España - Madrid

La casa de Bernarda Alba: cuando la ópera eleva el drama

Germán García Tomás

miércoles, 21 de noviembre de 2018
Madrid, martes, 13 de noviembre de 2018. Teatro de la Zarzuela. La casa de Bernarda Alba. Música: Miquel Ortega. Libreto: Julio Ramos, basado en la obra de teatro original de Federico García Lorca. Estreno mundial de la versión para orquesta de cámara. Dirección de escena: Bárbara Lluch. Escenografía: Ezio Frigerio con Ricardo Massironi. Vestuario: Franca Squarciapino. Reparto: Nancy Fabiola Herrera (Bernarda Alba), Carmen Romeu (Adela), Carol García (Martirio), Marifé Nogales (Amelia), Belén Elvira (Magdalena), Berna Perles (Angustias), Poncia (Luis Cansino), Milagros Martín (Criada), Julieta Serrano (María Josefa). Orquesta de la Comunidad de Madrid. Miembros del Coro titular del Teatro de la Zarzuela. Dirección musical: Miquel Ortega. Asistente de dirección musical, piano: Rubén Fernández Aguirre. Ocupación: 95%.
La casa de Bernarda Alba © 2018 by Teatro de la Zarzuela

Mucho se debate actualmente sobre la supervivencia de la ópera contemporánea, un asunto que parece no tener nunca fin y que involucra a musicólogos, programadores musicales y compositores comprometidos con la concepción de nuevas obras para la escena. Algunos abogan por la reinvención de nuevas fórmulas para calar más en un público ampliamente conservador que contempla con recelo las experimentaciones vanguardistas, mientras otros ya certifican su defunción. 

Sin asomo de dudas, una de esas salidas o vías de escape para la permanencia de un género musical del que, tras hacer balance histórico de su azarosa existencia en nuestro país (siempre aludiendo a su inconfundible marca de ópera española), podría ver peligrada su integridad, es el retorno a los procedimientos tradicionales, apostando por la melodía como eje sustentador de las óperas de nueva creación. Y eso lo sabe muy bien Miquel Ortega, cuyas composiciones más célebres, sus canciones, muchas de ellas sobre textos de poemas de Federico García Lorca, se sustentan sobre presupuestos tonales.

Esa pasión lorquiana la descubrió Ortega muy joven en la visceral obra de teatro que el poeta granadino escribió antes de morir fusilado en 1936, La casa de Bernarda Alba, y es la recreación operística de su propia autoría la que presenta ahora el Teatro de la Zarzuela en una nueva versión para orquesta de cámara, y que supone la concepción original del director de orquesta y compositor barcelonés, pues su estreno absoluto en el Teatro de la Ópera de Brasov de Rumanía en el año 2007 dispuso de una versión para orquesta sinfónica, antes de que llegase a España dos años después para representarse en los Festivales de Santander y Peralada.

El malogrado actor y cantante Julio Ramos fue el encargado de realizar el libreto del “Drama de mujeres en los pueblos de España”, como subtituló el poeta de Fuentevaqueros su magistral pieza, y de hecho la respetó hasta los tuétanos, suprimiendo apenas unas pocas escenas, eliminando el personaje de Prudencia y modificando algunas pequeñas frases del texto original. La fidelidad y el respeto a la obra de Lorca son manifiestos hasta el punto de reproducir íntegramente las dos intervenciones de María Josefa, la madre demente de Bernarda, cuyos recitados sobre música resultan de una poderosa carga tanto simbólica como expresiva.

Con base en la tonalidad como sustento armónico principal de la ópera, la adecuación de la música de Ortega al texto es total, consiguiendo un sentido narrativo y discursivo que no pierde nunca la continuidad dramática, y es ahí donde se evidencia la profunda deuda con Puccini en la suntuosa orquestación de corte verista, optando por recursos atonales para la ambientación de situaciones concretas de cierta tensión latente, cuyas sonoridades camerísticas evocan irremisiblemente a Schoenberg o Berg. Y es que en toda la partitura se palpa con gran genialidad la calma tensa de la obra de teatro original, ese clima agobiante y asfixiante que impone la matriarca a sus cinco hijas con su inflexible duelo de ocho años, encerradas en la casa.

A lo largo de su tupido fresco sinfónico, no renuncia el maestro catalán a utilizar episódicamente recursos folclóricos como el bolero o la escala andaluza para describir los momentos más extrovertidos, siempre dentro de ese sentido unitario y de servicio al texto que la música posee en todo momento. Resta hablar de las voces de esta ópera de mujeres, cual la ya centenaria Suor Angelica pucciniana, sin que llegue a ser un trasunto de ésta, pese a la similitud ya aludida de cierto lenguaje orquestal con el músico de Lucca. Al margen de puntuales arrebatos líricos, la expresión de la vocalidad oscila de forma natural entre el sprechgesang y el parlato en todas esas réplicas y contrarréplicas que tienen los personajes entre sí en diálogos de gran fluidez. Pudiera parecer un tanto reiterativa la escucha de canto declamado en ciertas escenas, que por otra parte no podrían requerir otra solución, por su mero carácter conversacional, pero lo cierto es que el extraordinario colchón orquestal de Ortega dota de una grandísima e imaginativa variedad al conjunto, mostrando un gran abanico de recursos dramáticos para realzar la tragedia lorquiana.

La intención inicial de esta producción era la de contar con Rubén Fernández Aguirre, habitual colaborador del compositor, en la dirección musical, pero una decisión de última hora del pianista motivó que Miquel Ortega se hiciera cargo de la conducción de su propia música, quedándose Aguirre desde el piano como asistente de la dirección. De esta manera, el barcelonés ha adoptado su doble faceta artística para transmitirnos directamente todo su ideario por medio de una orquesta que ha entendido muy bien las intenciones de su autor, vertiendo toda la carne y la sangre de unos pentagramas que han conseguido revivir a un poeta universal y de tanta raigambre musical como Lorca desde el pathos de la ópera.

El montaje que nos ocupa mantiene vivas a nivel escénico las esencias lorquianas, con una plasmación sumamente naturalista del ambiente rústico, una pura e intransigente estética rural que se materializa en el interior de la casa solariega de Bernarda Alba, cuya “habitación blanquísima” que prescribe el poeta en su primera acotación escénica está captada al más mínimo detalle por la majestuosa escenografía de Ezio Frigerio, que despierta la admiración del público nada más levantarse el telón, y que contrasta radicalmente con el luto severísimo de todas las mujeres, ataviadas por Franca Squarciapino. La no menos cuidada y elaborada dirección escénica de Bárbara Lluch, nieta de Nuria Espert (una de las históricas y más inconmensurables intérpretes de Bernarda Alba), con la profesionalidad de la que conoce al dedillo los entresijos de la obra original, redondea el círculo perfecto al saber señalar con agilidad y dinamismo las dos dimensiones de la trama, tanto la interna como la externa, y con la que la regidora logra traslucir un extraño poder hipnótico a la hora de plasmar con entero realismo la España bárbara y salvaje, de moral intransigente y anclada en vetustos códigos sociales.

Este montaje sin fisura alguna alcanza elevadas cotas de sublimación teatral gracias a cada una de las aportaciones individuales de esas mujeres que Lorca plasmó en su “documental fotográfico”. De entrada, la mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera encarnando literalmente a una Bernarda Alba redivida, severa, despótica, cruel y dominadora, de imponente e intimidatoria presencia en escena, con un insólito e inquietante registro grave que ha perfeccionado para aportar el grado máximo de temeridad tanto a sus hijas como al propio espectador, un rictus de expresión horrenda que en cada final de acto produce el escalofrío. A su lado, la acertadísima solución de regalar al barítono Luis Cansino el personaje de Poncia, en un peculiar ejercicio de travestimento, porque Cansino es la personificación de Poncia, verosímil aportación que cuestiona y malmete, la única que es capaz de enfrentarse a la autoridad matriarcal de Bernarda. La única hasta que Adela, la pequeña de las hijas, se revela contra el orden establecido. Y es aquí donde la soprano Carmen Romeu realiza una recreación de gran calado dramático, desgarrada, altanera y desafiante, rayana en el histerismo al que le lleva su enajenación amorosa por Pepe el Romano, en boca de todas pero ausente en escena, una desbordante pasión que Romeu exhibe con creces hasta desencadenar su inevitable desenlace trágico.

Sus restantes hermanas completan el universo poliédrico de este drama familiar, desde la reservada y abnegada Angustias de Berna Perles, envidiada por todas por su suerte amorosa con Pepe el Romano, achacada a su elevada partición en la herencia; la altanería de la Martirio de Carol García, en colisión frontal con su hermana Adela; el carácter indolente de la Magdalena de Belén Elvira, o un mayor grado de candidez en la Amelia de Marifé Nogales. Milagros Martín suma una nueva y antológica creación como la Criada a secas, iniciando la obra con su elegía al marido recién fallecido de Bernarda, Alfonso María Benavides. Y para el recuerdo quedará la actuación estelar de la actriz Julieta Serrano como María Josefa, enajenación hecha lucidez, a la cual están destinadas las recitaciones de sus dos apariciones, insuperables, tremebundas y anticipatorias de lo que se está cociendo tras los muros de esta atribulada Casa de Bernarda Alba, que ha venido a demostrar que el género operístico en España, si emplea estas fórmulas y sigue por estos derroteros, ha venido para quedarse. Por muchos años.

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