Alemania

Las inapelables exhortaciones a la emoción de Víkingur Ólafsson

Juan Carlos Tellechea

miércoles, 5 de diciembre de 2018
Düsseldorf, miércoles, 10 de octubre de 2018. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Heinersdorff Konzerte. Víkingur Ólafsson, piano. Johann Sebastian Bach, Aria variata alla maniera italiana (BWV 989), Preludio y fuga en re mayor (BWV 850), Concerto en re menor en la transcripción de Alessandro Marcello (BWV 974), Preludio y fuga en mi menor (BWV 855), Partita en mi mayor (BWV 1006): III Gavotte, Invention Nr. 15 en si bemol (BWV 786), en una transcripción para piano de Serguéi Rajmáninov , Sinfonía número 15 en si bemol (BWV 801), Preludio en si menor (BWV 855a) en una transcripción para piano de Alexander Siloti, Fantasía y fuga en la menor (BWV 904). Ludwig van Beethoven (1770 – 1827), Sonata para piano número 1 en fa menor opus 2 número 1, Sonata para piano número 8 en do menor opus 13 Grande Sonate pathétique. Solista 100% del aforo. Organizador Heinersdorff Konzerte/Klassik für Düsseldorf
Víkingur Ólafsson © 2018 by Ari Magg

Fue algo así como una fascinante cabalgata por los infiernos la protagonizada por Víkingur Ólafsson esta tarde del miércoles 10 de octubre en la gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. En uno de esos magníficos conciertos que organiza Heinersdorff , el joven pianista islandés de 34 años interpretó un programa con obras de Johann Sebastian Bach y de Ludwig van Beethoven que fueron aclamadas al final por el millar de espectadores presentes.

Desde un comienzo Ólafsson pidió encarecidamente al público no aplaudir una por una las nueve piezas de Bach que ocuparon la primera parte de la velada y esperar hasta la última antes de pasar al intervalo. Y así se sucedieron con deslumbrante, impecable brillantez técnica nueve conocidas obras bachianas para tecla hasta llegar a la Fantasía y fuga en la menor que concluyó entre irrefrenables ovaciones y exclamaciones de aprobación

Todos estos temas están contenidos en un álbum que acaba de lanzar al mercado su sello grabador y que no en vano trepó rápidamente al segundo puesto de las preferencias en música clásica en Alemania. La calidad de Ólafsson justifica este empinado ascenso. Es muy raro escuchar con tanta claridad y de forma tan cautivante los preludios, las fugas, los conciertos y las partitas de Bach, así como sus desafíos polifónicos, sus dinámicas inmersiones en los sentimientos más íntimos, profundos y entrañables que inspiran su música. En sus manos el genial compositor del período barroco suena muy diferente, muy moderno. La platea permaneció absorta, hipnotizada por el alud de perlas que lanzaba constantemente el pianista desde el escenario. Nadie se permitía permanecer indiferente ante tanta belleza.

No es solo virtuosismo lo que más llama poderosamente la atención en Ólafsson, Es en gran medida la magia de su ejecución lo que más impacta a los oyentes; la sana e ingenua alegría que transmite en su amor por entregar las cosas bien hechas, por tocar a la perfección. El joven islandés busca y encuentra constantemente el lado dramático de Bach, no solo al acoger la transcripción de Serguéi Rajmáninov de la Partita en mi mayor: III Gavotte o la adaptación de Alexander Siloti del Preludio en si menor. Son esos silencios, esos ritardandos, esas inapelables exhortaciones a la emoción las que capturan al público.

La segunda parte estuvo por entero consagrada a Beethoven. He observado que muchos músicos se dedican más intensamente en estas semanas a intepretar obras de este preclaro creador, preparando de antemano la conmemoración del 250 aniversario de su nacimiento (16 de diciembre de 1770) en 2020. En lugar de la Sonata para piano Op 111 (la última de Beethoven), prevista originalmente, Ólafsson optó por la Grande Sonate pathétique Op 13. Quizás fue ésta una sabia decisión, porque para los conocedores en la materia la número 32 requiere mayor madurez, dicen que es una obra no apta para menores de 50 años, aunque tal vez hubiera sido más interesante escucharla de su coleto.

Ólafsson edificó la Patética como si se tratara de un drama de amor/odio, con una rápida entrada (manos a la obra) en el GraveAllegro di molto e con brio, como si quisiera deshacerse de su amada; un tierno Adagio y un grandioso cantabile con mucho juego en los tiempos y honda sensibilidad que parece evocar con dolor un ayer de momentos más felices, para llegar al Rondo. Allegro que nos trajo de regreso a la realidad

Las ovaciones al final fueron tan insistentes y frenéticas que Ólafsson, para nada agotado tras este candente deambular por el averno, entregó a los bises, como si de purificarse se tratara, un arreglo propio de su cantata favorita Wiederstehe doch der Sünde (Resiste al pecado), también de Bach.

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