Alemania

Éxtasis sin arrebato

Jesús Aguado

viernes, 21 de diciembre de 2018
Dresde, viernes, 7 de diciembre de 2018. Semperoper. Richard Strauss, Arabella. Libreto de Hugo von Hofmannsthal. Florentina Klepper, puesta en escena. Martina Segna, escenografía. Anna Sofie Tuma, vestuario. Bernd Purkrabek, iluminación. Volker Michl, coreografía. Camilla Nylund, Arabella. Bo Skovhus, Mandryka. Kurt Rydl, Conde Waldner. Christa Mayer, Condesa Adelaide. Katharina Konradi, Zdenka. Thomas Blondelle, Matteo. Patrick Vogel, Conde Elemer. Martin-Jan Nyjhof, Conde Dominik. Alexandros Stavrakakis, Conde Lamoral. Olga Pudova, Fiakermilli. Sabine Brohm, Echadora de cartas. Rafael Harnisch, Camarero. Werner Harke, Welko. Andreas Soika, Djura. Tobias Schrader, Jankel. Coro de la Ópera Estatal de Dresde, Jörn Hinnerk Andresen, director del coro. Staatskapelle de Dresde. Asher Fisch, dirección musical.
Klepper: Arabella © Dresden Semperoper, 2018

Comencemos fuerte: creo que por fin estoy empezando a entender Arabella, una ópera que siempre me había parecido desequilibrada: la bellísima música de un Strauss en estado de gracia frente a una anécdota que me resultaba casi banal, sin la entidad que semejante música requeriría. Pero, al documentarme un poco para realizar esta crítica, un par de datos me han hecho ver la obra con una nueva perspectiva. Por un lado, se trata de la última colaboración de Strauss con Hofmannsthal, quien, de hecho, no llegará a ver el resultado final de su trabajo, ya que morirá repentinamente (dos días después del suicidio de su propio hijo), en 1929. Y por otro lado, la fecha de su estreno: nada menos que 1933, el año en que Hitler llega al poder en Alemania. Si consideramos que el postromanticismo es una última y exacerbada expresión del espíritu romántico ante un mundo cada vez más oscuro y hostil, una exquisita venda que los artistas anudan cuidadosamente sobre sus ojos para no ver la fría y triste realidad, la historia de Arabella, obligada por esa realidad cada vez más prosaica a casarse con un rico pretendiente que salve a su familia de sus apuros económicos, pero que en el fondo aspira a encontrar un amor verdadero, y la de su hermana Zdenka, también forzada por la situación a negar su propia esencia vistiendo de hombre para no ocasionar más gastos a la familia, resulta enormemente significativa en ese mundo decididamente crepuscular, y es así como podemos llegar a entender que algo en apariencia tan nimio como el malentendido entre la protagonista y su enamorado Mandryka esté a punto de hacer explotar esa burbuja de nobleza y verdad en la que Arabella desea vivir. Una burbuja de radiante belleza, pero tremendamente frágil, algo de lo que los protagonistas son conscientes: al otro lado del hermoso aunque ya bastante desgastado espejo espera, agazapada, la siniestra sombra de lo que está por venir. 

Camilla Nylund interpretaba a la protagonista en la representación del pasado 7 de diciembre en la Semperoper de Dresden; su voz tiene un hermoso timbre, pero su encarnación del personaje resulta demasiado angelical, su Arabella es más un ángel etéreo que una mujer de carne y hueso; le falta algo de fuego para redondear completamente una actuación notable. Bo Skovhus era Mandryka, el noble con el que su padre, casi por error, intenta casar a Arabella y que resulta ser su verdadero amor. Su actuación fue correcta vocalmente, pero aunque resolvió con solvencia toda la parte, sonó un tanto envarado y le faltaron matices tanto interpretativos como musicales para coger el vuelo que el papel requiere. Muy grata sorpresa la Zdenka de Katharina Konradi, que sustituía a la anunciada Genia Kühmeier: voz amplia y hermosa y estupenda actriz, su dúo con Arabella del primer acto fue uno de los momentos más hermosos de la noche. También enfermo, Martin Winkler fue sustituido por Kurt Rydl, quien ofreció una actuación correcta, yéndose hacia el lado bufo algo más de la cuenta, como suele ocurrir en muchas ocasiones en papeles semejantes (estoy pensando en el Ochs de Der Rosenkavalier). Bien su esposa en la ficción, la Condesa Adelaide de Christa Mayer, y también muy bien el Matteo de Thomas Blondelle. De los tres pretendientes de Arabella el papel más destacado es el del Conde Elemer, muy bien interpretado aquí por Patrick Vogel, y también muy correctos los otros dos, Martin-Jan Nijhof como el Conde Dominik y Alexandros Stavrakakis como Conde Lamoral. Estupenda Olga Pudova en el breve papel de Fiakermilli, la reina del baile, con sus endiabladas coloraturas realmente bien resueltas, y bien el resto de comprimarios. 

El título de esta crítica es un resumen de la impresión vocal general, éxtasis sin arrebato: todos estuvieron bien sin llegar a entusiasmar, y lo mismo se podría aplicar a la actuación de Ascher Fisch al frente de la Staatskapelle de Dresde, aunque aquí tal vez la falta de entusiasmo se produjera por el exceso de arrebato en la batuta. No descubro nada nuevo afirmando que la  orquesta es espléndida, e imagino que es difícil conducir un Lamborghini sin ceder a la tentación de hacer rugir a fondo su potente motor, pero lo cierto es que la maestría se demuestra en saber dosificar la conducción y aplicar a cada curva la marcha correspondiente, y en eso sí que Ascher no acabó de acertar, pues el exceso de decibelios en muchos momentos hizo difícil poder escuchar a los cantantes, y eso, en un foso operístico, es un pecado difícilmente disculpable, por muy hermoso que sea el sonido producido. ¿Arrebato sin éxtasis? Elíjase el orden de los factores deseado, el producto final acabó causando la misma impresión del reparto vocal: bien, bastante bien, pero no excelente. 

La producción, firmada por Florentine Klepper y realizada en coproducción con el Festival de Pascua de Salzburgo [ver vídeo], comenzaba siendo clásica y luego se ponía psicoanalítica (por no decir que se ponía estupenda) y acababa por no ser una cosa ni otra. En el primer acto, las habitaciones del apartamento familiar se iban desplazando, recurso que servía para ampliar un tanto la acción sin tener que ceñirla a una única estancia. Pero en el monólogo de Arabella, en el que ella se adelanta y sale de la casa, que continúa moviéndose, como si ella hubiera abandonado la realidad, de pronto aparece en una de las habitaciones nada menos que la osa con la que Mandryka acaba de contar que estaba luchando cuando recibió el mensaje con el retrato de la muchacha. En el acto del baile, cuando por fin la pareja se conoce y surge el éxtasis, vemos aparecer en escena a dos figurantes vestidos como ellos que suben a un ascensor abrazados. Todo el fondo del escenario desaparece y el ascensor, con ellos dos petrificados en ese abrazo sin fin, se queda suspendido en el aire durante todo el resto del acto, en el que Mandryka, al enloquecer de celos, verá Arabellas por todas partes. En fin, una cosa así como moderna pero tampoco mucho, que en el fondo no aportaba gran cosa aunque tampoco molestaba excesivamente. Una vez más, arrebato sin éxtasis o éxtasis sin arrebato, que a estas alturas espero que haya quedado claro que fue la impresión general de la velada, algo que no estuvo mal, que estuvo bastante bien, pero que no llegó a estar tan bien como una obra así merece.

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