España - Cataluña

Rossini a medio gas

Jorge Binaghi

lunes, 7 de enero de 2019
Barcelona, jueves, 13 de diciembre de 2018. Gran Teatre del Liceu. L’Italiana in Algeri (Venecia, Teatro San Benedetto, 22 de mayo de 1813). Libreto de Angelo Anelli, música de G. Rossini. Dirección escénica: Vittorio Borrelli. Escenografía: Claudia Boasso. Vestuario: Santuzza Calì. Intérpretes: Luca Pisaroni/Simón Orfila (Mustafà), Sara Blanch (Elvira), LydiaVinyes-Curtis (Zulma), Toni Marsol (Haly), Maxim Mironov/Edgardo Rocha (Lindoro), Varduhi Abrahamyan/Maite Beaumont (Isabella) y Giorgio Caoduro/Manel Esteve (Taddeo). Orquesta y coro  (maestro: Conxita García) del Teatre. Director: Riccardo Frizza.
Borrelli: L'italiana in Algeri © A. Bofill, 2018

Inexplicablemente, la ópera número once de Rossini, un éxito desde su estreno y de las pocas que de algún modo sobrevivieron hasta la explosión del renacimiento rossiniano, ha tenido poco recorrido en el Liceu. Ahora faltaba desde hacía treintaiséis años, pero hubo momentos en que la espera duró casi sesenta años. Pocas o muchas pueden ser las explicaciones, pero el regreso en 1928 se debió a una exigencia de la sin par Supervía, y en 1971 sirvió para el debut de Valentini Terrani, porque indudablemente muchísimo (aunque no todo) depende de la mezzosoprano que interprete a Isabella.

Se utilizó una puesta en escena del Teatro Regio de Turín que tiene cierto aire a Ponnelle, pero no su exquisito gusto y ligero humor. Este último es demasiado infantil y hoy no causa mucha gracia, como tampoco algunas tímidas morcillas a cargo fundamentalmente de Mustafà. Los trajes son coloridos y tal vez lo mejor o más en sintonía con la obra. Los artistas parecían tener indicaciones, pero no todos lograban llevarlas a cabo en el mismo grado. Me gustaría saber por qué Daniela Pellegrino (clavicémbalo) salió vestida como un personaje más de la ópera y se la vio todo el tiempo más que a sus compañeros, incluso en los saludos.

La dirección de Frizza, como ya me ocurrió en París, es algo menos interesante que cuando dirige un Rossini (o Donizetti) serio. La orquesta estuvo bien, especialmente en la parte puramente técnica, pero faltó chispa y los crescendi fueron adecuados aunque bastante mecánicos, y no causaron gran impresión (tal vez en la segunda función esto se haya corregido un tanto, pero no en la obertura por ejemplo). Correcto el coro masculino aunque no en una de sus grandes noches. 

Marsol fue un eficaz Haly, Vinyes-Curtis una simpática Zulma, y Blanch cantó bien casi todas las notas de Elvira (algunos agudos en el primer acto fueron bastante estridentes, cosa que no ocurrió el día del segundo reparto).

Los cuatro roles principales tuvieron un doble reparto.

Mironov es un cantante correcto, de voz pequeña, agudo limitado y de color distinto del resto de registros con un ligero tremolo y se mueve bien. Rocha  resultó mucho más interesante: la voz no es caudalosa ni muy bella, pero corre bien y tiene una buena extensión además de ser un actor consumado. Dentro de su buena labor hay que destacar su versión del aria alternativa del segundo acto, ‘Concedi amor pietoso’ en lugar de la tradicional ‘O come il cor di giubilo’.

Caoduro tal vez fue quien estuvo más en carácter como Taddeo, aunque no sacó siempre todo el partido posible (‘Ho un gran peso sulla testa’, por ejemplo), y el rol admite perfectamente un barítono brillante. Esteve es un barítono de medios limitados, pero se mueve y dice bien y, como tantos otros en la parte, exageró un poco el aspecto bufo, pero los resultados no desmerecieron. 

Pisaroni (Mustafá) es un hombre joven y atractivo, se mueve con gran soltura y canta bien. Pero nunca ha sido un bajo, y hoy parece cada vez más barítono sin por eso lograr resolver los riesgosos agudos del ‘Pappataci’, que gritó sin más. Orfila los dio con mucha comodidad y se convirtió en el triunfador de la velada. La voz es ahora más de bajo que antes, y se movió y cantó con brío y calidad musical. Hasta ahora, lo mejor que le he visto y en una parte de mucho compromiso.

Había ya visto en París a la protagonista, que se presentaba con este papel en el Liceu. 

Me complace decir que Abrahamyan presenta una Isabella mucho más convincente, más decidida y alegre aunque no sea una ‘natural’ para el papel y el desparpajo y la coquetería sensual le sean -tal vez ahora menos- ajenos. Cantó muy bien, con coloraturas precisas, buen grave y buen agudo, a veces con cambios mínimos de color y, como Pisaroni, tuvo su buena ración de aplausos, aunque nunca muy entusiasmados. Beaumont tiene una voz más pequeña y más corta en el grave, pero hizo lo imposible por salir airosa y lo consiguió, tal vez más en el segundo acto, con un buen ‘Per lui che adoro’ y un excelente ‘Pensa alla patria’ donde consiguió que el grave sonara más y mejor (antes abría demasiado el sonido y el resultado no era ni muy bello ni muy eficaz). Las agilidades fueron muy buenas y la intérprete sin llegar a ninguno de los grandes nombres que todos tenemos en mente resultó mucho más espontánea y vivaz que su colega. 

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