Alemania

Carmen, la fuerza irresistible de una partitura

Juan Carlos Tellechea

viernes, 7 de diciembre de 2018
Essen, sábado, 13 de octubre de 2018. Aalto Theater Essen. Carmen, opera dramática, trágica en cuatro actos con música de Georges Bizet (1838 – 1875) y libreto en francés de Ludovic Halévy y Henri Meilhac, estrenada el 3 de marzo de 1875 en la Opéra Comique de París, basada en la novela homónima (inspirada en hechos reales), de Prosper Mérimée, publicada por primera vez en 1845. En francés con títulos en alemán. Régie Lotte de Beer. Escenografía y vestuario Clement & Sanôu. Iluminación Alex Brok. Dramaturgia Christian Schröder. Intérpretes: Luc Robert (Don José, sargento), Almas Svilpa (Escamillo, torero), Rainer Maria Röhr (Remendado, contrabandista), Albrecht Kludzuweit (Dancairo, contrabandista), Karel Martin Ludvik (Zúñiga, teniente), Martijn Cornet (Morales, sargento), Bettina Ranch (Carmen), Jessica Muirhead (Micaela), Christina Clark (Frasquita), Liliana de Sousa (Mercedes). Leonie Hauffe y Yashar Cantürk (dos niños), Ayat Benqadi y Margot Plévin (dos voces infantiles). Coro, extracoro y coro de niños del Aalto Theater. Comparsas del Aalto Theater. Orquesta Essener Philharmoniker. Director Sébastien Rouland. 100% del aforo.
Luc Robert y Bettina Ranch © 2018 by Matthias Jung

Carmen la primera nueva producción de la temporada 2018/2019 del renombrado Aalto Theater de Essen (Cuenca del Ruhr) ha sido estrenada con éxito. La ópera (formalmente del género comique, pero de hecho dramática y trágica) de Georges Bizet fue puesta en escena en esta oportunidad por la neerlandesa Lotte de Beer, quien hace tres años dirigiera aquí con notable acierto Rusalka, de Antonín Dvořák.

Tres horas dura la representación que se percibe como si hubieran transcurrido 30 minutos. Lógicamente, la grandiosidad de la música de Bizet ejecutada por la orquesta Essener Philharmoniker, bajo la batuta del francés Sébastien Rouland, contribuye en mucho a este suceso. Pero además, la interesante versión (no siempre entendida con claridad) de Lotte de Beer (galardonada en 2015 con el International Opera Award como la mejor novel directora escénica del año) dejó maravillada a la mayor parte del millar de espectadores presentes; una receptividad que el compositor lamentablemente no alcanzaría cuando la estrenó el 3 de marzo de 1875 en la Opéra Comique de París, rechazada entonces por público y crítica. El compositor fallecería prematuramente (con 36 años) tres meses después y no disfrutaría de la creciente popularidad que tuvo poco después su obra maestra (hasta hoy una de las más escenificadas en el mundo) que rompe con el estilo de la época y anticipa el verismo.

Eso de las expectativas y de los prejuicios del público sobre una ópera es un asunto muy serio y no siempre los directores escénicos están dispuestos a tenerlos en cuenta ni a reflexionar sobre los efectos que puede causar una pieza lírica sobre sus oyentes, acerca de las emociones que puede despertar y de la magia que puede ejercer, para reconocer esos fenómenos exactamente, guiarse por ellos, implementarlos con precisión e incluso potenciarlos, en lugar de arriesgar versiones que si bien pueden provocar, y hasta causar náuseas, no terminan de llegar hondamente y emocionar hasta los tuétanos.

La escenografía, nada espectacular, pero muy efectiva (Clement & Sanôu, también figurines), recrea el ruedo de una plaza de toros; dos niños vestidos con trajes de luces cuentan parte de la historia. Otras dos voces infantiles se oyen por los altavoces en francés (sobre la boca del escenario se pueden leer los sobretítulos en alemán). Algo que no se entiende muy bien (y puede resultar por momentos hasta chocante para algunos) es por qué los niños (jugando) tienen que imitar a los protagonistas de la tragedia hasta el punto de empuñar un cuchillo y simular el abominable asesinato. Este episodio hirió la sensibilidad de una parte de los asistentes. Si es eso lo que de Beer quiso provocar, fue entonces quizás todo un acierto, aunque no haya sido 100% comprendido; si no fue una imperdonable brutalidad gratuita y sin sentido que no le agrega mucho al relato. El vestuario del elenco subraya además con mucho realismo y tino el ambiente y la situación reinantes en sus diferentes facetas.

La interpretación en idioma original (no siempre habitual por estos lares) es un verdadero placer. El coro, el coro adicional, el coro infantil (excelentes intervenciones), excelentemente preparado por Jens Bingert, y la comparsa son exigidos a fondo y están muy presentes en escena. La régie le presta mucha acción y tensión a esta historia (basada parcialmente en circunstancias reales aportadas por diversas fuentes en la novela Carmen (1845) de Prosper Mérimée); la irresistible fuerza de la partitura hace el resto. La violencia de género sigue siendo hoy, por desgracia, de tanta actualidad como en aquellos tiempos.

Sobresalientes fueron asimismo las interpretaciones vocales e histriónicas de la estadounidense Jessica Muirhead (Micaela), ovacionada con estruendosas aclamaciones tras caer el telón, la alemana Bettina Ranch (debut en el papel de Carmen) y el canadiense Luc Robert (Don José); muy convincente asimismo el Escamillo del lituano Almas Svilpa.

Magnífica, cabe subrayar, fue la ejecución de la Essener Philharmoniker, dirigida con gran soberanía y puntillosidad por Sébastien Rouland (Argenteuil/París, 1973), novel director de la Orquesta del Teatro Estatal del Sarre (Saarländisches Staatstheater), en su capital, Sarrebruck, especialista en el repertorio francés.

Algunos abucheos que quedaron rápidamente tapados por el alud de frenéticos aplausos fueron dirigidos exclusivamente al equipo de la régie por el sector de espectadores que no pudo o no quiso entender cabalmente lo que se proponía la directora Lotte de Beer.

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