España - Cataluña

¿'Otro' concierto de Keenlyside?

Jorge Binaghi

miércoles, 17 de octubre de 2018
Barcelona, miércoles, 10 de octubre de 2018. Palau de la Música. Recital de Simon Keenlyside, acompañado por Malcom Martineau (piano). Obras de Brahms, Poulenc, Ravel y Schubert. Bises: Schubert y Fauré
Simon Keenlyside © A. Bofill, 2018

Nunca un gran artista (dos para el caso) ‘repiten’ simplemente. Eso es sabido. De hecho la confección del programa fue bastante parecida al último que escuché en el Wigmore Hall y del que no hice comentario porque es imposible conseguir entrada de prensa y desde mi punto de vista cuando uno paga por una entrada no tiene por qué reseñar nada. Es un miembro más del público. 

Pero aquí me encuentro en una encrucijada: el servicio de prensa me ha dado muy gentilmente una acreditación. Tengo un artículo comprometido con otra publicación, pero en otra lengua. Por otro lado, yo confiaba en que Sílvia Pujalte, que también asistió, reseñara el recital para Mundo Clásico. Pero sucede que como la Fundación Victoria de los Ángeles le pidió que hiciera una introducción previa -fantástica, debo decir- la experta en canto de cámara de estos lares se inhibió. Tenía su razón. Pero yo tengo la mía, y es que soy miembro de la Fundación, y de los que más fuerza hicieron para que este concierto tuviera lugar. La Fundación persiguió durante casi tres años al cantante y también quería colaborar con el Palau. Ambos deseos cristalizaron en uno y con este recital se inauguró el ciclo ‘Grandes voces’ (fue dedicado antes de comenzar por el Palau y la Fundación a la memoria de Montserrat Caballé). En principio sería incompatible; por otro lado Mundo Clásico se queda sin reseña, y también se sabe que Fundación o no, Palau o no, yo sigo a Keenlyside pronto hará treinta años (los mismos que él lleva cantando con Martineau y otros grandes acompañantes, y es uno de los no muchos cantantes por los que me parece que vale la pena ir a un teatro.  A veces puedo estar más de acuerdo con sus elecciones operísticas, pero nunca me defrauda. Y cuando llegamos al lied….Cito a Graham Johnson (le tomo prestada la cita a Pujalte de su conferencia) en su edición de las canciones de Schubert refiriéndose a un Keenlyside entonces bastante más joven: "[...] destined to become one of the country’s most exciting operatic singers, but devoted, by nature and temperament, to singing lieder" (destinado a convertirse en uno de los más estimulantes cantantes de ópera de este país, pero por naturaleza y temperamento consagrado a cantar lieder). Y la crítica ya está hecha.

Algunos -nunca faltan- fruncieron un poco la nariz. Si fue porque a veces cambió unas palabras o una frase (más bien repitió que alteró, y nunca quebró la atmósfera de texto y música) me parece bien humano. No canta con atril como muchos y tiene un repertorio fenomenal en autores, piezas y lenguas. Ni sé cómo hace(n) él y otros (no demasiados; nunca lo han sido).

Como también me he cansado de escribir que gracias a no sé qué misterio no es una ‘estrella’, al menos de esas mediáticas que con su solo nombre (o apariencia) venden entradas, el vasto ámbito del Palau no estaba colmado (como tendría que haber sido), pero la asistencia era buena y, sobre todo, atenta, educada, interesada: ni un móvil, apenas algunas toses de esas que a uno lo convertirían en asesino serial porque siempre llegan en el momento preciso. El silencio y los aplausos nutridos -más fuertes al final, con lo que se consiguieron tres bises- demostraron la aprobación del respetable (que esta vez lo era sin dudas). Dos orfebres haciendo juntos su artesanía, sin egos, divismos, superficialidad: ¿algo o alguien más adecuado para la Fundación que lleva un nombre que es toda una responsabilidad? El hecho es que, entre los autores elegidos, las composiciones, y su forma tan única de interpretarlos, tan distinta a las demás y tan auténtica, mis sentimientos -no pensamientos, y no cuando me distraía porque no ocurrió, sino cuando se me acumulaban en exceso las sensaciones- me llevaron una y otra vez a dos nombres con los que hace mucho tiempo descubrí el canto de cámara en Buenos Aires: la propia Victoria para los alemanes, y Régine Crespin para los franceses (considerando que Poulenc y esta obra de Ravel eran sobre todo de ella y la otra jamás las cantó). Y también con esto podría dar por acabada la crítica.

Seis Brahms que fueron calentando la voz y la expresión ya con dos resultados notables en los dos últimos (Nachtwandler y Es schauen die Blumen). De Poulenc en la primera parte el modélico Paganini y cuatro canciones -fugaces- sobre otros tantos textos de Apollinaire (imposible elegir ninguno), luego un movimiento de la Suite Française del propio autor y que Martineau tocó de modo ejemplar, y al principio de la segunda parte Le travail du peintre, siete evocaciones de grandes pintores del siglo XX escritas por Paul Éluard (tampoco se puede elegir, aunque tal vez me quede con Braque, Gris, Miró, y el mucho menos conocido Jacques Villon, que Poulenc amaba). La primera parte concluía con el otro francés, Ravel y sus animales-personas en la afilada, refinada e irónica prosa de Jules Renard: otra vez las cinco fueron gemas, pero por el contraste y por la forma en que lo encararon piano y barítono las dos últimas nos hicieron pasar en breves minutos de la paz y el lirismo de Le martin-pêcheur a la follonera y endiablada pintade mirada, sin embargo, con tanta comprensión, si no ternura, como el grillo, el pavo real y hasta el infaltable cisne.

Del trabajo de Martineau, siempre excelente, destacaría precisamente todo este Ravel y los Schubert de la parte final y en particular Nachtstück y An den Mond in einer Herbstnacht (donde sentimos el otoño que nos está cayendo encima junto con el recorrido de la luna iluminando ese camino interminable del viajero sin destino). Que ambos parecen hermanos gemelos del viandante que recorre campos de noche, con o sin luz de luna o estrellas, con la noche por amiga/amante/raras veces enemiga aunque nos traiga la muerte dio estremecedora prueba precisamente ese Nachtstück cuya sola presencia e interpretación harían grande cualquier concierto. ¿Y cómo no citar esa especie de proclama del arte de Keenlyside que es Alinde o el número final, muy acertadamente Abschied porque es una canción de despedida valiente y un tanto desesperada.  Y llegaron los bises: ‘Forgive me, I stand by Schubert’. Nada que perdonar, señor Keenlyside, quédese usted con él todo el rato que quiera y de vez en cuando déjenos entreoir ese diálogo que se llevan. Fueron los conocidísimos ‘Rosita silvestre’ y ‘Serenata’ del Canto del cisne (antes había cantado la otra ‘Ständchen”, menos conocida  pero casi tan magnífica). ¿Qué decir? Fueron las de una voz masculina y por lo tanto absolutamente distintas -pero complementarias- de las que cantaba Victoria. Que, al menos no tengo conocimiento, no cantó nunca Le papillon et la fleur (texto de Hugo) de un autor que a ella, y a Keenlyside, les va como anillo al dedo: Gabriel Fauré.

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