Discos

El impulso primigenio de Iannis Xenakis

Paco Yáñez
lunes, 22 de octubre de 2018
Iannis Xenakis: Metastaseis; Terretektorh; Nomos Gamma. Orchestra Sinfonica RAI. Residentie Orkest The Hague. Arturo Tamayo, director. Brian Brandt, productor ejecutivo. Dick Lucas, ingeniero de sonido. Un CD DDD de 41:12 minutos de duración grabado en Turín (Italia) y Ámsterdam (Holanda), en 2008 y 2011. mode records 299
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Alcanzado ya el decimoquinto volumen de la colección dedicada por mode records a Iannis Xenakis (Brăila, 1922 - París, 2001), podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que estamos ante el ciclo fonográfico más ambicioso y exhaustivo de cuantos en disco compacto se hayan consagrado al compositor greco-francés. Además, esta imprescindible serie Xenakis del sello neoyorquino no deja de depararnos sorpresas y novedades, siendo de verdadera enjundia la primera de cuantas contiene esta nueva edición, pues se trata de la primera grabación mundial de una de las partituras señeras en el catálogo del compositor: la llamada versión A de Metastaseis (1953-54). 

En octubre de 2015, en la entrevista que mantuvimos con Arturo Tamayo tras haberse frustrado el estreno de dicha versión A en España (el que inicialmente había anunciado la Orquesta Sinfónica de Galicia para ese mismo año), el director madrileño nos decía: «Yo la versión B la rechazo; la versión B se vio obligado a hacerla Xenakis, y tuvo que reducir la instrumentación, porque era una formación orquestal obligada, que es la que hay en Donaueschingen hasta hoy. ¿Por qué lo hizo? Pues un compositor joven, que era prácticamente desconocido en aquella época, le ofrecen hacer algo en Donaueschingen y le ponen esta condición, y no tenía la fuerza moral ni política de ningún tipo para decir: la obra se hace así, o no se hace. Entonces, él la tuvo que cambiar; y, para mí, hay ciertos aspectos que se pierden, por lo cual yo dije, cuando cambiaron, cuando dijeron que se iba a hacer la B, que yo la B sería engañarme a mí mismo; porque, desde el momento en que apareció la A, la B para mí no existe, es un subproducto». Sin embargo, el propio Tamayo, en su ciclo xenakiano con la Orchestre Philharmonique du Luxembourg para el sello Timpani (5C1177), sí había registrado (en mayo de 2006) la versión B de Metastaseis, lo que nos llevaba a preguntarnos cómo tan sólo nueve años más tarde se mostraba el madrileño tan categórico al rechazar dicha versión B: la que nos ha dado a conocer (y a amar) la pieza hasta ahora en todas las interpretaciones discográficas comercializadas. 

La respuesta la encontramos, precisamente, durante el proceso de grabación del ciclo Xenakis para el sello Timpani, momento en el que Françoise Xenakis, esposa del compositor, contó a Arturo Tamayo que había aparecido en casa de un amigo de la familia una vieja partitura de Iannis Xenakis, pieza que fue identificada como la versión original de Metastaseis, dada por perdida desde los años cincuenta. ¿Qué nos ofrece, por tanto, esta versión A, para que Arturo Tamayo la haya asumido de una forma, tras su descubrimiento, tan militante (al punto de calificar la versión B de «subproducto»)? Pues una obra más afín al espíritu del compositor y a su personal creatividad, a la par que más indómita y violenta, menos filtrada por el espíritu serial que dominaba en una de las mecas de la nueva música, Donaueschingen. Uno de los popes de dicho festival era, a principios de los años cincuenta, el director Hermann Scherchen. Cuando Xenakis llevó a Scherchen la voluminosa partitura original de Metastaseis (la que ahora escuchamos en disco por primera vez, tras su estreno en Turín por los mismos intérpretes que en esta edición la han grabado), el director alemán pidió al compositor griego una revisión de la misma para aprobar su ejecución en Donaueschingen (la que finalmente sería la versión B, estrenada en 1955 bajo la batuta de Hans Rosbaud y publicada en 1967), dando lugar a lo que el propio Xenakis consideraba su opus 1 y partitura que, con el impacto causado desde entonces, lo catapultó a lo más alto de la composición en la segunda mitad del siglo XX. 

De este modo, el principal cambio al que nos enfrentamos viene dado por la distribución de las secciones de cuerda. La versión B de Metastaseis plantea un efectivo más convencional, con 24 violines, 8 violas, 8 violonchelos y 6 contrabajos; mientras que la versión A comprende 24 violines, 12 violas, 12 violonchelos y 4 contrabajos: una homogenización con respecto a la orquesta convencional en la versión B que, como nos recuerda el profesor Ron Squibbs en sus soberbias notas, asumió posteriormente Xenakis en partituras subsiguientes como Pithoprakta (1955-56), consciente del más fácil acomodo que encontraría dicha organización de la cuerda en los programas orquestales (empezando por los de los propios festivales de música contemporánea). A efectos de nuestra audición, nos encontramos con una redistribución de las partes originales de la cuerda en divisi, siendo restauradas sus texturas primigenias y un mayor cromatismo en los clústers; así como, en la tercera sección, un apoyo armónico mayor de las cuerdas a la hora de doblar, con más efectivos y presencias tímbricamente más pertinentes (de un modo especial, por el mayor número de violas: instrumentos clave en esta versión A), a los metales, ganando esta lectura que hoy reseñamos en profundidad armónica, espacialización y carácter. Al respecto de esta distinta estructuración armónica, señala Ron Squibbs en su ensayo algo muy interesante, pues nos recuerda la querencia de Xenakis por la música de Johannes Brahms y cómo Hermann Scherchen, al impeler a Xenakis la revisión de Metastaseis, lo condujo a erradicar de la partitura todo rasgo romántico, como los citados apoyos armónicos, filtrando la obra a través del gusto serial de la época, con una apariencia de la versión B más weberniana. 

Ahora bien, tal y como se recoge en el libro de entrevistas del compositor griego con Bálint András Varga, Conversations with Iannis Xenakis (1996, Faber and Faber), afirmaba Xenakis que Metastaseis se había nutrido, igualmente, de sus experiencias en la resistencia antinazi en Grecia, con el caos reinante entre los cánticos de las marchas populares y el ensordecedor ruido de los tanques alemanes avanzando por las calles; cada uno de estos grupos con sus muy diferentes presencias acústicas. En dicho libro leemos, sobre aquellos recuerdos del compositor: «Nunca olvidaré la transformación del ruido regular y rítmico de unas cien mil personas convertido en un fantástico desorden… Nunca hubiera pensado que un día todo ello emergería de nuevo y se convertiría en música: Metastaseis». No es baladí el citar estas palabras al escuchar la interpretación que la Orchestra Sinfonica RAI y Arturo Tamayo nos ofrecen en este compacto, pues, como afirma Ron Squibbs en sus notas, más allá de los procedimientos científicos que Xenakis hubiese utilizado para componer su partitura, lo que aquí escuchamos es una música -y más, aún, en esta grabación del estreno de la versión A- de una virulencia exacerbada, transida por un dolor hecho carne; de un modo especial, en los dramáticos glissandi de las cuerdas y en los atroces gritos del metal. Al ampliarse y recomponerse (como en el anterior párrafo hemos especificado) las cuerdas, el efecto expansivo de la primera sección de la obra gana en amplitud y músculo, así como en contundencia, superando, incluso, lecturas (en la versión B) de orquestas con más galones y potencia en estos repertorios, como la de la propia Symphonieorchester des Bayerischen Rundfunks en su registro de Anastenaria (1952-54) al completo (cuya tercera parte es Metastaseis) bajo la batuta de Charles Zacharie Bornstein (col legno WWE 1CD 20086). En los pasajes más contrapuntísticos, sí gana esta lectura en ese apoyo más sólido entre los distintos instrumentos doblados, con lo cual la arquitectura se refuerza en robustez y filiaciones históricas, así como en un sentido camerístico que nos sorprenderá en las secciones más despojadas y silentes, con la más intrincada relación entre los grupos orquestales. 

Otro aspecto curioso al comparar las distintas interpretaciones publicadas en disco compacto de ambas versiones de Metastaseis es que, a pesar de que las partituras A y B apenas presentan divergencias en términos de estructura rítmica a lo largo de sus 346 compases, las diferencias de las duraciones son muy notables. De este modo, en la grabación del estreno Hans Rosbaud y la SWF Sinfonieorchester (col legno WWE 1CD 20504) se iban hasta los 8:33 minutos; mientras que Maurice Le Roux y la Orchestre Philharmonique de l'O.R.T.F. (Le Chant du Monde LDC 278 368) a los 8:55 minutos; Charles Zacharie Bornstein y la Symphonieorchester des Bayerischen Rundfunks (col legno) a los 9:04 minutos; y el propio Tamayo, con la Orchestre Philharmonique du Luxembourg (Timpani), se quedaba en tan sólo 7:35 minutos (todos ellos, en la versión B). Pues bien, ahora Tamayo, con la RAI italiana, rebaja aún más la duración, yéndose a tan sólo 6:29 minutos, lo que acera la densidad de Metastaseis y exprime más sus contrastes. Es cierto que las partes más estáticas a las que el propio título de la obra se refiere suenan más vertiginosas, perdiendo un tanto esa expansión armónico-textural, pero el sentido dramatúrgico (más, si pensamos en las palabras de Xenakis sobre las bases históricas de la partitura) se hace más violento y el impacto de la audición resulta mayor. Así pues, restitución importantísima de una partitura durante casi seis décadas desaparecida, que nos da otra visión de una obra, Metastaseis, sin duda entre las piezas capitales del siglo XX, motivo por el cual podemos hablar de una edición, desde ya, histórica. 

Entre los ecos de tan fascinante redescubrimiento, nos abismamos, en lo que queda de este breve compacto, a dos partituras que, precisamente, trabajan de un modo especial la reverberación del sonido y la síntesis tímbrica en el espacio, pues espacializados formando un gran círculo alrededor del público se encuentran los ochenta y ocho músicos que interpretan Terretektorh (1965-66). Hablaba Xenakis de esta página como de un «sonotron» o acelerador de partículas musicales, las que provenían de la naturaleza al experimentar el compositor su soledad inmerso en ésta. Así como asociamos normalmente a Xenakis con la aplicación de las matemáticas a lo musical, no menor es la influencia en su creación de la propia naturaleza, ya sea por medio de sus procesos de génesis, desarrollo y destrucción más esenciales, ya por los modelos que ésta provee para la estructuración musical, algo de lo que la estocástica y gigantesca Jonchaies (1977) constituye el ejemplo más revelador. En las notas de Ron Squibbs se cita un texto publicado por Nouritza Matossian dentro de su libro Xenakis (1981, Fayard -con sucesivas reediciones, de las que Squibbs cita la del año 2005-), en el cual nos dice el compositor que la experiencia odiseica de Ulises es hoy imposible en un mundo tan someramente cartografiado (¿qué diría Xenakis del planeta que habitamos en esta segunda década del siglo XXI?), siendo la única posibilidad de vivir la soledad y el aislamiento del héroe homérico el habitar una isla desierta en medio del mar (como el propio Xenakis reconocía hacer gustoso), expuesto a las olas, a las tormentas, al viento, a la lluvia y a todas las inclemencias del tiempo. Eso mismo es en lo que Terretektorh nos adentra, en un medioambiente acústico atravesado por los meteoros en su forma musical, con sus distintas velocidades y direcciones provenientes de los músicos que rodean al público. De este modo, y como en Metastaseis, nuevos clústers y glissandi de enormes rangos se diseminan entre los grupos orquestales, con profusión de sonidos golpeados y rascados en los sets de percusión, redondeando el conjunto una abierta exposición a los meteoros y a su influencia en quien recibe sus arremetidas, cual Ulises a la deriva: esa deriva en la que el yo se busca a sí mismo; una búsqueda, según Xenakis, imposible en nuestras ciudades contemporáneas, y que tan sólo podría alcanzar sus objetivos expuestos a la naturaleza en sus dimensiones más atávicas y esenciales. 

Por último, otra partitura espacializada, Nomos Gamma (1967-68), obra que con sus noventa y ocho músicos rodeando al público se convierte en una de las piezas orquestales más masivas y monumentales de Xenakis. Tal y como nos indica Ron Squibbs, estamos ante un desarrollo de los principios estructurales de Terretektorh por medio de la teoría de grupos, un procedimiento matemático que Xenakis había aplicado previamente tanto en Akrata (1964-65) como en Nomos Alpha (1966). De este modo, se procede en Nomos Gamma a una continua permutación de alturas, duraciones, dinámicas y articulaciones entre los distintos grupos instrumentales, lo que concede a la partitura su enorme dinamismo y movilidad, frente a una Terretektorh que sonaba más centrípeta: orientada hacia ese oyente-Ulises que recibía los embistes del clima. Nomos Gamma complejiza sobremanera la escena acústica, haciéndola más periférica y descentrada, como lo es, en lo armónico, una construcción que comprende tanto la microtonalidad como la ampliación de las escalas tradicionales, de forma que las tensiones se redoblan y la orquesta parece estallar armónica y espacialmente en muchos momentos. A esa sensación de explosión constante colabora sobremanera una sección de percusión que, en una de las señas de identidad xenakianas por antonomasia, adquiere un papel fundamental para desestabilizar al conjunto, además de infiltrarle patrones polirrítmicos que no hacen más que dar vueltas de tuerca a un escenario musicalmente tan complejo; de ahí, la rareza de Nomos Gamma ya no sólo en las programaciones orquestales, sino en la discografía del compositor griego, como a continuación veremos... 

...y es que tanto de Terretektorh como de Nomos Gamma disponíamos únicamente en disco de un doble compacto del sello Edition RZ (1015-16) -reedición, a su vez, de un vinilo de Erato- en el que la Orchestre Philharmonique de l'O.R.T.F., con Charles Bruck al frente, se hacía cargo (respectivamente, en 1968 y 1969) de ambas partituras con el habitual voluntarismo que muestran las versiones de la época, pero sin el acabado técnicamente tan preciso ni la musicalidad tan netamente xenakiana de las interpretaciones que ahora nos ofrece la Residentie Orkest The Hague, en registros en vivo dirigidos por Arturo Tamayo en el Holland Festival del año 2011. Se trata de dos versiones de una fuerza irresistible, con una mención muy especial para las secciones de metal y percusión, capaces de ofrecernos una presencia en Nomos Gamma demoledora; mientras que en Terretektorh Tamayo y los músicos holandeses mantienen la tensión tímbrica, armónica y estructural de forma más lograda que en la grabación de Charles Bruck, con su parte final un tanto decaída. Previamente, la formalización musical de los meteoros había sido de impresión en el registro de mode, ya fuera la granularidad de la lluvia en las maracas, o el silbido del viento en unas maderas de texturas agudísimas, por no hablar de las tormentas en la percusión; dejando, como en el caso de Nomos Gamma, muy atrás las versiones de la Orchestre Philharmonique de l'O.R.T.F., y convirtiéndose en referencias discográficas para ambas partituras. 

Otro punto fuerte de este decimoquinto volumen de la serie Xenakis en mode records son las tomas de sonido: excelentes, frente a lo hasta ahora conocido; y eso que no alcanzamos con esta edición en disco compacto todo el potencial de las mismas, algo de lo cual el productor del sello neoyorquino, Brian Brandt, es plenamente consciente, pues anuncia el próximo lanzamiento (aunque lleva meses pospuesto) de un blu-ray con una proyección multicanal que resultará especialmente adecuada para la espacialización en vivo de Terretektorh y Nomos Gamma (además de editarse con imagen para estas dos últimas obras, con la filmación de su interpretación en Holanda). Mientras tal blu-ray no se comercializa, nos encontramos, en todo caso, con un sonido en este compacto magnífico, que incluso en Metastaseis respeta las abigarradísimas capas de sus clústers, y que en Nomos Gamma es capaz de hacernos percibir la profundidad y la ubicación, destacadamente, de los sets de percusión, cuyo movimiento en la escena acústica es una gozada si lo comparamos con lo hasta ahora conocido en Erato y Edition RZ. Por lo que a la edición del compacto se refiere, éste sigue las líneas tan sobrias e informativas del sello mode, incluyendo un completo ensayo (en inglés y francés) a cargo del varias veces citado Ron Squibbs, profesor de la Universidad de Connecticut que nos tiende muy sugerentes ideas para adentrarnos en la audición de cada una de las obras, además de referenciar su contexto histórico y de especificar en detalle las diferencias entre las versiones A y B de Metastaseis. Así pues, tanto por obras, como por interpretaciones, tomas de sonido y edición, estamos ante uno de los discos más importantes lanzados al mercado de la música contemporánea en los últimos años: un disco que nos acerca al Xenakis inspirado por la historia, por la mitología, por la ciencia y por la naturaleza, todo ello convertido en música de la más alta calidad. 

Este compacto ha sido enviado para su recensión por mode records 

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