Alemania

Curiosa combinación

Maruxa Baliñas y Xoán M. Carreira

lunes, 31 de diciembre de 2018
Frankfurt, sábado, 3 de noviembre de 2018. Oper Frankfurt. Igor Stravinsky, Oedipus Rex. Piotr Ilich Chaicovsqui, Iolanta. Oedipus Rex, ópera oratorio en dos actos (Théâtre Sarah Bernhardt, París, 30.05.1927). Versión revisada de 1948. Libreto de Jean Cocteau basado en la tragedia homónima de Sófocles (429-425 a.C.). Iolanta, ópera lírica en un acto (Teatro Mariinski de San Petersburgo, 18.12.1892). Libreto de Modest I. Chaicovsqui, basado en 'Kong Renés Datter' (1845) de Henrik Herz. Música de Piotr I. Chaicovsqui. Directora escénica, Lydia Steier. Decorados, Barbara Ehnes. 'Oedipux Rex': Peter Marsh (Edipo), Tanja Ariane Baumgartner (Jocasta), Gary Griffiths (Creon), Andreas Bauer Kanabas (Tiresias), y Matthew Swensen (Pastor). 'Iolanta': Asmik Grigorian (Iolanta), Robert Pomakov (Rey René), AJ Glueckert (Conde Vaudémont), Gary Griffiths (Robert), Andreas Bauer Kanabas (Ibn-Hakia), Judita Nagyová (Martha), Elizabeth Reiter (Brigitta), Nina Tarandek (Laura), Magnús Baldvinsson (Bertrand), y Matthew Swensen (Almeric). Coro y extras de la Ópera de Frankfurt. Frankfurt Opern- und Museumsorchester. Dirección musical, Sebastian Weigle.
Steier, Iolanta © Barbara Aumüller, 2018

Curiosa combinación la de unir en una misma representación dos obras aparentemente tan distintas como Oedipus Rex y Iolanta. En la presentación de esta producción, la directora de escena, Lydia Steier, lo explicaba como: "Dos óperas, dos personas que rehusan aceptar su destino: un rey que, en momentos de crisis, debe afrontar el hecho de que ha sido ciego ante la verdad durante muchos años [...] y la hija ciega del rey quien, por orden de su padre, ignora su discapacidad, pero adquiere conocimiento y finalmente es capaz de ver". O sea, ceguera y mentira como dos aspectos de una misma realidad.

Aparte de eso, Steier utiliza el recurso tan evidente pero tan efectivo como que la hija de Edipo, que aparece en varios momentos de la representación, lleve el mismo traje infantil -rosa y bastante hortera- que luego vestirá Iolanta, una adulta a la que se tiene totalmente infantilizada en su mundo irreal. Y lo que en la niña de Edipo era un traje bastante normal, incluso bonito, es totalmente ridículo en el caso de Iolanta, donde no sólo ella lleva el famoso traje, sino que también lo hacen sus criadas y las más de cuatrocientas muñecas, todas iguales en sus estanterías, que constituyen las paredes de su habitación.

Mucho más discutible, y en nuestra opinión errado, es el hecho de que se quiera cerrar el drama transformando totalmente el sentido del final de Iolanta, al que se dotó de una angustia y una dureza que se contradecían totalmente el texto y la música que se estaban cantando. Aquí no hay final feliz, cuando Iolanta vuelve a ver abomina de la luz, el conocimiento, su enamorado y todos los que la han cuidado y amado durante su ceguera, y directamente el final de la ópera se convierte en una especie de 'escena de la locura' de Lucia di Lammermoor especialmente angustiosa. El telón se cierra con el padre de Iolanta suicidándose con un tiro en la boca, usando la misma pistola que en Oedipus Rex había ido pasando de unos a otros y había acabado en las manos de Edipo.

No es que se insinue que Edipo es el rey René, entre otras cosas porque en el oratorio de Stravinsky Edipo se ha quitado los ojos (lo hizo tan agresivamente que Maruxa se mareó) y ha quedado ciego, sino simplemente que se juega todo el tiempo con la idea del amor mentiroso y falso, y de que el desconocimiento de la verdad, del mundo, y especialmente de las propias circunstancias -Edipo no sabe quién es y el conocimiento de que fue adoptado en la infancia y su madre es al tiempo su esposa lo destroza, mientras Iolanta no sólo es ciega sino que además ignora que es hija del rey y prometida en matrimonio a Robert- son herramientas con un enorme poder de angustia y destrucción. De hecho, el pueblo lo ve así, y al igual que en Oedipus este es castigado, también en Iolanta se ve a las criadas y figuras secundarias volverse en contra del rey y especialmente de las niñeras que han mantenido engañada a Iolanta. 

Una vez más Weigle exhibió sus grandes dotes de director concertador, lo que se tradujo en unos cantantes cómodos y centrados en su interpretación, y en la enorme seguridad vocal y dramática del coro. Weigle proyecta el sonido desde el foso sin tapar a los cantantes, ni siquiera en los momentos de gran intensidad dramática, y sabe obtener de su orquesta toda la riqueza armónica, tímbrica y rítmica ofrecida por dos grandes orquestadores como son Chaicovsqui y Stravinsky, cuyos lenguajes está íntimamente relacionados. A destacar el momento final de Iolanta cuando debe combinar el romanticismo escrito por Chaicovsqui y la angustia que requiere la regista.

Vocalmente la gran triunfadora fue Asmik Grigorian, Iolanta, quien hizo una interpretación maravillosa de su papel. Maruxa cree que en unos pocos años puede convertirse en una cantante de primera línea. La voz es bonita, proyecta bien, sabe actuar y sobre todo tiene la capacidad de conmover. Su escena final es francamente agobiante y es ella -incluso más que la regista- quien crea ese agobio. Como además tiene abundancia de bellas melodías especialmente chaicovsquianas (Iolanta se estrenó haciendo doblete con el ballet Cascanueces) pudo mostrar recursos muy variados. 

Peter Marsh (Edipo), la otra gran figura de este curioso doblete, tuvo momentos mejores y peores, en buena medida porque tampoco Stravinsky ni la regista se lo ponen fácil. Su ambigua posición como asesino/dictador y víctima, como hombre cruel y niño abandonado que quiere a su mujer a pesar de la aberración que descubre, lo convierten en una figura ambigua con la que no es fácil empatizar. Musicalmente fue impecable aunque podría haber expresado mejor su ambivalencia. 

Su mujer Jocasta es una de las mezzos habituales de la compañía de Frankfurt: Tanja Ariane Baumgartner. Sin grandes alardes, se convirtió en figura central de la ópera por su profesionalidad: tenía el papel bien preparado y denotaba seguridad, o sea, resultó una de esas cantantes que además de su propio rendimiento contribuyen al rendimiento ajeno y casi cantan mejor cuando están acompañadas que en sus propios solos. 

El resto del elenco de Oedipus cumplió sobradamente con su parte, pero no nos satisfacieron totalmente. Andreas Bauer Kanabas (Tiresias) se parecía más a un Loge dubitativo que a una figura eje del drama, y a veces no se le oía bien en medio del barullo que hacía el entusiasta coro masculino, convertido en una especie de congreso de diputados donde se incluso se insinuaban posiciones políticas en las vestimentas y actitudes. El joven barítono galés Gary Griffiths (Creon) debutaba en la Ópera de Frankfurt y -como Bauer- no llegó a definir totalmente su papel. A Maruxa le gustó más en su intervención como Roberto en Iolanta, breve pero contundente (aparte de que su aria es preciosa y eso siempre ayuda). 

En Iolanta cabe destacar al trío de niñeras -Judita Nagyová (Martha), Elizabeth Reiter (Brigitta), Nina Tarandek (Laura)- tres cantantes de la casa con un amplio rodaje que fueron más que 'secundarias', sobre todo Nagyová. El padre, Robert Pomakov, es un bajo de voz bastante cantable pero un volumen que resultó escaso (aunque esto puede deberse al planteamiento de la ópera). El tenor norteamericano A. J. Glueckert, el Conde Vaudémont que conquista a la inocente Iolanta, hizo muy bien su papel y -como Grigorian y Griffiths- aprovechó la bella música que le confía Chaicovsqui. 

El resultado final es ambivalente, como tantas cosas en esta doble representación. La concepción escénica tiene hallazgos muy logrados pero no acaba de convencer totalmente, especialmente en el caso de Iolanta, donde se cambia tanto el sentido de la ópera y en cierto modo se la somete a Oedipus. Se echaron de menos unos cantantes más brillantes, especialmente en Oedipus, una obra de más difícil audición. Es siempre un placer ver Iolanta, una ópera maravillosa que no acaba de imponerse fuera de Rusia, y que tuvo una protagonista muy buena en Grigorian. Resulta cruel la conclusión general de que el conocimiento lleva a la catástrofe y que mientras se vive en la mentira se es más feliz y el mundo funciona mejor. En resumen, un programa muy interesante que merece una segunda visita a la Ópera de Frankfurt. 

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