Ópera y Teatro musical

Otro mal año para los profetas del Apocalipsis

Enrique Sacau

lunes, 31 de diciembre de 2018

Se acerca el fin de 2018 y toca hacer balance. Ha fallecido Montserrat Caballé, Franco Corelli continúa sin dar señales de que vaya a resucitar y se sigue esperando con interés el regreso de Lucia Popp a los escenarios. Con este panorama, los profetas del fin de la ópera esperaban, un año más, una cosecha de voces pobre que justificase las caras largas y el “esto no es lo que era”. Y así es que, aún sin Maria Callas ni Piero Cappuccilli, hemos tenido un año operístico impresionante. No tengo nada contra ellos, por cierto: juzgando por las grabaciones de Maria y Piero, que escucho regularmente, siguen cantando muy bien ambos.

Por circunstancias personales, pasé buena parte del invierno en Nueva York donde noche tras noche, estrella de la ópera tras estrella de la ópera, casi me disloco la mandíbula de tanto quedar boquiabierto ante lo que vi y oí. 

La Butterfly de Ermonela Jaho quedará en mi memoria como las más sutil: cada frase estudiada al detalle para denotar los constantes cambios emocionales del personaje. Sin sutileza pero con la fuerza de un toro, Alagna cantó Cav & Pag como nadie: no dudo que Plácido Domingo lo habría hecho igual de bien, pero mejor no, simplemente porque no se puede. Afinación, fiato, volumen, pathos, todo... Y Ekaterina Semenchuk fue una Santuzza que no le fue a la zaga, muy a pesar de la ausencia de Elena Obraztsova. 

En 2018 también se echó de menos a Eva Marton, pero no tanto como se temía, gracias a la magnífica Martina Serafin como Turandot (quien luego hizo una excelente, si bien un poco forzada, Isolda en la Bastilla), y a una Irene Theorin que cantó el papel con todas las notas en Madrid (sustituyendo a una Nina Stemme indispuesta). Las Toscas de Angela Gheorghiu (Londres) y Sonya Yoncheva (Nueva York) fueron ambas tremendas; brava pero algo menos incontestable la búlgara como Imogene en Il Pirata de la Scala. 

De vuelta en Londres, no tener a Shirley Verrett en acción no impidió el disfrute verdiano. El tedio inmenso de la Lady Macbeth de Anna Netrebko no es óbice para reconocer que cantó como una diosa. Aún con la voz que rasca, el Falstaff de Bryn Terfel no hizo echar de menos a nadie; lo ayudó un excelente reparto en el que destacó Marie-Nicole Lemieux. ¡Quién nos iba a decir que se podría encontrar uno suficientes cantantes buenos para montar esta ópera!

Con Strauss, la retirada de Elizabeth Schwarzkopf, Lisa della Casa y Renee Fleming eran malos augurios que, de nuevo, no se cumplieron. Rachel Willis-Sorensen triunfó como Mariscala en Glyndebourne mientras que Lisa Davidsen puso Aix en Provence en pie con una Ariadne de una claridad textural, proyección y fraseo que la ponen entre las mejores de todos los tiempos. 

En Madrid se paró el reloj con Lisette Oropesa cantando Lucia di Lammermoor, ópera que los malos años que sufre Diana Damrau (¡qué bien empezó esta chica y qué poco rinde últimamente!) habían hecho pensar no se podría volver a representar. Aún con los agudos muy tirantes en La valquiria de Covent Garden, Nina Stemme logró que el fallecimiento de Birgit Nilsson no impidiera el goce máximo de la inmolación de Brunilda en El ocaso de los dioses. Theorin, fría, clavó vocalmente la Brunilda de San Francisco. 

Como siempre, las comparaciones son odiosas. Comparar discos y directo es trampa. Y comparar lo que uno oyó con 20 años con lo que oye con 40 no es fácil puesto que somos personas distintas. Pero no hay duda que la fiesta continúa y que cada fallecimiento o retirada no hace sino dar paso a nuevos cantantes. 

Se acaba un año en el que he visto 10 o 12 interpretaciones insuperables: o sea, igualables pero no mejorables. Y con excelentes directores, orquestas que cada vez suenan mejor y nuevas producciones llenas de ideas e imaginación. Ya sé que los que vivimos en una ciudad musical vemos más cosas de calidad que si uno está en Vigo (donde residí hasta los 18 años), pero los nostálgicos siempre hablan de que ya no hay Tebaldis y de que los grandes teatros no ponen buena ópera. Se equivocan.  

Les deseo un excelente 2019 de ópera: que lo disfruten con los oídos abiertos, optimistas, dispuestos a sorprenderse y con la misma pasión por el género que siento yo.

 

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