España - Valencia

10 años después, todo igual salvo algunas cosas

Rafael Díaz Gómez

martes, 20 de noviembre de 2018
Valencia, sábado, 20 de octubre de 2018. Palau de les Arts. Giacomo Puccini y Franco Alfano: Turandot, drama lírico en tres actos. Libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni a partir de la obra homónima de Carlo Gozzi. Estreno: Milán, Teatro alla Scala, 25 de abril de 1926. Dirección escénica: Chen Kaige (Allex Aguilera, encargado de la reposición). Escenografía: Liu King. Vestuario: Chen Tong Xun. Iluminación: Albert Faura. Rebeka Lokar (Turandot), Marco Berti (Calaf), Miren Urbieta-Vega (Liu), Abramo Rosalen (Timur), Damián del Castillo (Ping), Valentino Buzza (Pang), Pablo García López (Pong), Javier Agulló (Altoum / Voz del Príncipe de Persia), César Méndez (Mandarín), Carmen Avivar, Mónica Bueno (doncellas). Cor de la Generalitat Valenciana. Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Alpesh Chauhan.
Rebeka Lokar © 2018 by Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

Cuarta vez que sube al escenario de Les Arts esta producción. Lo hace ahora dentro de lo que el teatro del cauce del Turia considera como pretemporada (hasta diciembre, con La flauta mágica, no comenzará oficialmente el curso) y ofrece a unos precios muy asequibles que sin duda ayudan a llenar el aforo en todas las representaciones. Desde un punto de vista egoísta, lo mejor de haber comentado ya en dos ocasiones esta puesta en nuestra revista (2008 y 2009) es que la ficha de la función prácticamente la tiene uno hecha. También que se puede remitir a los comentarios vertidos entonces sobre los aspectos escénicos de la versión. Sin embargo, lo peor viene del mismo modo por ahí. Y es que, qué quieren que les diga, en esta última década ha devenido uno menos machito (me estoy refiriendo a la articulación de ciertos resortes del pensamiento, obviamente, y no a los cuerpo, que esos lo que están es más marchitos). Reconozco que durante esta etapa he sido ganado para la causa feminista y, aunque falible, alerta. Así advierto ahora que pese a que en el personaje de Turandot nunca he visto a la mujer frígida necesitada de varón ardiente que le enseñe cómo son las cosas buenas de verdad (algo que algún comunicador de relumbrón todavía se acerca a sostener entre la concurrencia televisiva), sí que me he dejado seducir más por la idea de la mujer fatal que por la de la mujer empoderada (¡mucho más peligrosa desde el punto de vista masculino, dónde va a parar!).

No es probable que Puccini fuera un feminista nato. Lo que sí que parece claro es que en el final de su última y por desgracia incompleta ópera se había metido en un jardín del que le resultaba difícil salir de una forma psicológicamente coherente (o al menos verosímil). Juntar enamorados a Turandot y a Calaf, y más después de cómo se recrea en la muerte de Liu (ese color morado con el que en parte se la viste en esta producción desconozco si tendrá algún significado en la cultura china, pero desde luego en nuestro ámbito cultural choca en un personaje tan sumiso), era un reto que de no haber sido por el cáncer podía haber llevado a Puccini a optar por cualquier camino, desde el mismo abandono de la obra (¿no era acaso todo un anacronismo una ópera de rescate, que otra cosa no es la historia de Turandot, en la tercera década del siglo XX?) hasta la reafirmación soberana e independiente de la protagonista.

Alfano, no obstante los recelos de Puccini, cerró según la idea expuesta en el libreto, con lo que finalmente esas dudas que paralizaban al compositor de Lucca se extienden como una fatalidad a directores de escena e intérpretes musicales. Y a este respecto, la pregunta de la que parte Chen Kaige, es decir, por qué Turandot actúa de la forma en la que lo hace, se articula más en torno a indagar en la Turandot previa a su “conversión” que en la posterior, lo cual no deja de ser una visión muy masculina, obviando la posibilidad de que el problema puede estribar tanto en por qué la princesa rechaza el amor (o, con más propiedad, el matrimonio), algo que por otra parte ella misma explica con vigorosas razones, sino en por qué lo acepta (aquiescencia del hecho de ser rescatada incluso contra su voluntad) y más viniendo ese amor de un cantamañanas como Calaf.

En esa complicada resolución del dilema, una de las elecciones posibles está en humanizar (eufemismo quizás de desempoderar) a la protagonista. Chen Kaige, cuya propuesta no ha perdido vistosidad con los años, lo intenta no sólo haciendo que ella aparezca en escena cuando no es preciso o con unos vestidos cálidos que hacen entender que no es tan de hielo, sino obligándole a compartir espacio próximo con el coro (¿aunque acaso por simples razones de falta de holgura escénica?).

Pero de todas formas, es la música sobre la que recae la mayor responsabilidad en ese sentido. Jennifer Wilson, que como demostró en Les Arts con su excelente Brunilda en la Tetralogía de Mehta y La Fura, sabe bien cómo renunciar a su potestad sin abdicar de la voz. Por eso se esperaba mucho de ella en su nueva presentación en Valencia en el rol de Turandot. Sin embargo, su comparecencia se limitó a la función de estreno. El teatro poco después publicó que por problemas médicos la soprano estadounidense debía abandonar las funciones y a la vez anunciaba que la eslovena Rebeka Lokar sería su sustituta. No puedo juzgar lo que no escuché, así que me limitaré a señalar que las críticas del estreno coinciden en hablar de una Wilson vocalmente mermada. Al parecer llevaba tiempo sin subirse a un escenario y su madre había fallecido hacía un par de semanas, lo que a la fuerza ha de influirte por muy profesional que seas. Ahora resulta fácil exponer que, de existir, habría sido preferible percatarse del problema antes de la primera representación y haberlo frenado ahí. Pero no es menos cierto que Jennifer Wilson ha ofrecido veladas memorables en Les Arts y que la posibilidad de la recuperación no podía dejar de contemplarse con esperanza.

No pudo ser y el relevo lo cogió Rebeka Lokar, que fue una digna princesa. Administró su canto con inteligencia, quizás sin arriesgar demasiado pero también sin desfallecer, y adecuó su timbre más poroso de lo deseable y su emisión algo oscilante a un fraseo a la postre coherente con el que le supo conferir un orgullo contenido al personaje. Por fortuna no abusó de la potencia, que la tiene, y no compuso una de esas Turandot a las que rogarías que te cortara cuanto antes la cabeza con tal de salvaguardar tus tímpanos. Y desde luego algo tuvo que fingir para dejarse seducir por el desigual Calaf de Marco Berti, quien ya se ocupara del personaje en las representaciones de 2008 y 2009, y que no parece haber mejorado desde entonces ni su técnica ni su musicalidad (por no hablar de su capacidad actoral) y eso pese a que continúa poseyendo unas facultades naturales envidiables. Ninguno de los dos protagonistas se llevó la ovación de gala al final de la representación (tampoco se les aplaudió durante la misma, ni siquiera tras el Nessum dorma), porque esta fue para la Liu de Miren Urbieta-Vega, quien resolvió con gusto, matices y suficientes gradaciones la línea de su gratificante papel, que ya le valió en 2015 el Premio a la Cantante Revelación en los premios Líricos Teatro Campoamor de esa edición.

Abramo Rosalen por su parte fue un Timur comprometido (arrojado) en la demostración pública de la ley de la gravedad (¡vaya forma de caerse!) y aunque sin que se le pudiera reprochar nada, algo más de rotunda gravedad se añoró en su voz. Damián del Castillo (Ping), Valentino Buzza (Pang) y Pablo García López (Pong) cumplieron con escrupuloso y funcionarial desempeño, mientras que Javier Agulló fue un Altoum poco imperial y César Méndez un Mandarín que acaso estuviera pensando en la Wilson.

Los dos coros, el de la Generalitat y la Escolanía, cantaron bien, que es lo suyo, frescos tras el verano y, de momento, el primero sin hacer patentes los conflictos que se anunciaban al final de la temporada pasada. Y la orquesta (junto con los coros, lo más vitoreado por el público), un tanto ligera, no sé si no del todo seducida por Alpesh Chauhan, que se conoce que intentó realizar una versión audaz pero que pecó en ocasiones de imprudente. Creo que no acertó con el impulso inicial, ese genial pistoletazo de salida, y que se le descuadró el edificio hasta que no mandó reposar a sus operarios. Contrastaron mucho los tiempos en el primer acto, quizás en exceso. Su discurso fue más congruente en los dos actos siguientes, logrando balancear mejor la opulencia tímbrica y el fluir discursivo. Chauhan es joven y tiene proyección. Veremos si en diez años cumple lo que promete.

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