España - Galicia

En un Re nada menor

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 26 de octubre de 2018
A Coruña, sábado, 20 de octubre de 2018. Palacio de la Ópera. Leif Ove Andsnes, piano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Otto Tausk, director. Johannes Brahms: Concierto para piano y orquesta nº 1 en Re menor, op. 15; Antonín Dvořák: Sinfonía nº 7 en Re menor, op. 70. Asistencia: 70%
Leif Ove Andsnes © Gregor Hohenberg

Si uno tiene la curiosidad de consultar la agenda de conciertos del noruego Leif Ove Andsnes (Karmøy, 1970), comprobará que a lo largo de este curso tocará en muchas ocasiones el Primer Concierto de Brahms con grandes orquestas alemanas, haciéndolo no sólo en Alemania sino hasta en el Japón; y observará también que sus primeras interpretaciones de la pieza han sido las de este fin de semana en Coruña. Habrá quien se malicie que el hombre está ensayando la obra con una orquesta de provincias. Pues no: ni la Sinfónica de Galicia es una orquesta de provincias, ni Andsnes ha venido a hacer dedos.

En mi gusto, el comienzo de este Concierto debería tener el mismo efecto que un intento de estrangulamiento por la espalda, y por eso hubiera deseado que el holandés Otto Tausk (Utrecht, 1970) arrancara con más fuerza; aunque también es verdad que cuesta mucho llenar de música el espacio de esta sala ingrata. De todos modos la cosa poco a poco fue tomando forma, y para el momento de la entrada del piano el ambiente ya era el adecuado. Y qué entrada la de Andsnes: calmada pero firme, fraseando para dar sentido a un pasaje que apenas contiene melodías recordables, y transmitiendo la seguridad de quien tiene ya interiorizada la obra.

Sólo eso ya es digno de admiración, porque le predispone a uno a escuchar el concierto sin temer accidentes, habida cuenta de que la pieza se las trae con abalorios, en dificultad técnica (me parece sobrehumano aprenderse una partitura tan complicada y tan larga), y en esfuerzo conceptual (la cosa va más allá del mero virtuosismo que cabría esperar de un compositor veinteañero). Ese primer movimiento que es todo un poema sinfónico con dos voces en permanente conflicto, no sólo en los episodios más ruidosos –Andsnes exhibió toda la potencia sonora que requieren esos terribles trinos-, sino también en los más callados –justo antes de la explosiva conclusión, donde Andsnes encontró la tensión necesaria para preparar el final, junto a la inquietante taquicardia de los golpes de timbal.  

Del Adagio bastará decir que Andsnes lo tocó con tal profundidad que me atrevería a asegurar que él está también familiarizado con las útimas piezas para piano solo de Brahms. Qué pena que Tausk no acabase de ahondar igualmente, porque le faltó dulzura a la entrada de los clarinetes hacia la mitad del movimiento. Andsnes dio el Rondò un pelín más rápido de lo que me esperaba, pero en ningún momento perdió la fuerza, ni la elegancia ni la claridad. El público (hoy algo más “presente” que de costumbre, con toses, caramelos y –cómo no- un teléfono móvil) aplaudió con ganas, y Andsnes correspondió con el Nocturno en Fa mayor de Chopin.

Y para no salir del Re menor, la Séptima Sinfonía de Dvořák (si a alguien se le ocurre pensar que el programa de esta noche es de “los de siempre”, que cuente las veces que ha escuchado estas obras en vivo), obra hermosamente oscura, inexorablemente angustiosa; conceptos que Tausk no llegó a captar del todo. Por una parte, reconozco en él a un director que sabe el oficio, tiene el gesto claro y el pulso firme, y está atento a los detalles; e imagino que a la Sinfónica de Galicia le resulta fácil trabajar con él. Pero por otra parte, me da la impresión de que Tausk es un hombre con poca imaginación, quedándose en la superficie de las cosas (eso me pareció el curso pasado cuando hizo aquí La Mer, y esta noche lo confirmo).

Todo estuvo en su sitio –faltaría más-, y encima a la Sinfónica de Galicia ya se le empiezan a notar –para bien- los años que Dima Slobodeniouk lleva al frente (cuándo antes sonó tanto y tan empastada la cuerda grave de la orquesta? O sus maderas?); pero la lectura de esta sinfonía que hizo Tausk fue en muchos momentos poco más que eso, una lectura. Le faltó el punto trágico al primer movimiento, aunque en el final estuvo más acertado en su carácter a la vez apoteósico y resignado, y eso a pesar de que Tausk no supo evitar que el metal sonase descompensado; y en los movimientos intermedios –la sección central del Poco Adagio, el Scherzo- no logró que los violines fraseasen con la soltura y la delicadeza para doblar las esquinas con que lo hacen los paisanos del compositor.

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