, al respecto, a Giovanni Antonini), se pone de manifiesto en un Schönberg cuyo refinamiento camerístico desaparece en lecturas como la de esta noche, tan aplacada, mortecina y falta de relieves más allá de los clímax más furibundos, como la marcha del 'Finale': ésta, bien audible y poderosa. 

No estamos, por tanto, ni ante el Mozart de Teodor Currentzis, ni ante el Schönberg de Pierre Boulez, Esa-Pekka Salonen o Michael Gielen, sino ante una lectura del opus 36 descafeinada, fruto del tan exiguo contacto de la OSG con las partituras más potentes de la Segunda Escuela de Viena; de ahí, la falta de estilo, la articulación tan roma y amorfa, y el agravio comparativo que esta noche suponía el escuchar en el atril solista a una Patricia Kopatchinskaja de una delicadeza extrema en su violín, al tiempo que de una técnica portentosa: ¡qué contenida fragilidad de los armónicos sul tasto, qué afinación, qué digitación en los pizzicati sobre el diapasón! Por otra parte, el concepto tan sutil de Kopatchinskaja habrá resultado inaudible para buena parte de la sala, pues incluso en la zona A (en mi caso, fila 6, butaca 10) por momentos sus flautandi rozaban el silencio: pura evanescencia y desmaterialización de las series y del tejido armónico. Es el de la violinista moldava, como lo fuera su registro fonográfico del opus 35 chaicovskiano, un Schönberg a modo de verdadera delicatessen sonora, en la que cada nota, ataque, dinámica y articulación están medidos por su propio peso, por su lógica constructiva y, muy especialmente en este Concierto para violín, por su poética. Es por ello que, a pesar de que la página se preste a tal enfoque, Kopatchinskaja elude el virtuosismo o los ejercicios de pirotecnia, centrándose en la musicalidad de la página y en su poderoso ímpetu rítmico, dialogando hasta donde puede con la OSG, si bien en los dos primeros movimientos le ha costado sudores, y diría que hasta no se la veía del todo cómoda con el tan distinto concepto que la orquesta desarrollaba, además de las dificultades ya conocidas para la audición sobre el escenario del Palacio de la Ópera entre los propios músicos, por lo que es posible que la violinista sintiera antes la vibración musical de la orquesta a través de sus pies descalzos (costumbre habitual de Kopatchinskaja) que por medio de sus oídos: situación que daría a un Valle-Inclán materia para escribir toda una novela...

...como los dardos de mis palabras no alcanzan ni las suelas de los botines de mi ilustre paisano, dejemos para un Valle-Inclán futuro el pormenorizar tal esperpéntico escenario (en todas sus acepciones), y simplemente hagamos hoy constar el haber disfrutado de una espléndida solista de una musicalidad mayúscula, acompañada por una orquesta a una altura, por técnica, idioma y estilo, varios escalones por debajo en lo que a Schönberg se refiere; una orquesta de la que Patricia Kopatchinskaja tomó prestado a su concertino para viajar en su propina de Schönberg a Béla Bartók, pues del compositor húngaro la violinista moldava tocó, conjuntamente con Massimo Spadano, el penúltimo de los 44 duó két hegedűre Sz 98 (1931) bartokianos: un 'Pizzicato' en el que se volvían a visualizar dos gestualidades y dos vivencias de la música de muy distinta naturaleza, con un Bartók que Kopatchinskaja articula con todo el cuerpo, desde las piernas, bailándolo con su cintura para dotarlo de un inconfundible aroma magiar, folclórico a la par que moderno, mientras que Spadano se mostraba más circunspecto en un papel casi de acompañante (aunque, incluso, más suelto que al frente de una OSG en cuyo primer atril desde años me parece un tanto anquilosado). Fue la reacción del público herculino al bis de ambos músicos más cálida que la brindada al propio Concierto para violín: casi tan gélida como la habida cuando Pierre-Laurent Aimard interpretó en el Palacio de la Ópera el Concierto para piano y orquesta (1942) del propio Schönberg, reafirmando una problemática relación del público coruñés con la música del genio austriaco, algo que no sólo hemos de aducir a la dificultad que ésta supone para tantos melómanos -incluso en el siglo XXI-, sino a una traducción que técnica y emocionalmente se podía haber exprimido esta noche muchos enteros más en la orquesta.

Afortunadamente, la segunda parte del concierto deparó una calidad interpretativa ciertamente mayor, pues se centró en uno de los compositores que la OSG domina con más acierto: un Dmitri Shostakóvich (San Petersburgo, 1906 - Moscú, 1975) al que la formación herculina dedica su temporada 2018-2019 sin que se conozca efeméride o motivo sustancial que lo justifique (con el agravante de que varias de sus sinfonías ya han sido tocadas en repetidas ocasiones por la OSG): algo que ya había ocurrido con las temporadas dedicadas a Ludwig van Beethoven y a Piotr Ilich Chaicovski (¡todo un alarde de creatividad!), incidiendo en la política de tedio y calzador que preside el diseño de las programaciones de la orquesta gallega. Así pues, un nuevo ciclo sinfónico que nos adentrará en el compositor ruso a lo largo de las próximas temporadas, y que tenía su punto de partida en la Sinfonía Nº11 en sol menor "1905-й год" opus 103 (1956-57), partitura que, en conjunto, recibió una de las lecturas shostakovianas más sobresalientes que recuerdo en manos de la OSG, ya desde un 'Adagio' inicial soberbiamente paladeado, con una lentitud y un cuidado dignos de una de mis versiones discográficas de referencia: la tan extática de Mstislav Rostropóvich al frente de la National Symphony Orchestra (Teldec 9031-76262-2). Tanto Rostropóvich como Slobodeniouk son directores rusos que hacen un Shostakóvich netamente occidentalizado, sin imprimir a sus orquestas el sabor tan ruso, acerado y rudo de un Kiril Kondrashin, ni el sarcasmo, los contrastes y el sentido del humor de un Gennadi Rozhdéstvenski. Ello no va en detrimento de la calidad constructiva, ni del aliento histórico y espiritual que Slobodeniouk ha puesto en su lectura, apoyada de forma muy firme en una cuerda que me ha parecido la mejor sección de la OSG esta noche: soberbia desde el comienzo, al llevarnos directamente a una San Petersburgo congelada en una cuerda plena de reminiscencias de ese arranque en armónicos de la Primera sinfonía (1985-88) de Gustav Mahler (aproximando así, en este programa, las genéticas musicales de Schönberg y Shostakóvich a través del compositor bohemio). Aunque la duración de la versión antes citada de Mstislav Rostropóvich en este primer movimiento sea mayor que la de Slobodeniouk (16:34 minutos, Rostropóvich; 14:53, Slobodeniouk), estando, incluso, más cercana la lectura de la OSG a la de un Bernard Haitink en su excelente grabación con la Concertgebouworkest de Ámsterdam (Decca 425 072-2), con sus 15:53 minutos, el carácter imprimido en Coruña estuvo más cercano al de Rostropóvich (desde luego, más que a la versión, un tanto apresurada, de Kondrashin en su ciclo para Melodiya, de 12:31 minutos). 

Sobre esa textura tan densa y suspendida de la cuerda, articulada, como buena parte del conjunto de la Undécima sinfonía, en canciones revolucionarias, las sucesivas irrupciones instrumentales han gozado de diversa fortuna; así, mientras que la trompa estuvo muy comedida y fiel a ese sonido en la lejanía que ha de caracterizar a estas apariciones, el primer toque de trompeta suena (como no esperábamos menos de John Aigi) un tanto forzado y chillón, algo que en diversos momentos reaparecería, llegando a lo estridente en los clímax del 'Allegro non troppo', dañando el oído con su desmedida presencia. Pone este músico la única nota fuera de estilo (situación recurrente en la OSG) en un conjunto muy sólido y bien calibrado, aunque hay que reconocer a Aigi el que, tras alguna pifia puntual y un desmedido volumen sonoro, los progresivos diminuendi y reintegraciones al tejido orquestal los haya realizado con buen sentido dinámico y lógica constructiva, quedando los pasajes en fortissimo como su principal hándicap, además de la falta de un sonido natural y redondo, algo que sí mostraron trompa solista, maderas y percusión. En este primer 'Adagio', en todo caso, la duración no hemos de tomarla de un modo estrictamente cronométrico, pues en los periódicos cambios de tema-canción que articulan el movimiento desde la cuerda aplica Slobodeniouk un muy sutil rubato para conferir relieve a sus transiciones y respectivas personalidades, rompiendo de forma muy interesante la linealidad temporal, así como reforzando el carácter episódico de esta tensa espera invernal. En tal desarrollo y sucesión de temas, adquiere la cuerda un gran protagonismo al transfigurar cada voz en la polifonía del canto (algo que alcanzaría su perfección en el tercer movimiento). Las maderas, igualmente, han sonado muy sobrias y melódicas, ya desde sus atriles solistas (destacadamente, las flautas), ya en el refuerzo armónico entre ellas como sección (con mención especial para el clarinete de Juan Antonio Ferrer), compactando su cuerpo y los relieves sobre el tejido de la cuerda. 

Sin interrupción entre los sucesivos movimientos, el 'Allegro' arrancó con un muy bien resuelto cambio de tempo, dinamismo y aliento en el canto de la cuerda, demostrando que la afinidad de la OSG por el compositor ruso es muy superior a la que tiene por Schönberg, cuya articulación poco comparte con el cantabile de esta sinfonía. El primer clímax lo planificó Slobodeniouk apenas como un anticipo del segundo, por lo que se hubiese podido enfatizar algo más su tensión interna, aunque dentro de una notable corrección y de un trabajo de las maderas muy bueno en todo este movimiento, en el que tanto protagonismo adquieren. La construcción del 'Allegro', en todo caso, es mucho más esquemática que la de los intrincados paisajes schönberguianos, marcando de forma muy acusada la OSG las alternancias de este movimiento de cara a un segundo clímax devastador que nos puso literalmente la carne de gallina ya desde su largo crescendo previo, tan bien estructurado a partir de la fuga de la cuerda, y, muy especialmente, en los golpeos militares de una percusión inmisericorde que, con la cuerda, ha sido hoy lo mejor. Por intensidad, por ritmo y por ferocidad, además de por un volumen sonoro sin ataduras: pura ira y violencia, el segundo y gran clímax deparó uno de los momentos más acongojantes de la noche, y no sólo por esa presencia aplastante y ensordecedora, sino por el vacío que tamaña orquesta a tutti genera cuando ésta se retira súbitamente, quedando la cuerda susurrando en pianissimo ese tejido en armónicos que evoca al primer movimiento, aquí puntuado por una celesta que es verdadera fantasmagoría. Tan sólo, de nuevo, lamentar una presencia excesiva de la trompeta, que vuelve a ser incapaz de sonar en la lejanía, tal y como se le exige por dinámicas y sordina; mientras que cuerda y maderas juegan a exponer un eco de presencias de los cantos y sus reminiscencias de un sentido desolador, congelando el movimiento en su final. Por duración (tomando, una vez más, algunas de las grabaciones señeras de esta sinfonía: Kondrashin, 17:30 minutos; Haitink, 19:54; Rostropóvich, 21:46), está la OSG, con sus 19:07 minutos, de nuevo más cercana a Haitink, aunque aquí también en unidad de tempo y agresividad en sus clímax, con mayor potencia y refinamiento en la orquesta holandesa que en la norteamericana de Rostropóvich, algo más mecánica. Por tanto, un 'Allegro', en conjunto, muy bien estructurado y que con sus inevitables ecos eisensteinianos nos lleva del canto revolucionario a la represión marcial, de la esperanza colectiva al horror, para devolvernos a ese intemporal invierno ruso, transido de denuncias y de cantos en sordina soterrados. 

Como antes adelantaba, en el segundo 'Adagio' la cuerda ha agudizado aún más su protagonismo, ya desde su grave pizzicato inicial en violonchelos y contrabajos: idóneo en tempo, calidez (¡qué contraste, con los pasajes de trompeta solista!) y fraseo; un pizzicato desde el que emerge una destacable sección de violas entonando de forma sobrecogedora el canto revolucionario Caísteis como víctimas, entonado esta noche con cierta distancia, sin cargar las tintas en su naturaleza fúnebre. La progresiva iluminación de tan sombrío comienzo y tema, ampliando el espectro armónico de la cuerda, sucesivamente, a los segundos y a los primeros violines, estuvo muy bien graduada, modulando con delicadeza el canto luctuoso de las violas con un extra de brillo y énfasis, dentro de un gran empaste de la cuerda. También los coros de trombones y tuba han entrado en este encadenamiento de temas de un modo muy suave y ligado, sin contrastes abruptos ni estridencias, punteando rítmicamente a bloque con la cuerda grave el tema de las trompas, desde la batuta de Slobodeniouk muy destacado hoy, así como su traslación a las violas, todo ello grave, oscuro y severo, con un punto netamente elegiaco, así como armónica y rítmicamente muy orgánico. Igualmente bien integrado ha sido el crescendo desde las violas hacia el clímax de este tercer movimiento, con cierto optimismo recobrado, más luminoso aquí de lo habitual, conjugando lirismo y ecos de lo elegíaco en una dosis muy interesante. Destacar en dicho clímax a la percusión, con un timbal a gran altura en todo momento y un José Belmonte que en el bombo ha marcado unos acentos también inusuales, pero de lo más significativos y pertinentes, confiriendo gran dramatismo y énfasis a sus pasajes. De nuevo, la reintegración final del edificio orquestal a una cuerda cantabile hacia lo silente se efectuó por medio de un muy cuidado diminuendo que nos devolvió al omnipresente y congelado tema inicial, soberbio en cada una de sus transmutaciones, si bien con una luz más refulgente por su ampliación armónica a través de los violines. Con sus 11:48 minutos de duración (Kondrashin, 10:29; Haitink, 11:23; Rostropóvich, 14:32) estamos ante una versión bien paladeada, sobria y elegante, aunque la densidad y el lamento tan hondo del registro de Rostropóvich permanezcan inalcanzados. 

La irrupción del cuarto movimiento, 'Allegro non troppo', ha de ser súbita y furibunda con respecto al tercero, algo esta noche no excesivamente acusado (como en el primer clímax del 'Allegro'); en parte, por un metal grave muy contenido para lo habitual en la OSG. A pesar de no mostrarse con toda su violencia inicial, además de con un tempo algo pausado, Dima Slobodeniouk tiró de un rubato muy acusado en el cambio de tema, atacando el gran episodio de la cuerda de forma dinámica e incisiva, con gran motilidad y energía. El primer clímax, nacido desde el ímpetu de una cuerda en la que hay que destacar a Ruslana Prokopenko al frente de los violonchelos, estuvo, en general, muy notable, excepto el tono chillón y desaforado de John Aigi (que más de uno debe llevar aún taladrado en los oídos), con una percusión otra vez fantástica, así como con un nuevo despojamiento del tutti estremecedor al devolvernos a ese frío extático del primer movimiento en su base de cuerda. Sobre su tejido armónico, a modo de textura de hielo, se alzó con gran melodismo el corno inglés: una de esas voces de la humanidad sufriente que Shostakóvich hace surgir en algunos de los momentos emocionalmente más intensos de sus sinfonías (análoga situación de textura de cuerda y canto de madera se da en la Octava sinfonía (1943), tras el gran clímax del primer movimiento). Son pasajes en los que resuenan en nuestra memoria la mujer portando al hijo del Guernica (1937) de Picasso, o las víctimas de la escalera de Odessa eisensteiniana: esa intrínseca soledad desamparada que, frente al horror de la maquinaria represora, canta un dolor insondable, precisamente por el eco intemporal que se crea sobre el hilvanado armónico de una cuerda que es silencio habitado, desolación pura: esta noche, todo ello exquisitamente tratado. El Tocsin final, esa desgarradora tormenta de hielo, ruido y furia, comenzó en Coruña con ímpetu y rusticidad, como debe ser: rascada en la percusión con rudeza y serpenteante en las maderas cual el siseo del vendaval acechante. Una vez más, ha explicitado su virulencia la tormenta de la historia, la implacable lucha de pueblos y clases, sean éstas las represiones comandadas por los boyardos, por Iván el Terrible, por los ejércitos zaristas, por Stalin, o por Vladímir Putin y las oligarquías financieras. Así, los pasajes a tutti han sonado tan agresivos como es de rigor, siendo el único pero un tañido de campanas por parte de Alejandro Sanz muy escaso en intención musical y dinámicas (lo que resta sentido dramatúrgico a la irrupción del Tocsin): audible tan sólo en los compases más despojados, pero imperceptible en los tutti, incluso sin esa pérdida en la lejanía del tiempo que sugiere su eco final, señal de alerta tendida al futuro, aquí inexistente por la premura con la que se han apagado los tubos de las campanas; y no es que estemos ante un Tocsin ni ante un 'Allegro non troppo' apresurados, ni muchos menos, con sus 14:24 minutos de duración (comprendiendo los cambios de tempo vía rubato antes señalados) frente a los 13:21 de Kondrashin, a los 14:16 de Haitink, y a los 16:05 de Rostropóvich (de nuevo, el más lento y paladeado en cada detalle). 

Se cerraba, así, una interpretación de gran altura que hacía bueno el comentario que escuché a mis espaldas en boca de una mujer al terminar esta primera entrega del ciclo Shostakóvich de la OSG: «Al menos, la segunda parte nos compensó», algo que puedo suscribir únicamente desde un punto de vista interpretativo, pues la afinidad y el espíritu shostakoviano de la orquesta herculina son indudables, aunque si ésta pretende ampliar su flexibilidad y su adecuación estilística, ya no sólo en lo que Schönberg se refiere, sino en muchos repertorios cruciales del siglo XX derivados de las innovaciones del padre del dodecafonismo, más les valdría a sus programadores, al menos, empezar por poner sobre los atriles de la OSG un mayor número de partituras de la Segunda Escuela de Viena, para no sufrir la tan acusada disparidad en excelencia interpretativa hoy padecida. 

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.