España - Castilla y León

Luz indómita

Samuel González Casado

martes, 22 de enero de 2019
Valladolid, sábado, 12 de enero de 2019. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Andrew Gourlay, director. Alexander Romanovsky, piano. Fernández Ezquerra: Figura de luz indómita. Prokófiev: Concierto para piano y orquesta n.º 3 en do mayor, op. 26. Debussy: Preludio a la siesta de un fauno. Skriabin: Poema del éxtasis, op. 54. Ocupación: 95 %.
Nuño Fernández Ezquerra © Plataforma Ulysses

La necesaria inclusión de obras de estreno en una temporada no siempre da lugar a programas coherentes, dado que muchas veces aquellas van por libre y lograr conexiones en el mismo concierto resulta tarea difícil; máxime si es una obra como la de Nuño Fernández Ezquerra, ganadora de un concurso. Pero parece que a veces las cosas deben salir bien, y en este caso se logró un programa congruente en múltiples aspectos, centrado en lo que podría definirse como la tímbrica del impresionismo en su más amplio sentido.

Figura de luz indómita es espléndida, ya desde una base sonora distinta a lo esperable en una orquesta sinfónica, lograda con una utilización poco habitual de los instrumentos que se aprovecha con coherencia e inteligencia. La fluidez y la tensión se combinan de forma admirable, y esta última se consigue con recursos más tradicionales de lo que el acabado formal de la obra puede dejar entrever en un primer momento (por ejemplo, cierto tipo de escaladas dinámicas), con lo cual la estructura y su transmisión al público son precisas, fácilmente asimilables. Existe también algo que recuerda al estilo de algunos compositores nórdicos en ese movimiento de masas sibilantes que evolucionan hacia clímax acumulativos y continúan de forma etérea, sin gran carga dramática pero que incitan al oyente a participar, o mejor, sumergirse en las sutilezas de ese personal mundo. Todo un acierto, pues, que abría la velada consiguiendo algo ciertamente difícil: la general aprobación de un público de gustos más bien tradicionales en una obra de estreno.

Con Prokófiev no abandonamos el mundo de la sutileza, si bien esta música es mucho más proteica y a veces lúdica. Inmediatamente hay que destacar al pianista, Alexander Romanovsky, que luce una técnica que no recuerda a la escuela rusa aunque su apellido pudiera indicar otra cosa. De hecho, no utiliza esa explosividad, y sus ataques, pese a la supersónica velocidad con que afronta las partes más brillantes de la obra, son siempre suaves, medidos. Huye de cualquier dureza, y elabora su discurso desde un fraseo muy rico, aunque aún no pueda considerarse estrictamente personal.

La velocidad a veces fue en detrimento de cierta precisión mecánica, lo que no pareció importar a Romanovsky, que llevó su concepto hasta las últimas consecuencias. Dado que su volumen no es enorme, quizá Gourlay debería haberlo cuidado un poco más, aunque eso habría ido en detrimento de la brillantez general de un conjunto en la que director y orquesta colaboraron sin complejos, y eso que algunas entradas de la cuerda aguda sonaron ligeramente imprecisas en la afinación. De todas maneras, el pianista encontró muchas zonas en las que expandirse sin competencia, y sus tres dificilísimas propinas confirman que iba absolutamente sobrado. Gran virtuoso y gran músico.

La segunda parte no estuvo a la misma altura que la primera, pero no se quedó muy lejos. Al apreciable Fauno de Gourlay le faltó una dirección estilística más claramente apreciable, aunque la orquesta siempre sonó equilibrada y la planificación destacó por el contraste entre las distintas secciones de la composición. Creo que la clave estuvo de nuevo en la cuerda, algo difusa, que no permitió un especial detalle a la hora de crear ambientes o efectos de color; y que el director dedicó su atención a calibrar momentos antes que a otorgar una unidad “evolutiva” a la obra, y por tanto es difícil recordar la presencia de un concepto, de una visión integral.

La versión del Poema del éxtasis fue espectacular y transmitió la sensación de haber sido profusamente trabajada. Aunque comprendo que resulta difícil, creo que se debería haber atenuado algo el nivel de estridencia al principio para que los momentos de descarga hubieran logrado mayor efecto. Pese a esto, hay que destacar la maravillosa plasticidad con que Gourlay movió la por momentos hipertrofiada presencia de todas las familias; también la contundencia de los tutti; y la estupenda planificación dinámica, como la del crescendo final, simplemente impecable. Nos encontramos con un tipo de tensión acumulativa que afronta sus cumbres como una especie de liberación, de camino hacia una nueva luz, y Gourlay y los maestros de la OSCyL sembraron ese camino de elementos interesantes y contundentes que hicieron que la obra se pasara en un abrir y cerrar de ojos. Es definitiva, el público pudo disfrutar en todo su esplendor del Poema del éxtasis, que supuso un rotundo final una de las veladas más interesantes de la temporada de abono de la OSCyL.

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