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Cuida de mi música

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 7 de diciembre de 2018
On the Road with Leonard Bernstein © 2018 by Imagine!

A mediodía del 14 de octubre de 1990 Charlie Harmon recibió una llamada telefónica urgiéndole que fuera a visitar a Leonard Bernstein a su apartamento del Edificio Dakota en Nueva York. Una vez allí, el maestro le recibió en su dormitorio -sentado en un sillón y con aspecto cadavérico-, le cogió de la mano y le rogó: “por favor, cuida de mi música”. Tras una breve conversación, se despidieron con la mirada y Harmon volvió a su casa. Pocas horas después Bernstein murió.

On the Road & Off the Record with Leonard Bernstein narra en primera persona cómo llegó Harmon a estar presente en ese momento. Todo empezó nueve años antes con el anuncio de una oferta de trabajo publicado en el New York Times en septiembre de 1981 que demandaba “un asistente para un músico de fama mundial; el aspirante debe saber leer música, estar disponible para viajar, defenderse en algunas lenguas europeas, y poseer dotes organizativas.” A los pocos días, Harmon estaba en el despacho de Harry Kraut –sólo en ese momento Harmon se enteró de que el músico que buscaba asistente era Leonard Bernstein, y de que Kraut era su representante- exponiendo su curriculum e interesándose por los detalles del trabajo. En enero de 1982 Harmon –apenas cumplidos los treinta años- empezó a prestar sus servicios.

En teoría la cosa consistía en encargarse de la correspondencia y de los compromisos sociales (de los artísticos Kraut era el responsable), atender el teléfono, hacer y deshacer maletas, y poco más. La tarea principal era colaborar en lo posible para que Bernstein honrase la comisión de una ópera –que acabó siendo A Quiet Place- para el teatro de Houston, donde debía estrenarse año y medio después. Pero cuando Harmon tuvo noticia detallada de la agenda de Bernstein para ese mismo año de 1982 contuvo la respiración.

No hace falta leer el libro –ni siquiera esta reseña- para saber que, con un hombre como Bernstein, ese trabajo no podía ser tan fácil. Lo bueno del libro es que explica al detalle, con nombres, situaciones, lugares y fechas, que ciertamente la tarea no era nada fácil. El ejemplo más simple se refiere al equipaje de Bernstein, que para un viaje de un mes consistía en dos docenas de maletas (donde iba su ropa, sus partituras, sus caprichos y sus fetiches –“en concierto siempre llevo estos gemelos de oro y brillantes que me regaló Serge Koussevitsky-“), y que en muchas ocasiones había que hacer y deshacer de una ciudad a otra cada día o dos. Harmon cuenta que al cabo de los cuatro años que estuvo en el puesto conseguía hacerlo casi con los ojos cerrados.

Otros ejemplos ciertamente no eran tan fáciles. El libro abunda en detalles sobre las adicciones de Bernstein: el tabaco (cuatro cajetillas al día), el whisky escocés (la botella de Ballantine’s siempre a mano), la dexedrina –vulgo “speed”- y la afición a trasnochar (lo que conllevaba desórdenes de sueño continuados, y en ocasiones la dejación de funciones en ensayos matutinos), el sexo (una de las misiones más madrugadoras de Harmon consistía en asomar la nariz para averiguar cuántos chicos había en la cama de Bernstein y en consecuencia encargar más o menos desayunos al servicio de habitaciones); la familia (Bernstein adoraba a sus tres hijos, pero el remordimiento le persiguió toda su vida desde la muerte en 1978 de su mujer -Felicia Montealegre-, por haberse separado de ella justo antes de que enfermase de cáncer); y la psicoterapia (hasta tres visitas a la semana cuando el maestro estaba en Nueva York), a la cual el propio Harmon acabó recurriendo un año antes de dimitir (enloquecido por el estrés del trabajo, las excentricidades de Bernstein, y sobre todo por el dificilísimo trato que le dispensaba Kraut, ante quien ni siquiera Bernstein chistaba).

Pero sobre todo Bernstein era adicto a la música. Buena parte del libro se dedica a los conciertos de Bernstein, en Nueva York y otras ciudades norteamericanas, y a las habituales y fatigosas giras con la Filarmónica de Viena o la Filarmónica de Israel. Hasta el punto que un día Bernstein tuvo que escuchar –irritado- de boca de su hijo Alexander: “tú eres el único empleado de esta empresa familiar”. Naturalmente, Harmon se extiende en los preparativos del estreno de A Quiet Place en Houston (en el último momento Bernstein tuvo que pedir ayuda a sus colegas de toda la vida Sid Ramin e Irwin Kostal para terminar la orquestación), que se saldó con más pena que gloria. También se cuentan proyectos que no fructificaron, como un Don Carlos con dirección escénica de Franco Zeffirelli y rodado en El Escorial; o un vídeo introductorio para un concierto, filmado en la casa de Siegmund Freud en el que Bernstein, tumbado en el célebre diván, se confiesa sobre “el conflicto de un músico judío dirigiendo la música del antisemita Wagner en la reaccionaria Viena”.

A Harmon también le tocó hacer de copista en muchas ocasiones, y no sólo de las obras del maestro: cuando Bernstein tocó la Paukenmesse de Haydn con los conjuntos de Radio Baviera, las partes de la orquesta llegaron sin ¡los timbales!, y Harmon se pasó una noche copiando la parte a partir de la partitura de Bernstein. No era extraño que Bernstein le despertase de madrugada para comentarle tal o cual idea, o para sentarse juntos al piano y ver qué tal sonaba el fragmento que acababa de componer. Harmon se sintió especialmente orgulloso cuando Bernstein le encargó que escribiese él los últimos compases del coro en el segundo acto de A Quiet Place (“ya sabes lo que quiero aquí”). Al fin y al cabo, Harmon estaba en posesión de su título de Bachelor of Fine Arts (BFA) en composición.

Ese título –y la experiencia ganada en sus cuatro años como asistente de Bernstein- le sirvió para que, al dimitir el 31 de diciembre de 1985, Kraut –que nunca desaprovechaba un talento- encomendase a Harmon la ingente tarea de poner en orden los muchos metros cúbicos de archivos, documentos y manuscritos que el maestro amontonaba en su viejo estudio en el Edificio Osborne de Nueva York. Y -honrando la súplica de Bernstein en la hora de su muerte- también le sirvió para convertirse en editor musical de su legado (tarea que le llevó diez años, para a partir de entonces trabajar en ese mismo campo como “freelance”), haciéndose responsable de las primeras ediciones de la partitura completa de West Side Story y Candide, o de las partituras para voz y piano de On the Town y Wonderful Town.  

Se trata del primer libro que escribe Harmon, y está muy bien escrito en la forma –el estilo es coloquial pero rico en léxico, y la lectura se hace amena y entretenida-, y en el fondo –treinta años de perspectiva dan como para explicar las cosas sin caer en lo escabroso ni lo truculento, para referirse a Bernstein nunca como “Lenny” sino como “LB”, y sobre todo para demostrar respeto y admiración por un músico genial-. De modo que el libro constituye una valiosa adición a las conmemoraciones del centenario del nacimiento de Bernstein -que se celebra este año-, y es motivo de regocijo para los melómanos que son mitómanos –y todos lo somos-.

Notas

Charlie Harmon: “On the Road & Off the Record with Leonard Bernstein. My Years with the Exasperating Genius”, Massachusetts: Editorial Imagine!, 2018, 260 páginas. ISBN 9781632892195

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