Alemania

¿Qué se llevaría usted a una isla desierta?

Jesús Aguado

lunes, 24 de diciembre de 2018
Dresde, sábado, 8 de diciembre de 2018. Semperoper. Richard Strauss, Ariadne auf Naxos. Libreto de Hugo von Hofmannsthal. David Hermann, puesta en escena. Paul Zoller, escenografía. Michaela Barth, vestuario. Fabrice Kebour, iluminación. Krassimira Stoyanova, Ariadne. Daniela Fally, Zerbinetta. Daniela Sindram, Compositor. Evelin Novak, Najade. Simone Schröder, Dryade. Tuuli Takala, Echo. Stephen Gould, Bacchus. Rafael Fingerlos, Harlekin. Albert Dohmen, Musiklehrer. Carlos Osuna, Scaramuccio. Torben Jürgens, Truffaldin. Joseph Dennis, Brighella. Alexander Pereira, Haushofmeister. Aaron Pegram, Tanzmeister. Jiří Rajniš, Perückenmacher. Beomjin Kim, Offizier. Bernhard Hansky, Lakai. Staatskapelle de Dresde. Christian Thielemann, dirección musical.
Hermann: Ariadne auf Naxos © Ludwig Olah, 2018

Nunca he sido capaz de responder a preguntas tan directas. No puedo elegir una ópera favorita, un compositor favorito, un sabor de mermelada favorita, hay cosas para las que uno no está dotado por la naturaleza, y elegir categóricamente es una de las mías. Con lo que el lector se podrá figurar que no tengo ni idea de lo que me llevaría a una isla desierta, pero sí tengo claro lo que no me llevaría bajo ningún concepto: ni una princesa enfurruñada, ni desde luego un joven dios luminoso, mucho menos una coqueta italiana con sus cuatro amantes, y por supuesto ni una, ni dos, ni tres ninfas, a ver qué hago yo en una isla desierta con semejante flora y fauna. Claro que con tanto personal la isla ya no sería precisamente desierta, y si la isla está en el escenario de la Semperoper de Dresde, igual hasta me animo y todo, y me doy una vuelta por allí. Y no me arrepentiría, como no me arrepentí de hacerlo el pasado 8 de diciembre, porque la representación de Ariadne auf Naxos no pudo ser una experiencia más satisfactoria, ópera con mayúsculas en la que nada falló. Un reparto vocal espléndido, una dirección modélica y una producción interesante, creo que ya sé qué llevarme a cualquier isla, desierta o no. 

Vocalmente hablando, la noche no pudo estar mejor servida. Por seguir el orden de intervención, en primer lugar hay que hablar del espléndido Compositor de Daniela Sindram, mezzo de voz hermosa y redonda, elegante fraseo y grandes cualidades como actriz. También estupendo su viejo profesor, el barítono Albert Dohmen encarnando al sabio maestro que aconseja a su impulsivo discípulo que aprenda a contemporizar con el mundo, por vulgar y alejado de sus anhelos de grandeza que pueda resultar. Aaron Pegram, subido a unas plataformas bastante imposibles, hizo un divertidísimo y muy bien cantado maestro de baile, y hasta los papeles más breves, como el del peluquero, Jiří Rajniš, el oficial, Beomjin Kim, y especialmente el lacayo, Bernharnd Hansky, de imponente voz, estuvieron a un nivel muy alto. Es forzoso hablar, al repasar los personajes del prólogo, del mayordomo, papel hablado e interpretado en esta ocasión nada menos que por Alexander Pereira, superintendente y director artístico de la Scala. 

Y, pasando ya a la ópera propiamente dicha, todo marchó igual de bien: Krassimira Stoyanova fue una Ariadna impecable, con un timbre hermosísimo y un control absoluto del instrumento. Su caracterización, además, no era la habitual de hierática y dignísima princesa, sino la de una especie de enloquecida viuda siciliana cubierta de andrajos, que lanza piedras a los comediantes e incluso aparece con un hacha en la entrada de su cueva para expulsarlos de allí. Antológica también la Zerbinetta de Daniela Fally, divertida, pizpireta, estupenda actriz y vocalmente estratosférica. Su gran momento fue, por supuesto, Großmächtige Prinzessin, esa barbaridad que Strauss le escribe y que parece increíble que pueda ser cantado, y menos de esa manera. Hasta el propio Thielemann se unió al aplauso que saludó el final del aria. El papel de Baco es endiablado, breve pero complicadísimo para el pobre tenor (esto no sería una crítica seria de una ópera de Strauss si no dijera que los odiaba, casi se me olvida), y Stephen Gould salió del paso con honores: la voz resonó espléndida incluso en los agudos más comprometidos. Divertidísimos los cuatro amantes de Zerbinetta, con especial mención, como es lógico, por la longitud de su parte, para el Harlekin de Rafael Fingerlos, y encantadoras vocalmente (aunque su caracterización, como la de Ariadne, era más de pordioseras de pelo enmarañando que de seres divinos con etéreas gasas) las tres ninfas, Eco, Driade y Nayade. 

Christian Thielemann dirigía a la Staatskapelle de Dresde, en la cuasi camerística formación que Strauss requiere para la obra, y nuevamente hablamos de muchas mayúsculas en la interpretación. La orquesta es una máquina de alta precisión, y en las manos de Thielemann es capaz de cualquier cosa. Un sonido exquisito, un fraseo de muy altos vuelos, un control absoluto de dinámicas y tempi, primorosa atención al escenario para que todo sonase cristalino y sin aparente esfuerzo. Una gran batuta al frente de una gran orquesta tocando una gran partitura, poco más se puede decir. 

La puesta en escena, realizada en coproducción con las óperas de Nancy y Lausanne, viene firmada por David Hermann, y funciona milimétricamente. El prólogo, que tantas veces hemos visto como un correteo constante de todos los personajes entrando y saliendo sin ton ni son, se convierte en algo casi minimalista: una pared blanca con tres puertas, y únicamente en cada momento en escena los personajes que están interviniendo. Los personajes van entrando y saliendo por esas puertas, con lo que la referencia vodevilesca sigue estando ahí, pero resulta infinitamente más clara. Las puertas, además, se abren pero no siempre muestran el mismo espacio al hacerlo, transformándose por arte de magia en un cuarto de baño del que vemos salir al tenor en calzoncillos, en un cuarto de maquillaje para las protagonistas, e incluso, al terminar el prólogo, en una cámara frigorífica en la que el pobre compositor, desesperado por lo que se le viene encima, se encierra para no ver lo que va a ocurrir con su obra. 

Comienza la ópera, y el cambio es brutal: del blanco minimalismo inicial a la opulencia del escenario, claramente dividido en dos partes: a la izquierda un bosque de cartón piedra, correspondiente al mundo de la compañía italiana, y a la derecha la entrada de la gruta de Ariadna, representada aquí con mármoles negros y unas escaleras inclinadas por las que vemos moverse a las tres ninfas, y que se corresponden a lo que en algunos momentos veíamos en el prólogo cuando se abrían dos de las puertas, las situadas en los extremos. Cada una de las dos compañías comienza en su lado del escenario, y el contacto entre ellas tiene un carácter casi de exploración, de conquista de un territorio nuevo. Funciona a la perfección, con momentos realmente divertidos, como el ya mencionado antes cuando los italianos se acercan a la entrada de la gruta de Ariadna y la princesa aparece con un hacha para espantarlos. También es interesante la idea desarrollada durante el aria de Zerbinetta: una vez que Ariadna, exasperada, se retira, normalmente la italiana se queda sola cantando sus coloraturas, pero aquí el que, por error, aparece en el escenario, es el compositor, quien está claramente seducido por la coqueta, y es a él a quien le canta gran parte del aria, terminando ella subida a un columpio que cuelga desde lo alto del escenario y que la lanza prácticamente encima de la orquesta. Por último, otro acierto: en el momento de la aparición de Baco, vemos una figura vestida de negro, una bailarina con unas gasas que mueve con unas varas que lleva en la mano y que le dan una cierta apariencia de muñeca, o de insecto gigante. Una máscara negra le da una mayor sensación de misterio a la hermosa aparición, y cuando atrae a tres de los intérpretes italianos y los transforma en tres encantadores cerditos, comprendemos que es Circe, de la que Baco viene escapando. En el último momento, sobre las últimas notas del dios, irrumpen en escena un grupo de invitados a la fiesta, a los que hemos visto en el entreacto ocupar uno de los palcos proscenios vestidos de gala, y una de ellos se hace un selfie con el horrorizado tenor, que sale huyendo mientras el telón cae sobre el grupito de modernos que posa para una foto. En resumen: una isla desierta llena de gente en la que a un servidor no le importaría en absoluto perderse.

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