España - Cataluña

Piotr Beczala, maestro cantor

Jorge Binaghi

viernes, 30 de noviembre de 2018
Barcelona, sábado, 24 de noviembre de 2018. Gran Teatre del Liceu. Concierto lírico. Arias y fragmentos sinfónicos de Verdi, Bizet, Berlioz, Puccini, Cilèa y Giordano. Bises: arias de Puccini, Giordano y Mascagni. Piotr Beczala, tenor. Orquesta del Teatro. Director: Marc Piollet

Por ser un concierto de gran tenor con arias de óperas con páginas operísticas sinfónicas intercaladas, en apariencia muy previsible, resultó no sólo de gran éxito (previsible), sino de mayor presencia de público, más calor durante y sobre todo al finalizar, y una ejecución que superó la acostumbrada modestia de la parte orquestal cuando hay una ‘star’ (habrá sido porque no es tan mediática esta como algunas otras que llevan maestros francamente deplorables) y la previsible ración de lucimiento vocal, en especial de notas agudas. 

Se trataba del primer concierto con orquesta de Beczala en el Liceu y en Barcelona (ha hecho otros, con piano, en el Palau, y su debut absoluto fue con un Faust inolvidable, no sólo por su participación, en forma de concierto). Y, como suelen acostumbrar las estrellas, tiene un director particular para estas oportunidades (como en Madrid o Peralada, y creo que también en otros sitios, fue Piollet).

Para rareza, voy a empezar hablando del director. No es Piollet una ‘gran batuta’, pero esta vez fue interesante, eso sí una vez superada la inicial obertura de Luisa Miller, que se les resiste a muchos, incluso italianos o batutas ‘notables’, que lo que tuvo de mejor fue que la ejecución fue correcta técnicamente y la orquesta ya la tendrá estudiada cuando llegue la representación a final de temporada -es de esperar que con un director más imaginativo y capaz de entender que lo fuerte en Verdi no es ruidoso ni brutal-. Hizo una estimable versión del bellísimo preludio del tercer acto de Carmen (sobre todo es de agradecer que no se haya arrancado con el preludio inicial), pero lo sorprendente y realmente bueno estaba por venir. La obertura Carnaval romano (procedente de páginas del Benvenuto Cellini) es muy conocida, pero está lejos de ser trillada, y estuvo realmente muy bien en todos los aspectos, y es un fragmento que por extensión y complejidad no suele aparecer en este tipo de programas; tampoco los delicados -demasiado- Crisantemi de un Puccini más ‘decadentista’ que lo habitual, que tuvieron ese exacto perfume enfermizo. En cuanto a las arias, fueron bien acompañadas.

Abrió el fuego Verdi con dos escenas largas (recitativo y aria) de la Miller y de Aida. Espléndidas por la variedad de fraseo, las medias voces (al final de cada frase de ‘Celeste Aida’), la valentía y virilidad de los recitativos y, para sorpresa de algunos, el famoso final en pianissimo, que Beczala había cantado en el Palau en forte siguiendo la tradición habitual.  Esta vez demostró que no está dispuesto a ser sólo un Radamés-trompeta sino a seguir, digamos, los pasos de un Bergonzi (aunque algún parmesano tozudo le haya contestado al gran tenor que le mostraba la partitura ‘Entonces está equivocado Verdi’). Como ejecución de ambas arias son las mejores que he oído en concierto. El personaje de Rodolfo en la Miller espero poder oírselo completo al final de la presente temporada, como queda dicho.

Siguió el aria de la flor de Carmen, donde no hizo -como hace años en Madrid- la famosa y dichosa nota en piano, quizá porque como muestra bastaba Aida, y si bien no fue novedad lo bien que la hace -también evitando una versión monolítica- sí resultó particularmente clara y emocionante la inmaculada dicción francesa.

Lamentablemente no conozco el polaco y no lo he oído más que en algunas canciones (por el propio Beczala y Victoria de los Ángeles) y dos óperas, la más conocida y fantástica  Rey Roger de Szimanowski (la primera vez cuando un joven desconocido llamado Beczala me levantó de la butaca en Amsterdam -de la cual previamente me había caído ante la sorpresa) y del creador del género en Polonia, Moniuszko, la encantadora La casa embrujada  (en mi única visita al Festival de Wexford). Algo más he escuchado por radio y grabación, pero era mi primera vez para la gran aria del tenor de Halka, una maravilla que parecía tan melódica como el italiano, con la que tuvo el valor de concluir la primera parte y que al parecer cantará entera en una próxima temporada en Viena. Sólo por este fragmento, ejemplar, habría valido la pena asistir al recital. Aquí el magisterio de Beczala se desplegó al máximo: por eso he elegido el título de la reseña.

Pertenece Beczala a esa clase de grandes cantantes a los que cada vez que escuchas te enseñan cosas y aprendes, sea con lo más raro o con lo más trillado. Y eso se evidenció en la segunda parte, dedicada a la ‘giovane scuola’. Va a cantar próximamente, también en Viena, Cavaradossi y no es la primera vez que le oigo ‘Recondita armonia’, muy apasionada, pero cómo ha hecho distinta (de sí mismo y de la mayoría) la breve y difícil ‘L’anima ho stanca’, de Adriana Lecouvreur: la media voz en ‘non aggiungete’ o ‘assai vi debbo’ tuvo un efecto estremecedor y no me sorprendió la ovación que la siguió. Demostró que estos papeles de tenor ‘spinto’ no están reñidos con la elegancia, la contención, la interioridad. No sólo; los realzan, les dan otras facetas (aparte de tener la técnica necesaria para explorar estos aspectos). Sorprendió a todos con una versión más que poética de ‘Come un bel dì di maggio’ de Andrea Chénier que, de nuevo, es la mejor que he oído en vivo en un concierto y terminó con el trilladísimo ‘Nessun dorma’. Para mi sorpresa el aria -rebautizada por tantos ‘Vincerò!’, que al parecer es lo único importante- volvió a tener sentido cuando se la canta no a todo trapo sino construyendo el crescendo para llegar al clímax.

Después vinieron tres bises. Uno era previsible: ‘E lucevan le stelle’, pero no la particular melancolía mezclada de deseo con la que la interpretó. Después siguieron otras dos ‘primeras’ para mí al menos: la breve, efectiva e inflamada ‘Amor ti vieta’ de Fedora y un emotivo, pero no desmelenado, ‘Addio alla madre’ de Cavalleria rusticana ( el ‘Mamma’ inicial puso los pelos de punta). En ambas ‘primicias’ hubo dos pequeños olvidos en la letra; lo digo para consignar el hecho, no por formular una reserva mezquina.

Suelo muchas veces lamentar no haber llegado a tiempo, por edad o geografía, a escuchar a algunos cantantes. Pero seguramente no me arrepiento de tener el privilegio, en lo que sin duda es la etapa final de mi vida, de escuchar a un cantante como este. Hay algunos otros, no muchos. Nunca lo fueron los artistas de excepción, aquellos que, como decía Rubén Darío de su arte, en el famoso prólogo de Cantos de vida y esperanza, “Yo no soy un poeta para muchedumbres. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas.” Pues cambiamos ‘poeta’ por ‘cantante’ y todo queda dicho… 

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