Reportajes

Una noche romántica en el Auditorio Nacional

Irene García Cañedo

jueves, 22 de noviembre de 2018
Viana y Orozco-Estrada © 2018 by Juan de la Fuente

La Escuela Superior de Música Reina Sofía ofreció el pasado miércoles, 14 de noviembre, su Concierto Inaugural del Curso 2018-2019 en el Auditorio Nacional de Música de Madrid. Este concierto tiene ya una larga tradición y, para la ocasión, la Escuela invitó al maestro colombiano Andrés Orozco-Estrada, el prestigioso director internacional, que se puso al frente de la Orquesta Sinfónica Freixenet de la Escuela Reina Sofía. La agrupación ofreció sus versiones de la Séptima Sinfonía de Beethoven y del Concierto de violonchelo de Dvořák, interpretado por uno de los alumnos de la Escuela, Alejandro Viana.

Al comienzo de la velada, un aplauso calmado recibió a la primera violinista, una cara joven más en una agrupación de tierna edad pero de rostros serios, concentrados en las dos horas que venían a continuación. Otro aplauso recibió al violonchelista, Alejandro Viana, y, detrás de él, al maestro Andrés Orozco-Estrada.

Andrés Orozco-Estrada nació en Medellín (Colombia) y se formó en Viena. Es director titular de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Fráncfort, director musical de la Sinfónica de Houston y director principal invitado de la Orquesta Filarmónica de Londres. Por su parte, Alejando Viana, con solo 22 años, ya ha actuado como solista con la Orquesta de Cámara Andrés Segovia, la Orquesta de Solistas de Zagrev (Croacia) y la Orquesta Sinfónica de Liepāja (Letonia). Desde el 2014, estudia en la Escuela Reina Sofía, en la Cátedra de Violonchelo, bajo la tutela de Ivan Monighetti, y ha obtenido el Diploma de alumno más sobresaliente de su cátedra en los cursos 2015-2016 y 2016-2017.

Orozco-Estrada ha declarado que para él, “ha sido un honor y un placer compartir esta experiencia con todos esos jóvenes talentos”. De su visita, destaca la palabra “calidez”, por “la disciplina y la entrega que sale del alma”. El maestro concluye: “Tiene que ver con el trato de respeto que hay en la Escuela. No es menos importante hacer buenas personas, es nuestra labor. Ha sido un honor compartir la humanidad en este repertorio, con un solista y una orquesta maravillosos”.

El inicio del Concierto para violonchelo y orquesta en si menor, op. 104 de Dvořák rompió el silencio del auditorio de manera emocionante, con los clarinetes como protagonistas. El tema principal pasaba de una familia a otra como si la orquesta fuera un organismo vivo, que respirase, gracias al excelente uso de las dinámicas y la energía del director. La calma que siguió al tutti inicial fue reconfortante, con las melodías en los violines y las flautas recreando el tema principal. Mientras los vientos interpretaban un amable y cálido solo, el cellista no perdió de vista ni un instante la batuta del director, con pura admiración y concentración en su mirada, preparándose para su entrada. Su solo empezó de manera abrupta, destacando en sus cuerdas dobles y en la digitación de las notas agudas, con la orquesta en un segundo plano, ejerciendo de colchón musical. Quizás en este momento inicial le traicionó la rigidez de su cuerpo, que poco a poco, a medida que avanzó el concierto, se transformó en un tímido baile con su instrumento. Con el cello haciendo eco del solo que anteriormente había tocado la trompeta, el auditorio se sumió en un pianísimo maravilloso, la orquesta sumando a las notas agudísimas del violoncello y su timbre vibrante.

 

La orquesta fue enérgica a la vuelta al tema principal con el tutti, que preparaba el terreno para un nuevo solo de cello y flauta. Durante el cual, el cello se lució con sus bariolages y el flautista realizó una interpretación llena de sentimiento. Un pianísimo emocionante dio paso al puente del cello. Dobles notas y escalas ascendentes y descendentes que construyeron la entrada final del tutti con el tema principal, los vientos metales y los violines llenando el auditorio. Un par de repeticiones más de este solo, con los toques de virtuosismo necesario para su interpretación y con una orquesta en perfecta sintonía con el solista, que hicieron que el público se saltase las formas tras la coda y rompiera en aplausos y vítores ante este despliegue de energía y sentimiento.

El Adagio dio comienzo con los vientos madera, que establecieron desde el principio una estructura de pregunta respuesta con el cello. Un inicio calmado que fue construyendo la profunda y enérgica entrada del tutti. El cello, más relajado, hizo disfrutar al público de su diálogo con las flautas, los violines. El maestro, a estas alturas, ya había dejado su batuta para dirigir esta conversación orgánica y emocionante con su cuerpo, con sus manos. Un último solo a doble cuerda, al que compases más tarde se unió el increíble flautista, y la articulación y las dinámicas transportaron al oyente al pianísimo de la coda, con un cello que cantaba bonito y una cuerda que hacía de perfecto colchón.

Esta vez sin interrupción, llegó el Finale: Allegro Moderato. La vuelta de la orquesta destacó por el ritmo y la energía, y por un nuevo instrumento, el estridente triángulo. Durante un tema principal que recordaba al oleaje y a una tormenta en el mar, el cello fue el que aportó la calma y la articulación para cambiar esta tónica, acercándose a los tonos mayores y brillantes por momentos. Volvió la pregunta respuesta entre clarinete y cello, en un remanso de paz que prometía una ruptura enérgica como el comienzo. Así fue demostrándolo el cello, con un nuevo puente con tintes de virtuosismo. El tutti llegó como prometía, con los violines como protagonistas y el cello, una antítesis al tutti, con su imperturbable calma. Tras una pregunta respuesta entre flauta y cello, brillantes ambos, por fin, pudimos escuchar un enfrentamiento alegre entre solista y concertino, en dinámica ascendente y con la cuerda tocando en pizzicato, anunciando lo que venía a continuación. El cellista, que había empezado la interpretación del concierto transmitiendo poco, a estas alturas, su interpretación se había relajado hasta el punto que ya se podía ver ese tímido baile con su violoncello. El remanso del tutti, cortesía de Dvořák fue engañoso y recordaba a una épica coda. Sin embargo, tenía su resolución en una escala ascendente y brillante, enérgica, que consiguió que el público rompiera en aplausos durante más de cinco minutos, hacia el solista, la orquesta y el director, que había conseguido que nos transportásemos a otro lugar, haciéndonos olvidar que la orquesta que teníamos ante nosotros era de jóvenes estudiantes.

 

Tras un descanso de veinte minutos, necesario para asimilar la música anterior, y un cambio de concertina, Andrés Orozco-Estrada volvió al escenario para la siguiente interpretación, la Sinfonía número 7 de Beethoven en la mayor, op.92.

Rítmico desde el comienzo, favorecido por los cambios de dinámica, el maestro bailaba sobre su peana, dando paso a las diferentes familias. Tras la energía del anterior concierto, se echaban de menos algunos instrumentos de viento metal. Un nuevo flautista era el encargado, esta vez, de los solos. Brillante, como lo había sido el anterior en el concierto para violoncello y orquesta.

Recordaba a una marcha, por su ritmo constante y muy marcado que subyacía como un motor en el tema principal, interpretado por los cellos y los contrabajos. En esta pieza, se pudo apreciar la perfecta integración entre orquesta y director. El director, durante este final hipnotizaba con su baile interno y sus movimientos. Muy buen trabajo de los violines, incluso como espectáculo visual. El trabajo de la cuerda, fue muy notable, dado que en la anterior obra habían pasado casi desapercibidos. La primera violinista era mucho más expresiva que la primera, una pequeña diferencia en la manera de sentir la música, al margen de la corrección.

En el inicio del Allegretto, los cellos se lucieron con un tremendo piano. El tema principal se va cociendo según se van sumando nuevos instrumentos, las violas, los segundos violines y los primeros. El crescendo de los violines fue fruto de una perfecta transición, acompañada por el baile del maestro en su púlpito. La entrada de los vientos y la percusión fue tan épica como lo marca la partitura, y la articulación de la orquesta en conjunto fue magnífica, incluso con el ritmo inherente de la obra amenazando con romper los fraseos. La melodía en el viento y el pizzicato de la cuerda transportaron de una parte de la obra a la siguiente vuelta del tema principal. Es sin duda, una pieza que te mueve por dentro, como un hilo que tira del espectador y lo lleva de una variación a otra. La partitura no deja entrever lo que viene a continuación ni por dónde va a salir la resolución a coda. Quizás lo más desilusionante de este movimiento es su final agridulce, para nada tan espectacular como otros ya escuchados en la misma velada. Si se le suma el coro de toses que llegó a continuación, un poco desagradable.

El Presto fue agitado desde el principio, alegre, fruto de ese ritmo que ya no se oculta como en el Vivace. De la interpretación, complicada, de este movimiento, se infería el entendimiento interno de la orquesta.

Nada más empezar el Finale, Allegro con brio, la orquesta comenzó a destacar la peculiaridad que caracteriza a este movimiento, sus acentos desplazados. Una marcha triunfal, más breve que las anteriores, que lleva hacia el final como en un trote a caballo, y demostró la genialidad del director, con peso, carácter, liderazgo y mucho movimiento. Un trabajo divertido y ágil que se convirtió en un final épico, cortesía de Beethoven.

El público agradeció al maestro y la Orquesta Sinfónica Freixenet con aplausos que se prolongaron durante más de cinco minutos, y vítores a cada miembro de la orquesta, jóvenes músicos de todo el mundo que presentaban, esa noche, la música que quieren y son capaces de hacer.

El concierto fue ofrecido por la Cátedra de Viola, de la cual es titular la Fundación BBVA. La Escuela Reina Sofía forma a alumnos de todo el mundo y nutre de intérpretes a orquestas de todo el planeta. Cumple 27 años, consolidando un proyecto del que, presumen, “se ha convertido en una sucesión de éxitos académicos y profesionales para el mundo de la música”. La Orquesta de la Escuela busca caracterizarse por su voluntad de excelencia, ser instrumento de educación y de cultura, acercar a todos el repertorio orquestal de las distintas épocas y estilos desde una perspectiva nueva, y dar formación y experiencia a los alumnos en la disciplina de interpretación orquestal.

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