España - Castilla y León

Carisma y resultados

Samuel González Casado

jueves, 29 de noviembre de 2018
Valladolid, viernes, 23 de noviembre de 2018. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Nuno Coelho, director. Pablo Sáinz Villegas, guitarra. Smetana: Šárka. Bernstein, E.: Concierto para guitarra y orquesta “For two Christophers”. Dvořák: Sinfonía n.º 7 en re menor, op. 70. Ocupación: 98 %.
Pablo Sáinz-Villegas © Wikipedia, 2018

Pablo Sáinz Villegas levanta expectación por donde pasa. En el turno 2 del concierto n.º 4 de temporada de la OSCyL no cabía un alfiler dentro de la sala Jesús López Cobos, y en esto mucho tuvo que ver el guitarrista riojano, cuyo carisma y capacidad técnica a compensan algunas carencias a la hora de “conectar” con la música que interpreta. No se puede negar que el fraseo siempre es variado y la ejecución primorosa, y esto se agradece en un concierto como el de Elmer Bernstein, obra que no renuncia a mostrar sus modelos y que está concebida como un ejercicio posmoderno de variados homenajes (incluso al propio compositor) dentro de una estructura muy clásica.

Como es normal, en esta obra hay distintos ambientes que un buen guitarrista sabe exprimir, y Villegas destacó sobre todo en los más expansivos, que sin embargo no abundan tanto en la escritura para el solista como en el acompañamiento orquestal. En el movimiento lento, de inequívoco sabor rodriguiano, Villegas transmitió la sensación de que no terminaba de creérselo del todo, pese a que pocos peros concretos pueden buscársele. Creo que la clave está en la planificación de las dinámicas, a la que le falta un poco de chispa creativa y de sorpresa: el público siempre espera un pianissimo en ese momento clave para emocionar, esa especie de “algo más” con las defensas bajas que le deja a uno rendido del todo (también hay que reconocer que la obra no ayuda demasiado en ese sentido). Aquí todo está en su sitio, pero falta ese punto inolvidable tan connatural a la labor del solista, a la estrella que tiene la dura responsabilidad de recoger la energía del escenario y lanzarla.

Un ejemplo de todo lo anterior son las dos propinas de Tárrega: en Recuerdos de la Alhambra al fraseo y de nuevo a las dinámicas les faltaron finura, y tenían algo de accesorio: era un recuerdo poco vivido. Esta famosísima obra sale muy beneficiada si se afronta desde un trabajo interno riguroso y sencillo que abarque algunos elementos externos distribuidos estratégicamente para dar variedad al discurso. Las transiciones muy marcadas o los cambios bruscos en el tempo son en mi opinión un error, salvo que haya habido un “algo más” (realmente un “mucho más”) que los justifique dentro de un concepto; y en Recuerdos de la Alhambra es difícil salirse del camino de la sutileza.

En la jota, sin embargo, todo fue chispa, brillantez, entusiasmo; la dificultades técnicas se afrontaban con valentía y se transformaban en variedad y ritmo, y claramente se notaba ese plus que solo es posible cuando se consigue la capacidad para transmitir y para dialogar con el propio instrumento, como ocurrió también en algunas partes del concierto de Bernstein, sobre todo en el tercer movimiento. En honor a la verdad, y dejando ya a un lado las propinas, el resultado general en esta obra fue bueno, porque es difícil aburrirse dada su espectacular orquestación y porque Sáinz Villegas pone el listón alto, aunque no siempre sea de récord.

La parte checa del concierto transcurrió con altibajos. Šárka gozó de una interpretación plausible, apasionada, con su programa muy bien delimitado. Al igual que la Séptima de Dvořák, se construyó con buenos resultados, si bien en esta última se adoleció de un exceso de vehemencia, no del todo bien encauzada, que comprometió algunos momentos melódicos fundamentales para mantener el armazón estructural. Hubo decisiones claramente equivocadas que minimizaron la cuerda y las maderas justo cuando la mayor información salía de ellas, y otras acertadísimas en donde el destacado rítmico, unido a la escalada dinámica, dio lugar a progresiones francamente estimulantes.

Faltó algo de experiencia para calibrar algunas proporciones entre familias y los toques de color, cuyas carencias aquí podemos considerarlas por defecto: de nuevo las maderas, casi siempre anodinas, debieron aportar mayor riqueza tímbrica al conjunto. Algunos músicos, además, tampoco tuvieron su día. Claro, después de un buen cuarto movimiento, en el que casi todo se supeditó a una espectacularidad bien entendida, con generosa presencia de la percusión, es difícil decir que esta Séptima no fue satisfactoria. La interpretación tuvo de todo, pero la sensación final es que Coelho, cuando vaya ganado mayor control y entienda que se puede ser apasionado de muchas formas, estará en el camino de ser un director realmente estimulante en una época en que normalmente se tiende a desarrollar conceptos algo rígidos.

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