España - Valencia

Melusina y el alquimista

Rafael Díaz Gómez

viernes, 23 de noviembre de 2018
Valencia, martes, 13 de noviembre de 2018. Palau de la Música, Sala Iturbi. L. von Beethoven: Concierto para violín en re mayor, op. 61. G. Mahler: Sinfonía nº 4 en sol mayor. Vilde Frang, violín. Miah Persson, soprano. Orquesta Filarmónica de Luxemburgo. Gustavo Gimeno, director
Gustavo Gimeno © 2018 by Palau de la música

En 1983, un año antes de que Vilde Frang se asomara por primera vez al mundo (le dio por hacerlo en Noruega), el dúo británico Eurythmics presentó la surrealista versión en vídeo de su enorme pelotazo Sweet Dreams (A Made of This). A pocas canas que peinen ustedes, seguro que recuerdan que en él una vaca se paseaba por una sala de juntas y después una sala de juntas se trasladaba a un prado poblado de vacas. Pues precisamente esas imágenes acudieron a mi mente mientras escuchaba la interpretación del concierto beethoveniano de esta velada en el Palau. Pero transformadas para la ocasión. Del impertérrito David Allan Stewart hacía Gustavo Gimeno y de Annie Lennox la melusiniana Vilde Frang. No había vacas, si acaso unicornios.

¿Por qué así? Supongo que por el contraste entre el mundo ejecutivo (Gimeno) y el mundo arcádico (Frang). Contraste, me apresuro a aclarar, más aparente que real, o, quizás mejor, menos real según avanzaba el tiempo. Vayamos por partes. Gustavo Gimeno, por su austeridad gestual, por su estricta y estática perpendicularidad al suelo, por el vuelo discreto de sus manos, podría equipararse a un directivo o alto funcionario consagrado a sacar el máximo beneficio de una empresa desde la sujeción a unas normas básicas y precisas. Vilde Frang, por su parte, parece recostarse en su Jean-Baptiste Vuillaume de 1864, que, de pronto, pasa a ser tu almohada y te susurra no preceptos, sino poesía: los versos de siempre pero como nadie te los había contado antes.

En un comienzo choca esa disparidad de supuestas predisposiciones. Poco después adviertes que la orquesta se esfuerza en adaptarse al sonido dulce del violín. Y lo mejor es que casi siempre lo consigue. Gimeno pertenece a la estirpe de directores parcos de ademán pero muy decidores. Frang musita más que dice, pero con una gradación de matices sorprendente en el arrullo. Y con un legato que canta hasta en los silencios (el Larghetto fue tejido con un único y mágico hilo). Es un violín que se proyecta de tal forma que convence de que en el fondo de la sala ha de adquirir la misma presencia que en primera fila. Una presencia cálida, íntima, magnética. ¿Es posible un concierto para violín de Beethoven cuyo virtuosismo sea más implosivo que explosivo? Absolutamente. Y así quedó demostrado en esta velada.

Quizás al público le resultó demasiado poco dramática la propuesta, con lo que el aplauso me pareció más cortés que arrebatado (se repitió esta impresión en la segunda parte). Quizás también se explique entonces (como una sutil venganza) que Frang ofreciera de propina el arreglo de Kreisler del himno imperial austríaco (Haydn), que al menos sirvió para que se luciera en todo el esplendor de las voces intermedias.

Algo que Gimeno también fue capaz de mostrar en la Cuarta de Mahler. El corte para hacerlo no fue vertical, sino horizontal. Es decir, abrió en canal con un bisturí la partitura desde el primer al último compás y nos mostró de qué estaba hecha por dentro, es decir, de falsa ingenuidad y de mala leche, ambas subordinadas al emporio del timbre. La orquesta, que con el mismo director, su titular, lanzó a comienzos de año la obra al mercado del disco (Pentatone), evidenció seguridad ante los desafíos dispuestos por Mahler y rindió a un extraordinario nivel (mención especial para el concertino y los primeros trompa y oboe), con un leve desfallecimiento, si acaso, poco antes de acabar el tercer movimiento. El tiempo fue manejado a voluntad, casi suspendido en ocasiones, levemente ansioso en otros. La luz iluminó recovecos que en otras versiones no tienen color. Miah Persson fue una soprano que sufrió un punto en los graves pero que en general expuso con rigor y naturalidad. Por entonces ya teníamos claro que Gimeno, el economizador, tenía secretos de alquimista. Si los dejó ir con el arpa que marcha no quiero saber adónde con el que acaba la sinfonía, ya lo veremos en sucesivas ocasiones. De momento nos dejó respirar el silencio inmediato al final de la obra (¡por fin respetado!). Y aquí seguimos, disfrutándolo.

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