España - Madrid

Katiuska: opereta de bolsillo

Germán García Tomás

martes, 23 de octubre de 2018
Madrid, viernes, 12 de octubre de 2018. Teatro de la Zarzuela. Katiuska de Pablo Sorozábal. Dirección de escena: Emilio Sagi. Escenografía: Daniel Bianco. Vestuario: Pepa Ojanguren. Iluminación: Eduardo Bravo. Coreografía: Nuria Castejón. Reparto: Rocío Ignacio (Katiuska), Carlos Álvarez (Pedro Stakof), Jorge de León (Príncipe Sergio), Antonio Torres (Bruno Brunovich), Milagros Martín (Olga), Emilio Sánchez (Boni), Enrique Baquerizo (Amadeo Pich), Amelia Font (Tatiana). Coro del Teatro de la Zarzuela. Director: Antonio Fauró. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Ocupación: 95%
Cartel de Katiuska © Teatro de la Zarzuela, 2018

El Teatro de la Zarzuela ha estrenado temporada con la ya conocida producción del Teatro Arriaga de Bilbao, en triple coproducción con el Campoamor de Oviedo, el Calderón de Valladolid y el Español de Madrid, de la opereta española en dos actos Katiuska de Pablo Sorozábal, el debut escénico del compositor vasco que no se veía en la capital desde 1981. Esta reposición lleva la firma escénica de Emilio Sagi, que traslada la original ambientación en la Revolución Rusa de 1917 a los años 30, época contemporánea del estreno, bajo un tamiz nostálgico y sentimental que revive el Hollywood de esos años. A ello contribuyen las siempre imaginativas y originales coreografías de Nuria Castejón en los números destinados a los cinco personajes cómicos y la escenografía del director artístico del coliseo, Daniel Bianco, que encuadra casi fotográficamente toda la acción en un inclinado marco dorado delante del cual, y en primer plano, se dejan ver los escombros dejados por la turba soviética tras su paso. 

El montaje se deleita en lucir su belleza estética y apuesta por el aprovechamiento del espacio escénico, de corte minimalista, un logro al que nos tiene acostumbrados Sagi. Aun así, la propuesta sigue pecando de lo mismo. El regista fusiona ambos actos, elimina el descanso y recorta hasta el extremo el texto hablado de los libretistas Emilio González del Castillo y Manuel Martí Alonso con el objetivo de dinamizar la acción, lo que lleva a una sucesión casi continua de los números musicales que deja por el camino lagunas argumentales. Los breves personajes de Miska y el Conde Iván (fundamental este último en la comprensión del desenlace de la obra) brillan por su ausencia y la historia de la princesa rusa enamorada del comisario del Soviet se tiene que ir intuyendo, cuando no figurando o imaginando, el espectador por el camino, pues la tijera es implacable e inmisericorde hasta el punto de llegarse a unir ciertos números musicales sin ninguna transición hablada. Se ha llegado a decir, en defensa de esta concepción escénica, como muchas veces suele ocurrir a la hora de recortar o peinar textos, que el libreto es enrevesado y se detiene en cuestiones accesorias y secundarias que impiden avanzar la trama, pero nosotros decimos que bajo el pretexto de agilizar se pone en riesgo la inteligibilidad de la historia contada, aspecto fundamental en cualquier obra lírica, máxime en el género de la zarzuela, teatro hablado y cantado, donde los diálogos van vehiculando la acción. Así las cosas, Katiuska se queda en hora y cuarto de reloj, minuto arriba minuto abajo. 

Al margen de la operación de poda, quizá el mayor atractivo de esta producción a nivel musical es la recuperación del “Canto a la tierra” que entona Pedro Stakof acompañado del coro de soldados, que Sorozábal incluyó en el estreno de 1931 en Barcelona y que suprimió posteriormente de la obra, un fragmento que aquí se encuentra integrado en el concertante final del acto segundo y que nos es familiar por la histórica grabación del año 1930 (un mes antes de la premier) protagonizada por el barítono de Pozoblanco Marcos Redondo, intérprete del estreno de Katiuska

Para sustentar esta versión exprés se ha contado con cantantes de auténtico relumbrón, como la soprano vasca Ainhoa Arteta, que sólo ha cantado dos funciones, y el barítono malagueño Carlos Álvarez, que realiza una magistral creación como Pedro Stakof. En cada una de sus apariciones a escena destaca en porte y altanería y la voz luce la acostumbrada belleza de su color y una rotunda emisión que le llevan a cosechar las mayores ovaciones de la noche, brindando sendas romanzas (“Calor de nido” y “La mujer rusa”, así como el mencionado “Canto a la tierra”) con elegancia y personal estilo. Bien actuada resulta la Katiuska de la joven soprano Rocío Ignacio, a la que destina intencionalidades dramáticas, pese a que en el manejo de la voz se aprecia cierta estridencia en la zona superior de su registro. 

El Príncipe Sergio es un secundario que tiene que convencer en sus dos únicas y estelares partes cantadas, y aquí el tenor tinerfeño Jorge de León exhibe más músculo vocal que puro refinamiento, especialmente en su salida a escena (“Es delicada flor”). Al margen del trío protagonista, los cinco comprimarios ayudan a redondear una función donde lo cómico es parte sustancial de la trama, pese a su pertinaz recorte. Y ahí están las veteranas féminas Milagros Martín y Amelia Font, quienes demuestran de nuevo sus conocidas bazas como cantantes-actrices; Emilio Sánchez aporta el perfecto contrapunto a la primera; Antonio Torres actúa con gracia aunque abusa un tanto de su pomposo registro grave, y por último, Enrique Baquerizo es un regalo como el vendedor de medias, pese a ser aquí relegado de categoría, pues en anteriores funciones de esta producción encarnaba al coronel Bruno Brunovich.

A todos ellos se une la resolución y el buen hacer del Coro del Teatro de la Zarzuela y una Orquesta de la Comunidad de Madrid comandada por el maestro Guillermo García Calvo que, por medio de una continuidad casi operística, revive tanto el lirismo como la ligereza desenfadada de los ritmos modernos, centroeuropeos y americanos, que Sorozábal incorpora a su inspirada partitura, si bien se percibe cierto apresuramiento general en la batuta fruto de la agilidad exigida. En suma, como decía el maestro vasco en pleno proceso compositivo de la opereta en su autobiografía Mi vida y mi obra, esta Katiuska se pone “en marcha y a todo gas”.

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