Novedades bibliográficas

A su manera

Raúl González Arévalo

jueves, 11 de octubre de 2018
A prueba de orquesta © 2018 by Espasa

Trato de tomarme las cosas con naturalidad y no caer en la trampa de la mitomanía” (p. 188). Esta sencilla afirmación resume de un plumazo la autobiografía de Pablo Heras Casado, A prueba de orquesta*. A estas alturas, como ha puesto de manifiesto siempre en las entrevistas y desarrolla ahora en primera persona, la carrera del director de orquesta español se ha caracterizado por tomar decisiones arriesgadas que han conformado una trayectoria atípica en la profesión.

Después de leerle, solo se puede llegar a la conclusión de que Pablo Heras es un iconoclasta, que no ha querido seguir la estela de los grandes nombres del siglo XX, pues reniega expresamente de la figura del director-dictador sobre la que construyeron su mito nombres como Karajan. Lo confirma, una y otra vez, la normalidad –en el mejor sentido de la palabra– apabullante con la que recuerda sus orígenes, pero también su encuentro con grandes figuras musicales y culturales de finales del Novecientos y principios del 2000. En todo momento subyace la historia de un chaval de un barrio humilde de Granada con un interés omnívoro por la música. En definitiva, Pablo, como pide que le llamen sus colegas músicos porque no se identifica con el tratamiento de “maestro” –ni con el frac y la batuta tradicionalmente asociados a los directores– es tan artista como persona. O incluso persona antes que artista. Toda una carta de presentación en un mundo actual tan competitivo y narcisista en el que impera la tiranía de la imagen que se quiere proyectar de uno mismo.

Más allá de concesiones puntuales al marketing, como los encuentros con la jet set neoyorkina o algunas de las grandes estrellas de la música clásica y Hollywood, lo cierto es que el autor se esfuerza por romper la idea –¿estereotipada sin razón?– del músico de clásica como un bicho raro, un virtuoso empollón con escasas habilidades sociales. Lo expresa el relato infantil de un chico que salía en bicicleta con los amigos y hacía trastadas. O el adolescente que se apasiona por la cervecita fresca –pasión que le acompaña– y salía de marcha los fines de semana.

También es iconoclasta al explicar por qué no se siente identificado con el sistema de aprendizaje musical en los conservatorios. No lo hace con desdén, ni con ardor revolucionario. Simplemente expone por qué decidió no continuarlo de manera honesta. En este punto, frente a los que claman por la ortodoxia de la titulación, hay que recordar la teoría de las inteligencias múltiples, que establece que hay múltiples maneras de aprender un mismo sujeto, y no todas valen para todos. Ciertamente la enseñanza estandarizada puede servir de forma genérica para la mayoría, pero no obligatoriamente para todos. En este sentido hay que reconocerle valentía y honestidad siempre.

En todo caso, no hay que confundir los términos: Que el autor decidiera apartarse de la enseñanza reglada estandarizada porque no le permitía trazar su camino no significa que no tenga modelos. De hecho, la narración no es un relato exhaustivo de su vida, sino que más bien organiza los capítulos como ventanas en las que aborda aspectos significativos a los que ha querido dar relevancia, incluyendo las grandes influencias que ha recibido. Empieza, como no podía ser menos, con su inquietud para formar conjuntos vocales e instrumentales en Granada. Y de alguna manera sigue al hablar de la importancia que tienen para él las formaciones de jóvenes intérpretes como la Orquesta Joven de Andalucía, así como su afán por divulgar la música clásica entre jóvenes en situaciones de vulnerabilidad.

Los grandes nombres desfilan a continuación, con el relato de la influencia que tuvieron en él grandes maestros –a ellos sí les concede el título– como Harry Christophers, Pierre Boulez y Sylvain Cambreling. Siendo personalidades tan distintas, que se han movido en repertorios diferentes, ayudan a entender el propio acercamiento de Heras a unas obras que abarcan desde la polifonía renacentista –que pone siempre en valor, algo poco habitual en directores sinfónicos– hasta la creación contemporánea absoluta. De este modo rompe barreras y compartimentos estancos en los que algunos, legítimamente, se quedan, eso sí, más limitados. En este sentido, es evidente que nos encontramos ante un músico que no tiene problema en arriesgar y salir de su “zona de confort”.

La experiencia en centros musicales destacados es de una riqueza poco usual, en Europa (de Mainz a París pasando por Berlín, Viena y Friburgo) y al otro lado del Atlántico, con Nueva York como referencia absoluta por razones evidentes: fue titular de la Orquesta de St Luke y explica como pocos en nuestro país el sistema de patrocinio y mecenazgo americano, un modelo que en Europa no ha cuajado, aunque se reclama en España con la asignatura pendiente de la ley de mecenazgo. Relacionada con esta cuestión está el papel de los gestores y motores culturales a través de la figura de Gérard Mortier, de la que ensalza su capacidad para revolucionar los escenarios en los que aterrizó, sin entrar en la polémica que le rodeó siempre. Todo ello unido a una reflexión constante sobre el papel del director de orquesta. Y por encima de todo, como una constante siempre presente, el apego y el agradecimiento a su familia. Persona y músico.

En definitiva, quien se acerque a la publicación se encontrará con una lectura accesible, en su planteamiento y en el retrato que traza tanto del protagonista como de las personalidades que han dejado huella en su camino, sin polémica alguna ni asomo de esnobismo intelectual, con una prosa ágil y un estilo fresco. Se trata de en un ejercicio indudable de generosidad por lo que supone de exposición personal en mayor medida que una entrevista o una interpretación musical. Un libro a su manera, como todo en el autor.

Notas

Pablo Heras-Casado, A prueba de orquesta, Barcelona, Espasa, 2018, 227 pp, ISBN 978-84-670-5259-6

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.