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Esencias

Daniel Martínez Babiloni

martes, 20 de noviembre de 2018
Égloga. New flamenco for clarinets and voice. Pere Martínez, cantaor. Barcelona Clarinet Players: Manuel Martínez Mínguez, Javier Vilaplana González, Martí Guasteví Olives y Alejandro Castillo Vega. Enric Palomar: El maleficio de la mariposa, Égloga, Epigramas nazaríes, Café de Chinitas, Sevillanas del siglo XVIII y Los reyes de la barja. Satélite K 2018. Duración: 59’00’’

Dicen sus exégetas que “El flamenco es una cosa muy seria”. No seré yo quien lo niegue. Tampoco, los Barcelona Clarinet Players (BCP) que se adentran en él con mucha formalidad. Su tercer disco aparece cuando aún pende en el aire la polvareda que han levantado algunas actuaciones de la Bienal de Flamenco de Sevilla. La que más, la de Niño de Elche. Lo cual era de esperar, ya que su deriva es libertaria e inclasificable, y eso estorba. De Rosalía han dicho que sí, es flamenca: “No molesta”. No obstante, otros colectivos la han acusado de apropiarse de una cultura que no es la suya. Como si ésta, la cultura, tuviera número de registro en la oficina de patentes y marcas. Clausuró el certamen Dorantes, un pianista flamenco de sangre y cuna, capaz de mantener “la esencia más allá del canon” con un arte conceptual lindante con el jazz. ¿No es una contradicción? Y precisamente, del tarro de las esencias, que no de los esencialismos, se nutre esta propuesta que comentamos.  

Decíamos que el cuarteto llega al flamenco de la mano de Enric Palomar (1964), compositor catalán afincado en Berlín. Los clarinetistas subtitulan su trabajo: new flamenco for clarinets and voice. Un eslogan resbaladizo, pues no es tal. Me explico. La paleta de Palomar es caleidoscópica, como los barceloneses. Ha tocado diferentes palos: música contemporánea, jazz y pop, pero desde hace mucho tiempo investiga sobre el trasvase de los elementos del flamenco a la música clásica. Dice que aprendió mucho al transcribir al dictado toques de Paco de Lucía, especialmente del álbum Siroco (1987). Enrique Morente es uno de sus referentes. Le dedicó Réquiem por el cantaor de los poetas (2017), con textos de Santiago Auserón y colaboración de Pere Martínez, del Taller de Músics. Uno de los mayores éxitos de Miguel Poveda se debe a su obra Poemas del exilio, para cantaor y orquesta de cámara (2003). Y según explica el autor,  este trabajo en común con el solista genera un vínculo que enriquece tanto a quien compone como a quien canta.  

El citado Réquiem fue dirigido por Josep Caballé Doménech, y dijo de Palomar que se halla “un paso más allá de Falla”. Es decir, se sitúa, con las posibilidades que el lenguaje contemporáneo ofrece, en la senda de sublimar la música de raigambre como lo hiciera aquel. Así lo señalaba el gaditano justo hace un siglo: lo interesante es sustanciar la tradición, no citarla o imitarla. No seguirla al pie de la letra, sino atender al espíritu de esa letra (“Nuestra música”. Música, N.º 2, Madrid, junio de 1917). Es la llamada tercera vía de asimilación del folclore que a compositores como Béla Bartók, o Joan Guinjoan y Mauricio Sotelo, en nuestro caso, les ha llevado a renovar el lenguaje musical. 

En la obra de Palomar ese entronque es doble. Por una parte, estudia el flamenco para poder aprehenderlo desde una primigenia “desnudez de conocimiento” y por otra, relee lo que de él han dicho Falla, Granados o Turina. Después, manipula esta herencia atemporal y la dota de energía renovada. La que caracteriza al cuarteto, pues vitalidad es lo que destila el vertiginoso inicio de El maleficio de la mariposa, un homenaje a la primera obra de Federico García Lorca fracasada en 1919. Una pieza cambiante, divertida, a veces burlona y siempre sensible; deliciosa ilustración sonora.  

Continúa Égloga, una suite en seis movimientos en la que, como otras veces, Palomar encuentra su fuerza motriz en la literatura. Con versos de varios sonetos y dos de las Églogas de Garcilaso arma un trágico canto al amor, lleno de ayes y quejíos. La sigilosa “Introducción” da voz, sorpresivamente, al pastor Salicio. “Tiento” es de carácter narrativo y lamentoso. Una bulliciosa y vivaz “Bulería” llama al carpe diem (Soneto XXIII). Le sucede un contemplativo “Chorale” sobre el Soneto V (Escrito está en mi alma vuestro gesto), combinado con la Égloga I. “Cortejo y llanto” muestra a unas atareadas ninfas (Soneto XI) hasta que el poeta/músico cae en la locura y el dolor más profundo (Soneto XXXVI), una escena descrita profusamente con trazo tortuoso y virtuosa interpretación. El “Finale”  vuelve al Soneto V para exclamar: "Yo no nací sino para quereros".  

La exigencia de esta partitura a músicos y cantaor es máxima. En el resultado se percibe la pulcritud de todos ellos. En el cante, Martínez ha de emplear una amplitud de recursos que van desde los quiebros, melismas y prosodia flamenca a amplios saltos interválicos y falsete contemporáneos, con lo que el compositor equipara lo popular y lo culto. Lo mismo sucede en las tres canciones tantas veces reinstrumentadas y tan acertadas aquí en su expresión: Café de Chinitas, Sevillanas del siglo XVIII y Los reyes de la baraja. Por el contrario, Epigramas Nazaríes no tiene canto. Son nueve miniaturas que sonorizan otros tantos aforismos tallados en las paredes de La Alhambra. Breves pensamientos, al modo de los Preludios chopinianos, sobre valores humanísticos universales de los cuales no se da ninguna pista. Es el oyente quien los debe reinterpretar en una escucha subjetiva. Eso sí, no cabe duda de cuál es la esencia de todo esto: el “Epigrama 4” está construido sobre una célula de “En el Generalife”. El Poco calmo del primer movimiento de las Noches en los jardines de España.  

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