Italia

Notables voces masculinas (2)

Jorge Binaghi

viernes, 2 de noviembre de 2018
Milán, domingo, 18 de noviembre de 2018. Teatro alla Scala. Ernani (9 de marzo de 1844, Teatro de La Fenice, Venecia) libreto de F.M. Piave y música de G. Verdi. Puesta en escena: Sven-Eric Bechtolf. Escenografía: Julian Crouch. Vestuario: Kevin Pollard. Intérpretes: Francesco Meli/Angelo Fiero (Ernani), Ailyn Pérez (Elvira), Luca Salsi (Carlo), Ildar Abdrazakov (Silva) y otros. Orquesta y coro (maestro de coro: Bruno Casoni) del Teatro Regio. Dirección: Adám Fischer
Bechtolf: Ernani © Teatro alla Scala, 2018

Me he quedado sorprendido al ver que el título que pensaba para esta crítica ya lo había utilizado para la reseña de la misma obra hace cuatro años en Montecarlo…No siempre ‘bis repetita placent’, como decía Horacio, pero el caso es que ha sucedido lo mismo que entonces, con otras diferencias por lo que hace al espectáculo, la dirección musical y el desempeño de otros cantantes.  

Decía yo entonces (conste que no me gusta citarme ni repetirme): “La reposición del cada vez más raro y siempre difícil título verdiano había concitado la atención de público y especialistas. El resultado fue bueno, pero pudo ser mejor.” ¿Y aquí, qué habría que decir? Si la Scala esperó treinta y seis años para reponer la obra, francamente podría haberlo hecho mucho mejor. 

Varias cosas no se entienden: por empezar la elección del director de escena y el musical. Puede ser que sean o hayan sido frecuentes en Zúrich y Viena, pero eso no es garantía suficiente. Menos para Italia, y menos para la Scala. Si la última vez hubo críticas para la producción de Ronconi y hasta para la Elvira de Freni (que decidió no volver a cantarla porque no se encontraba cómoda, pero vean ustedes el dvd, también para la puesta en escena), si a Ghiaurov Muti lo privó de la discutida cabaletta de su aria, si alguien dijo que Bruson estaba muy bien, pero no tanto, y que Domingo, excelente, no era el de su debut en 1969 en el mismo papel hay que andarse con cuidado. 

Hemos tenido un espectáculo que pretendía ser una especie de cómicos de la legua que en el siglo XIX ponen en escena la obra, de modo que se justifiquen los telones pintados, la recitación exagerada, los vestidos pomposos (el atuendo de Elvira en el último acto, en particular con una especie de peineta que ni Cospedal en sus mejores momentos) y un claro desinterés por la obra. Creo que Hugo (después de todo tras el estreno se produjo la famosa batalla de Hernani, que fue uno de los momentos de oro del romanticismo) y Verdi (que, como Bellini, vio enseguida las posibilidades operísticas del drama) se merecen un respeto. O al menos, si no interesan (aceptado aunque no compartido), que no se pierda el tiempo con ellos ni nos lo hagan perder a los que sí los admiramos. 

Fischer no pudo ser más insensible en su conducción. Si hubieran puesto un metrónomo en el podio el resultado habría sido igual o mejor. Ya en el preludio toda atmósfera de drama quedó aplastada; los cantantes tuvieron que contentarse con seguirlo y eso penalizó los intentos de matices de Meli, Salsi y Abdrazakov que tenían todas las cartas en regla para dar interpretaciones mayúsculas (los dos últimos, además, con ropajes ridículos).

En la función, además, Meli hizo anunciar que cantaría indispuesto, y sólo se notó en alguna contrariedad en el gesto y en un par de pianísimos en el dúo del segundo acto con Elvira (que resolvió luego renunciando a los filados). Al final de ese acto decidió que no podía seguir en esas condiciones comprometiendo las restantes funciones. Llegó su ‘cover’, Angelo Fiore, que, considerando los nervios de la situación y del debut en la Scala, pareció interesante aunque sólo en el último acto pareció dominar del todo su instrumento (hubo también algún comprensible grito del apuntador).

El bajo fue probablemente quien más sobradamente cumplió con la desagradable parte del viejo Silva, vestido de modo inenarrable, pero al menos consiguió que esta vez se ejecutara la dichosa cabaletta ‘Infin che il brando vindice’: Abdrazakov tiene naturalmente una figura y estilo de canto más ‘aristocráticos’ que Salsi, cuyo timbre y gestualidad son ideales para Gérard, pero tal vez algo menos que para un rey más noble que sus nobles. Pero ha enriquecido su gama expresiva de modo indudable.

Interesante por la voz -no por la marcación del personaje, de la que no tiene culpa- también el tenor Matteo Desole en el escudero don Ricardo. Bien el de Silva, Alessandro Spina, y correcta -pese a haberse convertido en una bruja despótica y vaya uno a saber por qué coja- Daria Chernyi (Giovanna, ‘nodriza de Elvira’ según reza el libreto. Vaya con las nodrizas…). 

Último misterio: ¿quién decidió que Pérez podía cantar Elvira? ¿Ella misma o su agente no advirtieron los problemas que podría plantearle? Tras ser protestada el día del estreno al parecer -ésta era la sexta representación- decidió tirar por la calle del medio y, ya que es imposible inventarse un centro o un grave, dio todo -y más- en el agudo. Consiguió algunos aplausos y también algún ‘buh’ que no mereció, pero debería replantearse (ella y quienes la impulsaron a este dislate) que alguien que canta, mejor o peor, con mayor o menor interés (no la considero una cantante de relieve, pero sí una correcta profesional), Mimís, Violettas y Thais (las dos últimas ya me parecen excesivas) no parece ser, a menos de ser superdotada, la voz más indicada para este rol. Si Freni no era ‘la’ voz para el papel, ¿qué habría que decir ahora?

Entretanto, la Scala parece seguir poco interesada por algunas voces que sí podrían haber dado cuenta de la parte. No es novedad, pero los platos rotos los pagan el autor, la obra…y el público. Como en la Finta mozartiana, también mucho público (obviamente más aquí) y reacciones poco entusiastas, salvo algunos bravos aislados para barítono y bajo.

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