España - Castilla y León

Corazón roto

Samuel González Casado

miércoles, 10 de octubre de 2018
Valladolid, viernes, 5 de octubre de 2018. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Andrew Gourlay, director. Katherine Broderick, soprano. Mozart: El rapto en el serrallo: obertura. Las bodas de Fígaro: Porgi amor. Strauss, R.: Cuatro últimas canciones; Una vida de héroe. Ocupación: 90 %.
Katherine Broderick © katherinebroderick.com

Sobre el papel el primer concierto de la nueva temporada de la OSCyL tenía una pinta estupenda, porque el programa relacionaba estilísticamente a Mozart y Strauss, sobre todo en una primera parte en la que el público podía disfrutar de obras creadas desde una tradición vocal muy específica, aparte de la obertura de El rapto en el Serrallo, que cumplió con lo esperado y sirvió de comienzo ligero y juguetón.

Pero la soprano elegida, Katherine Broderick, aun exhibiendo un canto muy aseado, depurado incluso en aspectos como las entradas o la solidez de línea, posee una técnica que se encuentra muy alejada de resultar útil para interpretar un lied. Tanto en Porgi amor como en las Cuatro últimas canciones evidenció que su capacidad para colorear es muy limitada, ya que la posición es muy poco maleable; su falta de flexibilidad, además, en su caso está relacionada con su apagado centro-grave, y demanda una determinada presión que, sin parecer excesiva, en ella a veces causa problemas de fiato.

Se echa en falta, por ejemplo, la capacidad para apianar, y en general para conseguir todo eso que identifica el canto con el texto y le hace crear musicalmente sobre el poema. Esa era la verdadera esencia del concierto, porque la técnica de canto austriaca —con la que la forma de emitir de Broderick no tiene que ver en absoluto— es la clave de bóveda que relaciona y sostiene estos dos autores en el mundo vocal; una técnica desarrollada para ser útil a un tipo de repertorio en el que el texto es fundamental y que aquí, de esta forma, quedó —con el corazón roto— en una propuesta bonita respecto a la que no se ha sabido llegar hasta el verdadero motor de su naturaleza. Por supuesto que estas obras pueden cantarse bien con otros tipos de técnica que no sea específicamente la austriaca, máxime en un mundo globalizado repleto de todo tipo de mixturas; pero está claro que exigen algo que aquí no recibieron.

Gourlay no cuidó demasiado a Broderick, y por ejemplo en September la cuerda sonó sobredimensionada y a veces anuló a una soprano que, en otro orden de cosas, se encamina hacia el repertorio wagneriano, que precisamente exige cantantes tremendamente completos (todo lo demás se paga más pronto que tarde).

Es cierto que el canto estatuario de Broderick y cierto aroma romántico a la hora de exponer las partes más melódicas por parte del director lograron que las Cuatro últimas canciones transcurrieran sin sobresaltos y con cierto interés hedonista por lo que cierta tradición musical llamaría “belleza”, y ello pese a la discutible decisión de Gourlay de unir Porgi amor con Im Abendrot. El hecho, que iba contra la tradición editora británica, no habría tenido a mi entender mayor importancia de haberse avisado, aun eliminando el factor sorpresa (donde residía parte del efecto y del significado). Como es normal, se causó una momentánea confusión que hizo un flaco favor a la concentración de parte del público, que no ha escuchado tantas veces en esta sala las Cuatro últimas canciones como para estar deseando novedades.

Con mayor empatía transcurrió todo en la segunda parte, gracias a un Richard Strauss muy distinto: el de los poemas sinfónicos. En esta interpretación de Una vida de héroe hubo sus altibajos, porque en ella abundan las zonas difíciles de delinear, que pueden sonar confusas por pérdida de información. Así ocurrió ante todo al principio, en El héroe (algo habitual por otra parte), aunque el asunto se arregló paulatinamente para terminar destacando justo en los extremos: en las partes más líricas (magnífico todo el tema amoroso) y las potentes, con un fantástico campo de batalla, transparente y a la vez agresivo, enfático en la disonancia. A la buena sensación general contribuyó, y mucho, la estupenda labor del solista de trompa José V. Castelló y ante todo la sobresaliente del concertino eslovaco Juraj Cizmarovic. Ambos ya se habían lucido en los lieder, y redondearon lo que resultó un estupendo colofón a una velada irregular.

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