España - Andalucía

Los novios de la alegría

Raúl González Arévalo

martes, 8 de enero de 2019
Granada, viernes, 14 de diciembre de 2018. Palacio de Deportes de Granada, Miguel Ríos, Symphonic Ríos. Miguel Ríos. Los Black Betty Boys. Orquesta Sinfónica Universal Music. Carlos Checa, director.  
Miguel Ríos en Granada © Carmen Navarro Aparicio, 2018

La noche era fría y los ánimos estaban calientes. La cola en la ventanilla para “incidencias” era larga y cundía el nerviosismo porque se acercaba la hora de inicio del concierto. Pero el espectáculo no comenzó hasta que todo el mundo estuvo dentro, una hora más tarde de lo previsto. Dentro del Palacio de Deportes de Granada había ambiente de gran ocasión: Miguel Ríos es una institución en la ciudad y se trataba del último concierto de la que, previsiblemente, será la última gira en su carrera. Aunque se hizo esperar por el imprevisto, todo quedó olvidado cuando los músicos de la Orquesta Sinfónica Universal Music empezaron a ocupar sus puestos sobre el escenario y Carlos Checa calentó motores con un popurrí de los temas más conocidos del rockero. 

A continuación salieron los miembros de la Black Betty Boys Band y el auditorio rugió con la aparición más esperada. Miguel Ríos entró directamente con Memorias de la carretera y marcó un ritmo que iba a ir in crescendo el resto de la noche. Cuando se dirigió al público fue para disculparse por los problemas que habían causado el retraso. Grande el artista que trata así a su público, la devoción es mutua: “fuisteis mi primer público y siempre habéis sido el más querido. Si no fuera por vosotros, todavía estaría en almacenes Olmedo”, diría en un momento de la noche. La emoción embarga sus palabras para recordar cómo surgió Symphonic Ríos, hace casi dos años, para un concierto en el marco incomparable del Palacio de Carlos V, dentro del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, una propuesta original que asombró a propios y extraños, y fue un éxito clamoroso. Tanto que nació una gira. 

En esta ocasión sin embargo no le acompañaba la Orquesta Ciudad de Granada, ocupada en un Mesías, para la que tuvo las mejores palabras -como para Josep Pons, que le acompañó entonces- y pidió el apoyo económico necesario para garantizar su buen funcionamiento y su calidad artística. Otro gesto que le hace grande. El compromiso social, político y musical de este artista no tiene fin, como confirmó a cada ocasión que se le presentó. Solo entonces entonó Bienvenidos

Lejos quedaban los orígenes que siempre recuerda con Boabdil el chico, cuando se fue a probar suerte a Madrid. El concierto no fue solo una sucesión de sus mejores canciones en versión sinfónica, fue un repaso de su vida, de sus convicciones e ideales. Los que le llevan a la denuncia social de los gobiernos de antiguas potencias colonizadoras que provocaron y provocan en gran medida la desigualdad del Tercer Mundo, especialmente de África, y quieren levantar muros para que sus habitantes no lleguen a Europa huyendo de la guerra, el hambre y la miseria. Sonó En la frontera

Después recordó que desfavorecidos no hay solo en el exterior, y cómo tuvieron la iniciativa de poner una pantalla para que los presos de la cárcel, contigua al Estadio antiguo Los Cármenes, pudieran ver el concierto de la gira de El rock de una noche de verano a principios de los 80, dado que lo iban a escuchar a través de las rejas. Canta El Río. La lista cambió respecto al espectáculo original, en el orden y las canciones. 

Con la violencia machista contestada masivamente en las calles desde el pasado 8 de marzo, que Ríos reivindica con convicción absoluta, como la casi paridad de la orquesta que le acompañaba, se encaminó hacia No estás sola. Le siguieron Reina de la noche, Un caballo llamado muerte, Todo a pulmón -única composición que no es propia, de Alejandro Lerner, a quien recuerda-… y llegó la pausa, próstata obliga, con las inevitables bromas. Referencias al público, con “Los viejos rockeros nunca mueren”, también al más joven: no solo estaban los hijos del Rock ‘n Roll, también los nietos. Mi hijo entre ellos, en su estreno rockero imbatible.

La complicidad de los Black Betty Boys fue absoluta, del teclista, Luis Prado, que cantó una desternillante composición propia, Estoy gordo, durante la pausa-esfínter, a José Nortes, que se lució toda la noche rasgando la guitarra con momentos espectaculares, como Javier Sáiz al bajo y Carlos Gamón en la batería. No menos implicada la orquesta y el director, con muestras evidentes de estar disfrutando de un espectáculo difícilmente repetible en sus carreras. 

El concierto se encaminó hacia el final con temas emblemáticos: El sueño espacial, El blues del autobús y El twist del reloj. Detrás de mí parte del público había abandonado sus asientos y estaba bailando sin parar en un espacio vacío. Lo siguieron haciendo con los tres bises que llevaron a una apoteosis triunfal: Santa Lucía y Vuelvo a Granada. Genio y figura hasta al final, la actualidad política no escapó: “Ahora que muchos vuelven a cantar El novio de la muerte, nosotros somos los novios de la alegría”, en clara alusión a la irrupción de Vox en el Parlamento andaluz. Todos cantamos el Himno a la alegría a pleno pulmón. No hay mejor elección para cerrar una noche vibrante de música, emociones y compromiso. 

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