Opinión

Las “afinidades electivas” de Isabel Palacios y la Música del Pasado de América

David Coifman

miércoles, 14 de noviembre de 2018
Isabel Palacios © Reportero24.com

El pasado 22 de octubre de 2018 se presentó en la Casa de América (Madrid) la reconocida cantante venezolana Isabel Palacios, fundadora y directora de la Camerata de Caracas, en una conferencia intitulada La música del barroco en América Latina. Cortejo de alabanzas y reverencias. Para la suerte de quienes no pudimos asistir al evento contamos con la grabación que ilustra este reportaje.

Lejos de querer recordar o repetir aquí la amena conversación de la artista venezolana, he creído importante la ocasión para destacar aquello que trasciende a la importante reunión, que puede remontarse incluso a recordar los famosos músicos de nuestro pasado, destacando en mi memoria el tío abuelo de Simón Bolívar, el presbítero y músico venezolano Pedro Palacios y Sojo (1739-99), cuya herencia familiar en el ámbito de las letras, las artes y la música venezolanas es imposible abarcar aquí.

Quienes nacimos en Venezuela recordamos a Isabel Palacios como una importante figura dedicada, en cuerpo y alma, al servicio de la difusión musical iniciada en importantes intervenciones televisas llamadas “clásicos dominicales”. Su principal preocupación educativa, básica necesidad de un rico mundo interior, se centra en trasladar al panorama de lo visual el aspecto más sensible del barroco latinoamericano como lo era (y sigue siendo) su música. Se puede de manera rápida pensar que hablamos de una musicóloga interesada por transcribir la experiencia íntima fijada en el papel pautado en el interés por revivir el efímero universo sonoro de una música barroca que ordena el irascible mundo de las pasiones humanas. Podemos incluso pensar que estamos ante el límite de lo platónico recreado por Athanasius Kircher (1602-80) cuando intentó explicar en estancias las pasiones musicales en su famoso Musurgia universalis (1650); que recuerdan idéntico interés de René Descartes (1596-1650) por visualizarlas de manera visceral en su famoso tratado Las pasiones del alma (1649). Esa experiencia anímica predefinida como “música barroca” que, en el interés por hallar el cuerpo sensible capaz de fijarla en la memoria, termina por alojarse en imágenes de catedrales, iglesias y oratorios. Correspondencias plásticas entre lo barroco visual y las técnicas musicales que se reviven en el pasado sonoro americano de manera visual en lo negro (africano), lo indio (americano) y lo blanco (europeo) como principales ancestros latinoamericanos fusionados en los experimentales géneros del motete y el villancico. Pero Isabel Palacios es mucho más que una amena e instructiva conversación sobre la música de “alabanzas y reverencias” en el Pasado de América.

Cuando en el año 2006, la Fundación Camerata de Caracas invitó a un ameno grupo de intérpretes, musicólogos y críticos a participar en el 5to Festival “La Música del Pasado de América (Caracas, del 23 al 30 de septiembre), su charla inaugural revivía como experiencia personal lo que la artista creía debió tener en mente el conde Giovanni Bardi (1534-1612), —cuyo apellido bien puede aludir al plural de “bardos”— al crear su Camerata Florentina, esa contemplativa Academia donde los músicos interesados en formar parte podían revivir, a través de sus composiciones como las óperas, la paideia de la Antigüedad. El discurso inaugural de Isabel contenía sin embargo una vívida clave personal. Dijo que una vez creado su grupo de instrumentistas y cantantes, comenzó a recibir de entre sus amigos interesados por su Camerata Barroca la música a interpretar, como la centrada en los nuevos descubrimientos de la música colonial americana. Así fue como “recibió” —y esa era la clave— de todos lo confines latinoamericanos y de España la música que ensayó, tocó y grabó en muchas oportunidades hasta constituirse en la colección discográfica conocida como La música del Pasado de América.

La causa platónica que movió su interés y el de sus amigos por revivir en Caracas la Camerata Barroca estaba muy lejos de ser la de un moderno gerente cultural, ni la de un director de orquesta, ni mucho menos la de un “buscador” de tesoros musicales extraviados en archivos prohibidos o desconocidos. Su función como músico, lo dijo claro y alto (quizá demasiado elevado para mentes simples) era disfrutar en la audición de la música que sus amigos le hacían llegar a sus manos para la diversión y gusto de todos los que amaban la música del Pasado de América, creándose por lo mismo un universo paralelo tramado en el sueño compartido por los artistas, escritores, poetas, instrumentistas y musicólogos que unidos así revivían la inmaterial riqueza sonora de la Antigüedad, tal y como lo hacían las contemplativas Academias de Arte en el Renacimiento.

Así fue como, después del evento caraqueño, concerté una cita con la insigne maestra y le ofrecí la posibilidad de grabar, bajo mi curaduría como musicólogo, la música colonial venezolana (dos años antes de ganar por cierto un premio al respecto). Nada de lo que vino después fue, claramente, fácil o sencillo. La posibilidad de hallar un sponsor, como un banco interesado en pagar a los músicos, los ensayos, las grabaciones, las reproducciones en formato digital y las impresiones, constituyó, sin duda, otra de las muchas odiseas homéricas de Isabel Palacios. La artista venezolana tenía, por supuesto también, una innegable afinidad electiva con la música de los compositores asociados con la Escuela de Chacao de Pedro Palacios y Sojo. Porque la música a grabar era, en su inmediata realidad, un destino impuesto de manera genética por su propia historia. Dudarlo habría sido negarse a sí misma, un instante.

Pero mi realidad como musicólogo al respecto fue, en este sentido, muy distinta. La principal razón por la cual la artista venezolana aceptaba mi propuesta se debía (estaba claro) a algo bellamente simple: ningún musicólogo le había propuesto hasta la fecha (2006) grabar la música colonial venezolana. Y es que en los 30 años de vida de la Fundación, su enorme prestigio había impuesto, sin querer, una equivocada distancia a los musicólogos que (y lo he escucha decir reiteradamente) piensan que deben ser ellos los “invitados” por los reconocidos artistas internacionales para que sus hallazgos y descubrimientos sean interpretados. Un fenómeno moderno donde los laureados musicólogos se le sube a tan altas esferas la estima personal (y digo algunos) que llegan a creer que las agrupaciones musicales y sus directores deben gestionarse como “industrias culturales” al servicio de sus intelectuales producciones. Algo que estimamos con mayor claridad en la tácita decisión del músico catalán Jordi Savall de apaciguar también el ego de muchos musicólogos modernos al dejar entrever que las “afinidades electicas” han predominado en la decisiones adscritas a su enrome legado musical de conciertos y grabaciones.

Hoy, cuando digo “afinidades electivas”, recuerdo obviamente a Johann Wolfgang Goethe (1749-1832) —cuyo segundo nombre se lo puso en honor a Mozart— cuando en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela recibía lecciones también del barroco latinoamericano de la magnífica ensayista María Fernanda Palacios, hermana de Isabel Palacios; donde también escuché absorto al poeta venezolano Rafael Cadenas hablarnos de infinidad de temas poéticos; entre los cuales me viene ahora a la memoria su hermoso aforismo “De tanto mirar, vi” que Isabel Palacios pronunció en el 5to festival de La Música del Pasado de América como apertura de uno de sus conciertos para luego exclamar: “¡Pero qué comen lo poetas!” Escritor venezolano que presentó en España, el pasado lunes 22 de octubre de 2018, la antología “No es mi rostro” con ocasión de haber recibido el XXVII Premio Reina Sofía de Poesía iberoamericana en la Universidad de Salamanca por una obra llena de afinidades electivas entre músicos, poetas y artistas de las que nos sentimos orgullosos de haber formado parte.

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