Ópera y Teatro musical

Verdi: con brio, fatto in casa

Agustín Blanco Bazán

martes, 11 de diciembre de 2018
M. Sheshaberidze y E. Balbo © 2018 by Zani Casadio

¡Qué alivio escuchar un Verdi artesanal en Italia*, en lugar de esas interpretaciones al norte de los Alpes que tan frecuentemente amaneran a este compositor con falsos sinfonismos, o con reticencias pedantes a marcar strettas como es debido! ¡Qué diferencia con la Orquesta Juvenil Luigi Cherubini, con ejecutantes de dieciocho a treinta que sólo pasan en esta agrupación tres años de su vida!

Acertadamente el programa, atribuye a Cristina Mazavillani Muti la “ideazione escénica” antes que una escenografía hecha y derecha, porque la tarea de montar las tres óperas en tres días sucesivos impone una concepción sobria y fácil de mimetizar. De las tres producciones, sólo Otello fue probada en una trilogía Verdi-Shakespeare presentada hace algunos años. Nabucco y Rigoletto se agregaron con una escena de gradas, y atractivos videos proyectados sobre telones laterales y de fondo, alusivos en el primer caso a mosaicos como los de la puerta de Ishtar y en Rigoletto a la Mantua renacentista. En este último caso, la cabaletta Possente amor mi chiama fue ilustrada con una maravillosa cúpula revolviéndose en un telón de fondo, muy apta para representar el torbellino en la mente del Duque en el usual contexto cabaletístico, siempre inigualable como exponente surrealista de almas perturbadas.

Mazavilani Muti se encargó también de la regie de personas que siguió el concepto tradicional italiano de “teatro de rampa”, esto es, con cantantes y coro siempre mirando a la sala y como a punto de abalanzarse sobre el público. Los alemanes tienden a vilificar el teatro de rampa para exprimirse el seso con esas puestas obsesivamente experimentales tan suyas que van desde ese estilo Bertold Brecht a las provocaciones de Neuenfels. Y, el lector ya lo habrá advertido, yo tiendo a compartir este criterio, solo que con una reserva importante: también puede ser muy convincente la gesticulación ampulosa tradicional si ella se hace con convicción y estricta sincronización con la música, y este fue el caso de la Trilogía Verdi que comento. A lo cual agrego que es aconsejable no imitar a los italianos en una gesticulación que sólo ellos saben practicar tanto en la vida cotidiana como en el teatro sin caer en melodramatismos ridículos.

Ya en la obertura del Nabucco* bajo la dirección orquestal de Alessandro Benigni que abrió esta Trilogía otoñal verdiana del Festival de Ravenna me conmovieron esos redobles de percusión que parecían llamar a una batalla, y el cantabile de metales anticipatorios de esas “alas doradas” de un Va Pensiero que el coro Bellini cantó con firme proyección, pero sin exagerar el énfasis en “arpa d´or …” y “le memorie…” y que salieron como sforzandi oxigenados, y tranquilamente arrolladores en su profética afirmación. Así cantan los buenos coros italianos: para afuera, flotando las vocales y con expansivo legato colectivo. Otros indicios de que Verdi estaba en casa fueron la rotunda abruptez de los chellos y contrabajos en contrapunto al Comme Notte, el expresionista stacatto del coro en Il maledetto non ha fratelli y la trompeta que comentó el Cadran, cadranno i perfidi con la agilidad de una soprano de coloratura. El momento antológico para el Nabucco de Serban Vasile fue la palpitante angustia y el mordente de su fraseo en Chi mi toglie il regio scettro, y el bajo ruso Evgeny Stavinski demostró con su Zaccaria la calidad de una voz robusta y a la vez clara en una articulación y amplitud de registro que le permitió extender su squillo a todas las notas extremas del registro alto y bajo de este difícil papel. Similarment robusta aún cuando sin trinos o glissandi, fue la Abigaille de Alessandra Gioia, una soprano dramática imponente en su fraseo y fiato. Un perceptivo poster del teatro la muestra con gesto amenazante y mirada que corta el hipo, muy cómoda ella en un trono que también que en Rigoletto será el del Duque de Mantua, y el de Otello al día siguiente, porque uno de los hilos conductores de esta trilogía es el conflicto entre el poder y la intimidad personal.

En materia de regie Nabucco salió mejor que Rigoletto* por el protagonismo hierático y casi de oratorio de un coro elevado sus manos al cielo con arrolladora convicción neorrealista. Pero dentro de esta propuesta tradicional hubo grandes momentos de teatro musical, que demostraron que la regisseur sabe sincronizar texto, música y movimiento con una percepción digna de un Giorgio Strehler. Valga como ejemplo el brazo de un Nabucco extenuado elevándose con la bellísima melodía que preludia la escena de su aceptación y plegaria al Dios de Judea. O, en Pari siamo! el momento en que Rigoletto arroja su resentimiento y su jubón al suelo para incorporarse casi sin joroba y anunciarnos que frente a su hija él es un hombre diferente: “Ma in un altro uom qui mi cangio!” La actuación y la voz de Andrea Borghini alcanzaron aquí su mejor momento. Y la dirección orquestal de Hossein Pishkar, un iraní de treinta años de edad radicado en Alemania pareció desbordarse de su propia intensidad con cóctel de sforzando y acelerando en Si vendetta. Escuchar esto así lleva a sentir a la ópera como un arte que corre por las venas sin contención de racionalidad o análisis.

Pero fue éste un Rigoletto accidentado por la enfermedad que llevó a Giordano Lucà a marcar su Duque de Mantua al borde de sus fuerzas. En algunos momentos, su excelente fraseo me hizo anhelar la oportunidad de escucharlo en buenas condiciones. Gilda fue una Venera Protasova de voz clara y buen registro alto, pero mas frágil en los graves. Excelente, casi diría superlativa, la Maddalena de Daniella Pini, una mezzo que ya tiene incorporado Dorabella y Cenerentola a su repertorio.

La reposición de Otello* fue a lo grande, primeramente gracias a la dirección orquestal de Nicola Paszkowsky que reafirmó lo obvio ignorado por muchos de sus colegas famosos, a saber, que las mayores complejidades de composición en las mal llamadas obras “maduras” de Verdi no tienen porqué ser interpretadas con brío o expresividad diferentes a los de sus óperas juveniles. Verdi pide siempre un mismo estilo, que es cada vez más personal e incomparable cuando se acerca a su madurez final.

Esta unidad interpretativa, desde Nabucco hasta Otello, y pasando por Rigoletto, fue lo que me quedó mas claro gracias al trabajo de tres excelentes directores en tres días seguidos.

Y este Otello fue también grande gracias a la excelencia de los tres solistas principales. El georgiano Mikehil Sheshaberidze (Otello) es un típico tenor del Este por su voz de clarín firmemente impostada en su garganta a lo largo de todo un registro incisivamente proyectado, y la Desdemona de Elisa Balbo exhibió un timbre de plata con formidable legato.

En cuanto al Jago de Luca Micheletti, pocas veces recuerdo haberme encontrado un fraseo mas decantado y expresivo en una voz juvenilmente fresca y lubricada. La excelente Emilia de Antonella Carpenito acompañó a todos ellos en una magistral interpretación del cuarteto del segundo acto (Forse perché gl’inganni). Y en el gran concertante del tercer acto, todas las mujeres cayeron al suelo en solidaridad con Desdemona como respuesta al machista “A terra!.. E piangi!” del enloquecido protagonista. Finalmente, me es difícil explicar por qué fue tan conmovedor el Niun mi tema. Tal vez por la simplicidad liderista y sin grandilocuencias de un moribundo implorando a un cadáver. Con su “Otello fu” Sheshaberidze pareció correr una cortina y dejarnos a todos afuera para volver a quedarse solo con su amada, como al final del primer acto.

Fueron éstos un Otello de treinta y cinco, un Yago de treinta y tres y una Desdemona de treinta, y me pregunto si alguno de los solistas en los tres repartos llegó a los cuarenta. La excelencia general solo fue perjudicada por algo llamado “diseño de sonido” que consiste en una amplificación atmosférica del volumen general. No puedo describir bien el efecto. No es que los solistas canten con micrófono para ampliar su voz. Es algo así como una ampliación atmosférica que a veces hace como si todo resonara en una gran caverna, o en esas grandes salas de baño de mármol donde sentimos que nuestra propia voz adquiere una proyección inesperada. La acústica del histórico y bello teatro Alighieri no precisa este tipo de ampliaciones. Y tampoco las precisa Verdi para apoderarse de nosotros en cualquier teatro y en cualquier momento.

La trilogía otoñal de Ravenna del 2019  se desarrollará del 1 al 10 de noviembre e incluirá Norma, La Traviata y Carmen. Será una nueva oportunidad para experimentar con óperas que si algo precisan es el aire fresco de una orquesta juvenil y cantantes jóvenes, entusiastas y bien preparados.

Notas

1. Ravenna, Teatro Alighieri. Trilogia d’autunno di Giuseppe Verdi. Regie e idea escénica: Cristina Mazavillani Muti. Orquesta Juvenil Luigi Cherubini. Coro Lirico Marchigiano Vincenzo Bellini. 23, 24 y 25 de noviembre de 2018.

2. Nabucco, Serban Vasile. Zaccaria, Evgeny Stavinski. Abigaille, Alessandra Gioia. Fenena, Lucyna Jarzabek. Dirección orquestal, Alessandro Benigni.

3. Duque de Mantua, Giordano Lucà. Rigoletto, Andrea Borgini. Gilda, Venera Protasova. Sparafucile, Antonio di Matteo. Maddalena, Daniela Pini. Monterone, Giulio Boschetti. Dirección orquestal, Hossein Pishkar.

4. Otello, Mekheil Sheshaberidze. Desdemona, Elisa Balbo. Iago, Luca Micheletti. Cassio, Giuseppe Tommaso. Coro di voci bianche Ludus Vocalis. Dirección orquestal, Nicola Paszkowski.

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