Alemania

Mass, a Theatre Piece for Singer, Dancers and Players. La siempre necesaria lección de Bernstein

Juan Carlos Tellechea

jueves, 15 de noviembre de 2018
Gelsenkirchen, lunes, 8 de octubre de 2018. Musiktheater im Revier Gelsenkirchen (MIR). Grosses Haus. Mass, a Theatre Piece for Singer, Dancers and Players, de Leonard Bernstein (1918 – 1990), basada en el texto de la liturgia de la Iglesia Católica Romana (Rito Tridentino), composición encargada por la viuda del presidente de Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy, Jacqueline Kennedy, y estrenada el 8 de septiembre de 1971 con motivo de la inauguración del John F. Kennedy Center for the Performing Arts, en Washington DC, en inglés (Bernstein y Stephen Schwartz) y en latín, con sobretítulos en alemán. Puesta en escena y coreografía Richard Siegal. Escenografía e iluminación Stefan Mayer. Vestuario Richard Siegal. Dramaturgia Stephan Steinmetz. Sonido Marco Brinkmann. Intérpretes: Henrik Wager (oficiante). Street Chorus. Ballett im Revier. Solistas del Knabenchor der Chorakademie Dortmund. Opernchor und Projektchor des MIR, preparado por Alexander Eberle. Knabenchor der Chorakademie Dortmund, preparado por Jost Salm. Orquesta Neue Philharmonie Westfalen. Director Rasmus Baumann. 100% del aforo.
Leonard Bernstein © Paul de Hueck

Con motivo del centenario del nacimiento del compositor, director y pianista estadounidense Leonard Bernstein (1918 – 1990), el Musiktheater im Revier, de Gelsenkirchen (en pleno corazón de la Cuenca del Ruhr) estrenó el pasado 6 de octubre una nueva producción de Mass, a Theatre Piece for Singer, Dancers and Players entre prolongadas ovaciones y aclamaciones del público. Este opus magnum de Bernstein, de dos horas de duración (sin pausa), muy poco representado, al menos por estas latitudes, hechizó literalmente a la colmada sala.

Mass, estrenada el 8 de septiembre de 1971 para la inauguración oficial del John F. Kennedy Center for the Performing Arts, de Washington DC, fue encargada por Jacqueline Kennedy, viuda del asesinado presidente (del partido Demócrata) de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy.

Tras la Sinfonía número 3 (Kaddish), estrenada por Bernstein el 10 de diciembre de 1963 en Tel Aviv (revisada en 1977), pocas semanas después del magnicidio de Dallas (22 de noviembre de aquel año), fue esta la segunda pieza que el célebre compositor dedicó a Kennedy. La ecléctica composición aúna varias de sus obras más conocidas (verbigracia, los chasquidos de dedos y las palmas de cantantes y bailarines nos retrotraen por algunos instantes a West Side Story, estrenada el 26 de septiembre de 1957 en el Winter Garden Theatre de Nueva York).

Los textos en inglés (Bernstein y Stephen Schwartz) y en latín, según el Rito Tridentino (preconciliar) de la liturgia de la Iglesia Católica Apostólica Romana, rinden homenaje a quien fuera el primer presidente de Estados Unidos de esa fe. En el gigantesco happening, que no un oficio religioso estricto ni un concierto, algunos de sus participantes pierden el control sobre sus actos.

El celebrante (magnífico con su voz baritonal el cantante británico de rock, pop y musicals Henrik Wager, Manchester 1969) reune en su torno a la comunidad de creyentes, incluida la Street People, y juntos celebran algo así como una misa. Pero el acto litúrgico, más parecido a una gran y turbulenta verbena, es interrumpido intermitentemente por profundas crisis existenciales y de fe del oficiante y de los fieles. El coro se divide por ello en dos: el Street Chorus* que cuestiona y el de los fieles que asisten al oficio religioso. Los estilos musicales, desde los cánticos sacros de la Antigüedad hasta los del siglo XX, como el jazz, el soul, el blues, el rock, el expresionismo, el dodecafonismo y los ritmos libres que hicieron famosas a las comedias de Broadway cambian aquí permanente y sucesivamente.

Saltan a la vista las influencias recíprocas que tuvieron estas incursiones en asuntos religiosos en aquellos tiempos. Me viene de inmediato a la mente la evocación de la ópera rock Jesus Christ Superstar del entonces desconocido compositor británico Andrew Lloyd Webber (con textos de su compatriota Tim Rice) cuyo debut se produjo el 12 de octubre de 1971 en el (ya desaparecido) Mark Hellinger Theatre de Nueva York (hoy Times Square Church, en la 237 West 51st Street), casi cinco semanas después del estreno de Mass en el John F. Kennedy-Center.

La obra sobre los siete últimos días de Jesús de Nazaret, según los relatos evangélicos, ya era muy conocida a través del exitoso álbum conceptual grabado por Ian Gillan (Jesús) Murray Head (Judas) e Yvonne Elliman (María Magdalena) en 1970 (primer puesto en Billboard y dos nominaciones a los Grammy) antes de subir a cartel en la Great White Way de Midtown Manhattan. El estilo que desarrolló Lloyd Weber en este registro fonográfico fue muy diferente al que posteriormente llevó al teatro, entre otros aspectos clave, por los arreglos que con varias capas de sonido combinaban esos elementos de rock con otros más clásicos.

Mass, cuyo título se ha prestado más de una vez a confusión (puede traducirse como misa o como masa, aglomeración de personas), polarizando a la opinión pública en reiteradas oportunidades, destila también profundo humanismo en su anhelo por promover la paz y los cambios en la sociedad. Apoyada en una misa católica, esta colorida mezcla de oratorio, ópera y comedia musical parecería hoy más bien un ajuste de cuentas de alta política con los Fake News y la Fake Life de la hostil era Donald Trump. Decenios atrás fue muy apreciada en el Establishment estadounidense antes de que las mentiras y la hipocresía quedaran punidas por la realidad.

En aquel entonces la sociedad vivía profundas convulsiones. Los asesinatos de Kennedy y de Martin Luther King, la sangrienta Guerra de Vietnam (que marcó para siempre a Estados Unidos, que duda cabe), la controvertida figura del presidente (Republicano) Richard Nixon (el único, por ahora, en dimitir de su cargo en la historia de ese país) y el escándalo de espionaje en el edificio Watergate, sede del partido Demócrata a comienzos de la década de 1970, conmocionaron tan hondamente a Bernstein que lo llevaron a respaldar y poner a discusión, entre el escepticismo y el sigilo, una postura anti Establishment.

Si bien en circunstancias muy diferentes, en 2018 el mensaje de paz de esta obra es más actual que nunca. La liturgia muestra aquí de forma alegórica la crisis que embarga a la enferma sociedad estadounidense (llevado a creer mesiánicamente en una presidencia como la de Trump, tal vez muy bien merecida). La asamblea de fieles indaga con creciente insistencia sobre el sentido y el contenido del ritual, formula cuestiones candentes y coteja experiencias, dudas y contradicciones acumuladas hasta entonces. El oficiante es constantemente desafiado a adoptar decisiones y al final sucumben tanto él como su aureola. El servicio religioso parece distanciarse de Dios y no querer aproximarse a Él. (Probablemente al sabio Creador del Universo le tienen sin cuidado las majaderas e inconducentes polémicas religiosas, cruentas o no, de la Humanidad y es Él, en realidad, quien guarda distancia a buen recaudo de ellas).

El sonido (Marco Brinkmann) desempeña aquí un papel decisivo en el disfrute acústico de la representación. Debido a los vertiginosos cambios que demanda la partitura, entre los sonidos naturales y los electrónicos, los diferentes pasajes parecen a primera vista poco armoniosos o equilibrados y no muy aptos para una pieza teatral. Esto es válido tanto para los músicos de la Neue Philharmonie Westfalen, como para el quinteto de jazz-rock que ocupa el ala derecha del escenario, así como para los coros (de la ópera del MIR y de niños de la Chorakademie de Dortmund) y los solistas (también de esta última institución mencionada). En total, se mueven en diferentes momentos unas 180 personas en esta puesta en escena que subraya la habilidad de Bernstein para teatralizar eficazmente un tema con tintes tan espirituales, pese a los límites y las maliciosas perfidias en la materia.

Pero el director musical Rasmus Baumann trabaja muy bien, con claridad y puntillosidad para mantener unida, balanceada y bien organizada a esta erupción sonora y transmitir el amplio espectro de llamaradas ígneas escritas por Bernstein, desde las que fluyen suavemente hasta las rítmicamente más alocadas y sincopadas. El resultado es de sobresaliente calidad. No en vano, este teatro de la Cuenca del Ruhr es desde hace decenios un crisol de talentos musicales y aquí tuvieron (y tienen) lugar algunos históricos estrenos mundiales.

La espectacular puesta del coreógrafo (y bailarín) estadounidense Richard Siegal (también vestuario) es excelente. Los protagonistas y el conjunto de bailarines del Ballett im Revier* brillan literalmente sobre el escenario. Son masas de intérpretes que se mueven ante el público, como en una reposición de la danza alrededor de la escultura del becerro de oro, de la que da cuenta el libro del Éxodo (32, 1-14). sobre los hebreos que huyeron de Egipto rumbo a Canaán, en el Antiguo Testamento, hace unos cuatro mil años. Cada uno se ocupa de lo suyo y lo hace con gran entrega, dedicación y afán perfeccionista. El ballet moderno alcanza (por lógica deformación profesional de Siegal) un nivel relativo preeminente, de modo que el trasfondo espiritual se diluye un poco. Otro tanto ocurre con la intención de Bernstein de alcanzar un gigantesco espacio, uniendo gradualmente el escenario con el recinto de los espectadores.

La escenografía de Stefan Mayer (asimismo iluminación) es una gigantesca construcción de madera que en un santiamén (propiamente dicho) se convierte en lugar de reunión de los fieles. tanto para oir misa como para recibir los sermones del celebrante o para bailar. Hay muchísima acción y gran expresividad sobre tablas.

Si bien la situación hace cinco décadas en Estados Unidos era bastante diferente a la de hoy, en cuanto a temas, urgencias y miedos, sería de ciegos no ver que el populismo, la radicalización, el nacionalismo, el auge del racismo y del antisemitismo, la polarización con tintes religiosos e ideológicos que presencia hoy el mundo en ese gran país de América del Norte es consecuencia directa del hastío político y de aquellas circunstancias nunca bien resueltas. La obra nos lleva a una profunda reflexión en una Europa que adolece de parecidos problemas, para cuyo enfrentamiento las élites evidencian un gran pauperismo de nuevas ideas. El mensaje final de Bernstein de que todo será para mejor si rezamos (lauda, lauda, laude), como en la Edad Media, se queda bastante corto ante una ciudadanía que busca reformas sociales, que pide ser oída, considerada y no olvidada, y que emite constantemente desesperados llamados de atención a sus gobernantes de turno que los ignoran.

Notas

Street Chorus: Paul Calderone, Tobias Glagau, Khanyiso Gwenxane, Michael Heine, Almuth Herbst, Lina Hoffmann, Martin Homrich, Bele Kumberger, Dongmin Lee, John Lim, Joachim G. Maaß, Urban Malmberg, Boshana Milkov, Noriko Ogawa-Yatake, Petro Ostapenko, Christa Platzer, Piotr Prochera, Jiyuan Qiu, Sebastian Schiller, Petra Schmidt, Anke Sieloff, Ruud van Overdijk, Shixuan Wei

Ballett im Revier: Francesca Berruto, Paul Calderone, Sarah-Lee Chapman, Carlos Contreras, Valentin Juteau, Hitomi Kuhara, Mason Manning, Louiz Rodrigues, Lucia Solari, Ledian Soto, José Urrutia, Tessa Vanheusden, Bridget Zehr, Sara Zinna

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