Italia

Un Mozart juvenil, pero siempre Mozart

Jorge Binaghi

jueves, 1 de noviembre de 2018
Milán, martes, 16 de octubre de 2018. Teatro alla Scala. La finta giardiniera (Múnich, Salvatortheater, 13 de enero de 1775). Libreto de Giuseppe Petrosellini y música de W. A. Mozart. Escenografía y vestuario: Antony McDonald. Iluminación: Lucy Carter. Puesta en escena: Frederic Wake-Walker. Intérpretes: Kresimir Spicer (Podestà), Hanna-Elisabeth Müller (Violante/Sandrina), Bernard Richter (Contino Belfiore), Anett Fritsch (Arminda), Lucia Cirillo (Ramiro), Giulia Semenzato (Serpetta), y Mattia Olivieri (Nardo). Orquesta del Teatro. Dirección: Diego Fasolis.
Wake-Walker: Finta giardiniera © Teatro alla Scala, 2018

Siguiendo el trabajo de la orquesta de la Scala con instrumentos históricos y la dirección de Fasolis (un éxito total como en los años anteriores) en la sala de Piermarini se vio por primera vez (en 1970 y 1971 se había dado en la Piccola Scala, lamentablemente desaparecida) esta excelente comedia mozartiana en la edición crítica de Angenmüller y Berke de la nueva edición de obras de Mozart. 

La única vez en que la había podido ver fue con la también desaparecida Ópera de Cámara de Buenos Aires, que llegó a hacer una grabación y hacer una gira incluso en Europa, con este mismo título y que constituyó entonces, junto con Lo frate ‘nnamorato, La Cecchina ossia la buona figliola y Il barbiere di Siviglia de Paisiello, sus mejores aciertos. Entonces no había edición crítica y esta vez, completísima, tal vez resulte un poco larga, tal vez se resienta, sobre todo en la primera parte, de la esquemática sucesión de recitativos (numerosos) y arias (dos al menos para cada intérprete). El segundo y tercer acto son más cortos respecto del primero y con más acción y variedad de situaciones. Es cierto que con Lucio Silla, un par de años antes, el jovencito de dieciséis había usado más creativamente los lugares comunes de la ópera seria, pero aquí estamos ante una comedia típica y aunque no se trate de Così fan tutte o Le nozze di Figaro sí que revela mayor madurez que, por ejemplo, La finta semplice. Y por empezar, aunque venga del libreto, la obra deja una sensación de melancolía muy mozartiana: termina y no termina bien. Parece que los protagonistas se irán juntos, pero el Podestà queda desairado, Arminda y Ramiro no parece que vayan a entenderse y ciertamente Serpetta, inútilmente enamorada del Podestà no hará ningún caso al pobre Nardo. Para final feliz…

En todo caso hay momentos de orquestación, de recitativos acompañados y de algunas arias (la de furor de Armina ‘Vorrei punirti, indegno’, las de Ramiro y en especial‘Dolce d’amor compagna’, y la de la protagonista ‘Geme la tortorella’) donde se advierte claramente la mano del genio. Los dos tenores tienen ribetes cómicos, mientras la pareja de criados responde también a la tradición, aunque las dos más largas de Nardo (‘Con un vezzo all’italiana’ y ‘A forza di martelli’ sabiamente cambiada del principio al final de la ópera) también muestran la potencia de su vis cómica, seguramente ayudadas aquí por la voz, la dicción y el dominio escénico del joven Olivieri, que sigue en trayectoria ascendente. El resto del reparto fue adecuadísimo aunque hubo algunas notas en Spicer (el papel más característico) y, sorprendentemente, en Richter (especialista de Mozart) duras y ácidas en los agudos, pero que no llegaron a estorbar en lo general ni en la interpretación particular. Del mismo modo es la primera vez que escucho con placer e interés a Fritsch aunque ciertamente su registro agudo no se ve muy exigido por la parte. Cirillo es una cantante procedente del barroco y por tanto la que tiene menos volumen, pero suficiente para sus arias y escenas líricas y meditativas, buen color y actuación. La Serpetta de Scemenzato no es Despina ni Susanna pero las anuncia, y es la que tiene momentos de mayor compromiso en la zona aguda: si la voz no es particularmente bella o personal la cantante es buena y llega a los extremos más altos con buena técnica aunque con reflejos muy metálicos. De Olivieri  ya he hablado, pero agregaré que por color y volumen seguramente tiene un futuro que incluirá a Mozart (aunque no a éste), pero también a los italianos del romanticismo y quién sabe si alguno que otro de otras latitudes y siglos… 

La orquesta, también dicho, sonó muy afiatada y la dirección de Fasolis es una garantía: expresividad, pero no a costa de los cantantes, con un equilibrio notable que permitió admirar a los instrumentistas e incluso a los tres que formaban el bajo continuo: James Vaughan (fortepiano), Paolo Spadaro (cémbalo), y Simone Groppo (violonchelo). 

Ah, por cierto. Perdón. He olvidado lo más importante que era la producción: venida de Glyndebourne bajo la dirección de Wake-Walker que se rehabilitó tras sus flojas Nozze di Figaro aquí mismo. Buen gusto, mucho movimiento en las arias y dúos y conjuntos, buenas luces, un buen intento de dar espesor a los personajes que pocas veces lo tienen y un relato muy claro, desde la obertura, de la trama. Habían hablado de algo estratosférico; no lo es, pero sí que es muy bueno y adecuado, y con eso ya podemos darnos con un canto en los dientes. 

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