España - Euskadi

Morir de corrección

Jesús Aguado

jueves, 1 de noviembre de 2018
Bilbao, sábado, 20 de octubre de 2018. Palacio Euskalduna. Giacomo Puccini, La bohème. Libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, basado en 'Les scènes de la vie de bohème' de Henri Murger. Mario Pontiggia, director de escena. Francesco Zito, escenografía y vestuario. Bruno Ciulli, iluminación. Ainhoa Arteta, Mimì. Teodor Ilincai, Rodolfo. Jessica Nuccio, Musetta. Artur Ruciński, Marcello. David Menéndez, Schaunard. Krzysztof Bạczyk, Colline. Fernando Latorre, Benoit / Alcindoro. Sergio López de Davalillo, Parpignol. Daniel López-Uribe, Un vendedor ambulante.Polentzi García, Aduanero. Miguel Ángel Ibisate, Sargento. Coro de Ópera de Bilbao, Boris Dujin, director. Coro Infantil de la Sociedad Coral de Bilbao, José Luis Ormazábal, director. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Pedro Halffter, dirección musical.
Pontiggia: La Boheme © E. Moreno Esquivel, 2018

Para la inauguración de su temporada (y ya van 67), ABAO ha elegido un título tan conocido y querido por el público como La Bohème, obra ante la que es difícil resistirse incluso al espectador más reticente, y una de las más recomendadas, sin duda, para iniciarse en el género. La obra sigue entusiasmando al público, y algunas de sus arias son de las más celebradas del repertorio, sin embargo, si bien un título así es garantía de lleno en la sala, poner en escena una ópera tan conocida, en la que gran parte del público se sabe prácticamente de memoria fragmentos enteros, siempre es un peligro: es más fácil detectar fallos en lo que se conoce bien. Y, aunque no haya fallos evidentes, porque no los hubo el sábado pasado en el Euskalduna, también es fácil crear una cierta sensación de desencanto si el nivel de emoción alcanzado no es el que el público espera, y de eso sí que hubo en el coliseo bilbaíno. 

Porque, insisto, no hubo grandes fallos ni gallos estrepitosos en el apartado vocal, pero la sensación imperante fue la de una tibia corrección bastante alejada del escalofrío que una ópera de Puccini necesita. Únicamente Ainhoa Arteta, como Mimì, y Pedro Halffter, desde el foso, elevaron un tanto la temperatura de ese gélido invierno parisino en que la obra se desarrolla. 

La voz de Ainhoa Arteta ha ido evolucionando con el paso del tiempo, y hoy en día su timbre recuerda más a Tosca que a Mimì, pero esa es la única objeción que se le puede hacer a su enfoque del papel: pese a ese ensanchamiento y a un cierto vibrato que contribuyen a crear ese color más de dramática que de lírica, su presencia vocal fue impecable, su fiato parece haberse alargado hasta el infinito. el agudo sigue resultando fácil y poderoso, el centro es carnoso y redondo, y el grave es irreprochable. Tal vez no sea el color que uno espere para la pobre costurera tuberculosa, pero fue, vocalmente, lo mejor de la noche. Conoce el Euskalduna al dedillo y es muy querida por el público, así que se llevó la mayor ovación del reparto. 

Teodor Ilincai era Rodolfo, el poeta enamorado de Mimì, y cumplió con corrección pero sin arrebatar. La voz es agradable y con presencia suficiente hasta para la inmensidad del Euskalduna. Pese a algún agudo un tanto problemático, no se puede decir que cantase mal en absoluto, pero como el resto de protagonistas, con la excepción de Arteta, a su interpretación le faltó algo más de arrebato y calidez para un papel del que se espera que erice el vello del respetable. 

Algo más arrebatada, aunque sin llegar tampoco a lo que se espera de una obra como La Bohème, resultó la actuación como Marcello de Artur Ruciński, barítono de voz amplia y timbre un poco tosco. Podría copiar y pegar lo dicho respecto a Ilincai, no se puede decir que cantase mal, pero faltó algo, y como Ilincai, la impresión que causó fue un tanto aséptica. 

Y, por continuar con la misma tónica, tampoco arrebató Jessica Nuccio como Musetta. Su gran momento fue, por supuesto, el celebérrimo vals del segundo acto, y al igual que sus compañeros, cantó correctamente pero no levantó al público de sus asientos. Voz agradable y correcta, en el resto de sus intervenciones no pasó de discreta. 

También correcto el Schaunard de David Menéndez, y destacó sin duda Krzysztof Bạczyk como Colline, cantando una preciosa 'Vecchia zimarra', ese caramelito puesto por Puccini para lucimiento del bajo. Bien, como siempre, Fernando Latorre, en su doble papel de Benoît y Alcindoro, y correctos el resto de comprimarios.

Pedro Halffter dirigía a la Orquesta Sinfónica de Euskadi, en su retorno al foso del Euskalduna tras el episodio huelguístico de la temporada pasada, y tanto director como orquesta, junto a Arteta, fueron lo mejor de la noche. La orquesta sonó como un motor perfectamente engrasado, respondiendo fielmente al más mínimo giro de volante de Halffter. Fue lírico y delicado cuando correspondía, consiguiendo que esos momentos melódicos inconfundiblemente puccinianos tuvieran la intensidad que de ellos se espera. También salió airoso de esa barahúnda de coro y orquesta que es todo el segundo acto, en el que tan fácil es perder el timón. Su ovación, junto con la dedicada a la protagonista, fue sin duda la más calurosa de la noche. Muy bien, como siempre, el Coro de Ópera de Bilbao, apoyado en este caso por el Coro Infantil de la Sociedad Coral de Bilbao.  

La producción, procedente del Teatro Massimo de Palermo y firmada por Mario Pontiggia, parecía, al menos en lo arquitectónico, remitir más a un modernismo de principios del siglo XX que al XIX, pero funcionaba correctamente y resultaba visualmente atractiva, aunque tal vez un tanto demasiado “lujosa” para describir el ambiente de pobreza en que viven los bohemios. Y, en concreto, el último acto parecía ambientado en un suntuoso balneario con los protagonistas vestidos de blanco; daba la impresión de que Mimì, en vez de pedir el famoso manicotto para calentarse las manos, fuera a llamar al servicio de habitaciones para pedir champagne para todos. 

Noche inaugural, en suma, de la temporada en Bilbao, en la que la sensación dominante fue la corrección, con las excepciones mencionadas, corrección que llegó hasta los aplausos, que, como casi todo en la función, resultaron correctos pero no arrebatados. 
 

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