Reino Unido

¡Niños, a la ópera!

Agustín Blanco Bazán

martes, 18 de diciembre de 2018
Londres, jueves, 13 de diciembre de 2018. Royal Opera House (ROH) en el Covent Garden. Hansel y Gretel, ópera en tres actos con libreto de Adelheid Wette y música de Engelbert Humperdinck. Regisseur y escénografo: Antony McDonald. Hansel: Hanna Hipp. Gretel: Jennifer Davis. Bruja: Gerhard Siegel. Gertrud: Michaela Schuster. Peter: Eddie Wade. Hada/eco: Christina Gansch. Coros y orquesta de la ROH bajo la dirección de Sebastian Weigle. Co-producción con la Ópera de San Francisco
Gerhard Siegel © 2018 by Clive Barda

¡Navidad! ¿Qué mejor oportunidad que empujar a los niños a un teatro de ópera para ver Hansel y Gretel, esa ópera de Humperdinck que los adultos insisten en imponer a sus parvulines, a pesar de que por su longitud y densidad sinfónico-orquestal es mas bien para grandes? ¿Te gusta? Pregunta uno durante el intervalo a los hijitos y nietitos enlistados para obedecer a sus mayores “¡Y sí!”, responden los pequeñuelos, sonriendo tímidamente y mirando con ojazos de asombro y duda a los adultos que los hicieron bañar y vestirse para la ocasión. Y es a todos estos lugares comunes que se asoció Antony McDonald con esta nueva producción londinense, que en el interludio del sueño hace danzar en el bosque a caperucita y el lobo, Blanca Nieves y Rapunzel. 

Quienes hemos perdido la inocencia vemos un bosque con jóvenes marchando con antorchas y sentándose junto al fuego conjurando al cuento de los hermanos Grimm con una ideología postromántica empeñada en asociar la naturaleza con el mito “de raza y suelo con estos nativos quieren excluir a quienes no lo son. Pero McDonald no se va a meter en estos problemas con su puesta, unos ratos francamente boba y otros con algunas ideas inteligentes que podría haber desarrollado mejor. Por ejemplo: la casa de la bruja es parecida a la de Psicosis de Hitchcock, aún cuando la bruja cantada y fraseada antológicamente por Gerhard Siegel, sea una gordita demasiado simpática para compararla con la mamá de Norman Bates.

En su memorable regie para la English National Opera de los novecientos ochenta, David Poutney unificaba el personaje de mamá Gertrud con el de la bruja. ¡Que aterrador era el momento en que la genial Felicity Palmer comenzaba a desatarse sus teutónicas trenzas para transformarse en un demonio! ¡Y que caras, las de las madres y los niños a la salida del teatro, luego de esta experiencia que espero los enriqueció con su percepción freudiana! La Gertrud de McDonald es en cambio una robusta matrona teutónica preocupada por la cocina y sin demasiado seso, aún cuando cantada con igual robustez por Michaela Schuster. 

Es aquí donde me apresuro a anticipar que a pesar de mis reparos sobre la filosofía escénica de Mc.Donald, todos cantaron magníficamente. Hanna Hipp fue un Hansel ágil vocal y escénicamente y Jennifer Davis una Gretel de timbre excesivamente dramático para un rol que de cualquier manera fraseó con garbo y humor. En reemplazo de un indispuesto James Rutheford, Eddie Wade cantó un Peter bien impostado y  dramáticamente convincente como ese padre tanto mas inteligente y sensible que la mamá. 

Al frente de una orquesta de la casa en magnifico estado cromático, Sebastian Weigle dirigió con conmovedora intensidad. Como nunca salieron el ataque y los sforzando en los dominantes y los detalles orquestales fueron cuidadamente expuestos en toda su riqueza de color. 

Sobre el final, nuestros traviesos empujaron a la bruja a una inmensa olla rebosante de chocolate que luego se partió arrollándonos a todos con su contenido y la bruja achocolatada. Gran efecto. Pero lo mejor fue ese coro final de niños exaltados, revolucionarios (aquí pareció despertarse el regisseur) con su moraleja final: “Wenn die Not aufs höchste steigt, Gott der Herr die Hand uns reicht!”  (Cuando la desesperación es extrema, Dios, el Señor, nos extiende la mano).  Este es una especie de final de Fidelio para niños. O mas aún: imposible verlos cantando su triunfo en el proscenio sin recordar el final de Brundibar, filmado en Terezin, con esos niños que en la escena vencieron un ogro en lugar de una bruja pero que en muchos casos debieron afrontar un final que les negó la posibilidad de salir de su estado de inocencia. 

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