España - Cataluña

‘Fur tre secoli d’orror’

Jorge Binaghi

viernes, 19 de octubre de 2018
Barcelona, viernes, 5 de octubre de 2018. Gran Teatre del Liceu. I Puritani (París, Théâtre des Italiens, 25 de enero de 1835), libreto de Carlo Pepoli, música de V. Bellini. Escenografía y vestuario: Leslie Travers. Dirección de escena: Annilese Miskimmon (reposición: Deborah Cohen). Coreografía: Kally Lloyd-Jones. Intérpretes: Pretty Yende/María José Moreno (Elvira), Javier Camarena/Celso Albelo (Arturo), George Petean/Ludovic Tézier (Riccardo), Marco Mimikai/Nicola Ulivieri (Giorgio), Lydia Vinyes-Curtisa (Enriqueta) y otros. Coro (maestra de coro: Conxita García) y Orquesta del Teatro. Dirección de orquesta: Christopher Franklin.
Miskimmon: I Puritani © A. Bofill, 2018

Esa frase que dice Elvira en el tercer acto (cuando empieza a recuperarse), y una imagen bien trillada, es la que ha dado pie a la directora de escena para su idea central. La  versión musical, en cambio, ha sido la tradicional que hemos oído (más que visto) en la inauguración de la temporada del Liceu que el primer día estuvo amenizada por los intercambios de opiniones algo exaltadas cuando se informó al público gracias a la nueva producción y una vez apagadas las luces, que la acción transcurría (también) en la Irlanda de 1970. Por supuesto que la presencia de personalidades actuales o quizá futuras fue lo que seguramente incrementó el estímulo (Manuel Valls estaba sentado delante de mí y por las expresiones, felicitaciones y demás supongo que es el candidato favorito a alcalde de la mayor parte de la platea del Liceu…o de la que estaba allí ese día).

Ignoro cómo nadie pensó lo que podría ocasionar que semejante actualización -a medias porque desde que la neurosis de Elvira no se maneja ni con pastillas cree ver una situación paralela en el momento en que transcurre el libreto de la ópera (si era en Plymouth y no en Irlanda es un detalle geográfico… Después de todos algunas ediciones del libreto hablan de I Puritani di Scozia…. Dentro de poco habrá alguien que la haga transcurrir antes y después del Brexit o del Reino Desunido).

Con todo lo respetable que son los motivos -sobre todo extraartísticos- de Miskimmon la cosa funciona mejor cuando la loca está loca, por más que se anime el preludio con el secuestro de una nacionalista irlandesa con bandera incorporada (ahí temí otro escándalo, pero no) y el horror de Elvira y el de Arturo (nadie sabe qué hacen allí). Y cuando al final se impone la realidad y volvemos a Belfast para terminar con el asesinato de Arturo y el enloquecimiento definitivo de Elvira (hay algunas producciones que también terminan así contra el libreto y la música) puede intuirse que es esta gota la que hizo perder la paciencia a buena parte del público que protestó copiosamente cuando aparecieron los responsables en el escenario. También hay que decir que se han dejado pasar cosas iguales o peores en medio de la indiferencia o incluso el aplauso (recordemos aquí el Romeo y Julieta durante la guerra civil norteamericana la temporada pasada). Y tampoco es que se haya solucionado mejor la problemática del tremendo libreto ni dado más relieve a los personajes aunque tengan que pasar más tiempo en el escenario. Lo que seguro careció de todo sentido fue la coreografía (¿para qué?) cuyo ‘mejor’ momento fue hacer bailar una especie de valsecito ripioso en uno de los grandes momentos del coro ‘Piangon le ciglia’ al comienzo del segundo acto… Y pasemos a lo que salva aún hoy a este título que es…adivinen ustedes….la música de Bellini. Y por cierto yo preferiría alguna vez escucharla en concierto pero con la edición de Della Seta. 

A algunos les pareció plana la lectura de Franklin. Ciertamente no es una primerísima batuta, pero es más confiable y certera que tantas…La orquesta sonó ‘casi’ siempre bien y sólo hubo que lamentar que en los finales de acto y en general en los momentos más rápidos no procurara un mejor equilibrio con los cantantes que, salvo la excepción de Camarena y Albelo, lo habrían agradecido.

El coro estuvo bien y en el segundo día despidió a un compañero que se jubilaba (espero que lo sustituyan de inmediato).

Uno de los puntos interesantes del primer reparto era el Riccardo de Mariusz Kwiecien, al que sin embargo no pude oír por un resfriado repentino del que parece que aún no se había recuperado totalmente en la tercera función. Cantó siempre entonces el barítono previsto para el segundo reparto, Kymach. El primer día obviamente nervioso, pero en el segundo confirmó que si tiene color y material interesante la voz no se proyecta bien y queda ‘in gola’ además de tener reflejos nasales que no parecen augurar nada bueno. Hubo momentos en que parecía no saber lo que estaba cantando, o al menos eso hacía parecer su grado de inexpresividad. Del mismo modo desilusionó Mimica, que había debutado auspiciosamente hace un par de años como Raimondo en Lucia. Ignoro si estaba en una mala noche, pero la voz parecía seca y fluía con dificultad. Mucho mejor, aunque un punto claro y con un par de notas feas, el Giorgio de Olivieri. 

Yende deslumbró a muchos. Tiene un buen agudo, pero allí se termina todo o casi. Y cuando se dedica a hacer variaciones me avergüenzo de haber pensado una vez que las de Beverly Sills eran un tanto kitsch. No pudo dominar -lógicamente siendo una líricoligera que a veces parece más bien soubrette- el gran concertante final del primer acto que ya hace presentir a Verdi. Tampoco lo logró Moreno, pero curiosamente se oía más y mejor cuando cantaba desde dentro. Creo que ahí hubo sobre todo una cuestión de volumen orquestal. El hecho es que canta el papel desde una veintena de años, el timbre sigue siendo cristalino, la artista es honesta y la cantante un dechado de musicalidad y de respeto al autor.

Camarena el día de la inauguración empezó con prudencia con una buena ejecución de ‘A te o cara’ y de inmediato levantó vuelo. Pero en el tercero fue aclamado con justicia. Después de su solo inicial alguien gritó ‘así se canta’, y me parece una crítica concisa y perfecta. Un maestro en todos los aspectos técnicos, un color bello y un artista preocupado no sólo por cantar. Albelo lo hizo mejor que en Madrid, más medido y más musical con una voz de más cuerpo y color algo más denso aunque sin poesía; un Arturo demasiado pasional para lo que el autor y la parte piden. De todos modos fue en el único punto en que -porque eran los mismos- esta versión puede competir exitosamente con el Real. Y tal vez le gane en la dirección de orquesta. Pero ni siquiera los papeles secundarios pasaron de la medianía: ni la Enriqueta de Vinyes-Curtis, ni el Valton de Montresor ni, mucho menos, el poco audible Bruno de Faraldo despertaron el menor interés. 

Esta reseña recoge la representaciones de los días 5 y 7 de octubre, celebradas en el Teatro del Liceu de Barcelona. 

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