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Algo que celebrar

Jesús Aguado

jueves, 6 de diciembre de 2018
Bilbao, sábado, 24 de noviembre de 2018. Palacio Euskalduna. Ludwig van Beethoven, Fidelio. Libreto adaptado al alemán por J. von Sonnleithner, S. von Breuning y F. Treitschke sobre el drama francés “Léonore” de Jean-Nicolas Bouilly. José Carlos Plaza, dirección de escena. Gregor Acuña-Pohl, director de escena de la reposición. Francisco Leal, escenografía e iluminación. Pedro Moreno, vestuario. Elena Pankratova, Leonore. Peter Wedd, Florestan. Tijl Faveyts, Rocco. Anett Fritsch, Marzelline. Mikeldi Atxalandabaso, Jaquino. Sebastian Holecek, Don Pizarro. Egils Silins, Don Fernando. Manuel Gómez Ruiz, Prisionero 1. Felipe Bou, Prisionero 2. Coro de Ópera de Bilbao, Boris Dujin, director. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Juanjo Mena, dirección musical.
Plaza: Fidelio © E. Moreno Esquibel, 2018

Nada menos que mil representaciones celebraba el pasado sábado 24 de noviembre la ABAO, cifra redonda y ciertamente impresionante para una asociación privada. Sesenta y siete temporadas ya, una trayectoria amplísima cuajada de los mejores nombres de la lírica de las últimas décadas que no merece sino la más sincera de las felicitaciones y todo el ánimo del mundo para afrontar las próximas mil.

El título elegido para la ocasión era Fidelio, la única contribución de Beethoven al repertorio operístico, contribución sin duda trabajosa teniendo en cuenta las sucesivas versiones que el compositor de Bonn fue presentando, con cambios de título y eliminación de escenas y actos hasta que llegó a una versión definitiva que pasó al repertorio habitual de los teatros. Sigue siendo una obra muy popular, aunque muchos aficionados mantengan con ella una extraña relación: es difícil resistirse a la música, especialmente en algunos momentos en los que vemos al mejor Beethoven, pero desde el punto de vista puramente dramático, la historia, pese a tener todos los elementos del ideario romántico, avanza un tanto a trompicones, y la resolución de la misma es una especie de deus ex machina que imparte justicia, alegría y paz de una forma bastante precipitada, Tampoco todas las acciones de los personajes quedan demasiado claras: está claro por qué Leonore se disfraza de hombre, pero siempre me sorprende que deje tranquilamente que Marzelline se enamore de él/ella, y que incluso cuando su padre decida que se casen no haga nada para intentar evitarlo, y de hecho la pobre muchacha al final se queda compuesta y sin soprano. Además, está claro que Pizarro es el malo malísimo, pero Rocco no deja de ser el carcelero, al fin y al cabo, colaborador necesario de los desmanes del otro, y sin embargo aparece como un personaje positivo, como si lo que ocurre en su cárcel no fuera con él. 

Musicalmente se alternan pasajes que nos hablan del sinfonista que todos tenemos en mente, junto a otros que recuerdan al Mozart de La Flauta Mágica, que al fin y al cabo se había estrenado tan solo catorce años antes de la primera versión de la obra de Beethoven y que todavía era un gran referente, pese a que poco a poco la música vaya intentando dejar atrás el clasicismo para abrazar el romanticismo. En medio de ese proceso se sitúa Fidelio, sin acabar de estar del todo en ninguno de los dos lados, y por eso hay aficionados que la adoran y otros que digamos simplemente que no se dejan arrebatar tanto. 

Vayamos a lo visto y escuchado en el Euskalduna en una función que resultó de un gran nivel general. Leonore / Fidelio era Elena Pankratova, soprano de bella y carnosa voz, tal vez no excesivamente potente, pero de timbre hermoso y homogéneo en todo el registro. Cantó con fraseo elegante y resolvió el papel con entrega y gran éxito. La gran sorpresa vocal de la noche fue la Marzelline de Anett Fritsch, espléndida de principio a fin. La voz es hermosísima y su control, absoluto; fraseó con gusto y, junto a Pankratova se llevó la función de calle. 

En el lado masculino, muy bien el Rocco de Tijl Faveyts, cantado con nobleza y gran presencia vocal, y tan bien como siempre Mikeldi Atxalandabaso, que encarnó con la solvencia que le caracteriza al antipático Jaquino. No convenció demasiado el Florestan de Peter Wedd, quien en su famosa aria Gott! welch' Dunkel hier! presentó un timbre un tanto estrangulado y poco grato, aunque mejoró en su posterior dúo con Leonore. El Don Pizarro de Sebastian Holecek resultó prácticamente caricaturesco, tosco y gritón. Egils Silins cantó con nobleza su breve papel como Don Fernando, el ministro que aparece para solucionar de un plumazo todas las injusticias. Bien tanto Manuel Gómez Ruiz como Felipe Bou como los dos prisioneros, y, también como siempre, estupendo el Coro de Ópera de Bilbao bajo la dirección de Boris Dujin. 

Juanjo Mena dirigía a la estupenda Orquesta Sinfónica de Bilbao, con espléndidos resultados. El conjunto sonó empastado y preciso, con un sonido redondo y muy beethoveniano, si se me permite la expresión. Mena los llevó con mano firme y exquisita, lírico cuando la música lo requería y expansivo y romántico en los pasajes orquestales. El cuarteto del primer acto fue, tanto desde el punto de vista orquestal como del vocal, de una belleza sobrecogedora, y únicamente, en la función del sábado al menos, habría que señalar frecuentes desajustes entre foso y escena, tal vez por la escenografía, que hacía que los cantantes estuviesen todo el tiempo más alejados de la orquesta de lo habitual. Supongo que en posteriores representaciones el problema se resolvería, y en cualquier caso, la impresión general dada por director y orquesta fue realmente fantástica. 

Minimalista y tremendamente eficaz la producción, procedente del Maestranza de Sevilla, firmada por José Carlos Plaza y dirigida en esta reposición por Gregor Acuña-Pohl, con escenografía e iluminación de Francisco Leal. Dos grandes paneles de piedra ocupan el escenario, en una convincente imagen de la cárcel en la que la acción se desarrolla. Uno es el suelo de la misma, y el otro es móvil, ayudando por un lado a distinguir las escenas y por otro a oprimir casi físicamente a los personajes, que parecen estar buscando permanentemente el modo de escapar de tan opresivo lugar. En algunos momentos el panel superior se convierte en pared posterior en la que se abren huecos que nos permiten ver las torturas a las que son sometidos los prisioneros. El recurso es impactante en un primer momento, durante el cuarteto del primer acto, en que la iluminación va sacando sucesivamente a los personajes de la oscuridad, y en el que la escena de tortura aparece como un quinto personaje más, que completa las reflexiones de los protagonistas. Sin embargo, llega a hacerse un poco cansino al ser repetido a lo largo de todo el primer acto. 

Durante la larga obertura que se suele intercalar en el segundo acto entre la liberación de Florestan y el final de la obra, ese panel superior se convierte en una especie de globo que los prisioneros intentan retirar, sin conseguirlo hasta que a ellos se unen sus mujeres, y ya, por fin, todos juntos, consiguen deshacerse del opresivo muro. El vestuario, de Pedro Moreno, es un tanto intemporal, y encaja a la perfección con el simbolismo de la escenografía, aunque resulta un tanto obvio el vestir al malvado Don Pizarro de cuero negro y al bondadoso Don Fernando de blanco inmaculado. 

Un cumpleaños muy feliz, por lo tanto, celebrado de la mejor manera posible, con una gran noche de ópera. Esperamos de corazón que cumplan muchos más.

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