Reino Unido

¿Chaicovsqui gay? ¡Pero qué va!

Agustín Blanco Bazán

martes, 22 de enero de 2019
Londres, domingo, 13 de enero de 2019. Royal Opera House (ROH) en el Covent Garden. La dama de picas. Ópera en tres actos con libreto de Modest Chaicovsqui y música de Piotr Ilich Chaicovsqui.  Regie: Stefan Herheim. Escenografía y vestuario: Philipp Fürhofer. Iluminación: Bernd Purkrabek. Dramaturgia: Alexander Meier-Dörzenbach. Gherman: Aleksandrs Antonenko. Tchaikovsky/Yeletsky: Vladimir Stoyanov. Liza: Eva-Maria Westbroek. Condesa: Felicity Palmer. Tomsky: John Lundgren. Chekalinsky: Alexander Kravets. Paulina: Anna Goryachova. Surin: Tigran Martirossian. Governanta: Louise Winter. Coros y orquesta de la ROH bajo la dirección de Antonio Pappano. Co-producción con la Ópera de Holanda.
Herheim: Dama de picas © Catherine Ashmore, 2019

Pocos homosexuales menos gays que Chaicovsqui, al menos en el sentido de risueña despreocupación que la expresión inglesa “gay” tenía antes de ser confiscada para denominar, casi exclusivamente y en cualquier idioma, el erotismo entre personas de un mismo sexo. Como prueba, las cartas citadas por el dramaturgo Alexander Meier-Dörzenbach en el programa de mano de la producción presentada en el Covent Garden, muestran un compositor que consideraba sexo con hombres como una inmundicia a suprimir casándose lo antes posible. En lo que a Dama de Picas respecta, Chaicovsqui, que como cualquier creador proyecta su personalidad sobre sus creaturas, se sentía afín a Gherman, una figura tan paradigmáticamente “gay” como la de muchos atormentados que se excusan por no calentarse con mujeres diciendo que están obsesionados con una sola, convenientemente fuera de su alcance. Meier-Dörnzenbach agrega la posibilidad de que Chaicovsqui la haya pasado mal con sus prejuicios morales pero bien según sus instintos acudiendo a prostitutos, porque finalmente, parece sugerirlo el dramaturgo, la pica aludida en el título es un símbolo de lo que Chaicovsqui realmente necesitaba. Es una idea trasnochada pero que le viene como anillo al dedo para que la fantasía de una dama con falo pueda entrar en la regie de Stefan Herheim. Meier-Dörnzenbach completa su análisis sacando del bolsillo la propuesta que sirve de núcleo al concepto desarrollado por Herheim, a saber, que Chaicovsqui quería identificarse con Yeletsky, un aristócrata que encarna la salvación de la pica en un matrimonio hétero, solvente y socialmente atractivo para los lectores de la revista Hola! 

La puesta gira alrededor de un Chaicovsqui mudo que observa a sus personajes con obvia atracción hacia Gherman y más bien asustado cada vez que Liza se le acerca atraída o irritada. Este Chaicovsqui abandona la apasionada gesticulación muda de atracción a los hombres y miedo a las mujeres que define lo que es, para transformarse en lo que quiere ser, ni más ni menos el mismísimo Principe Yeletsky. Diez puntos entonces y, espero, doble cachet, para Vladimir Stoyanov por su calidez tímbrica y su compostura finolis, como alternativa constante a la coreografía de un compositor mudo que, ora se mueve alrededor de sus personajes gesticulando pomposamente con la pluma de ganso que usa para componerlos, ora se precipita al piano de la gran sala de estar que sirve como decorado único. Se trata de una escenografía visualmente magnífica, con grandes ventanales al fondo a través de los cuales el coro irrumpe con fantasmal insolencia, y con paneles que se mueven para agrandar el espacio en escenas como las del baile de máscaras que abre el acto segundo. 

La regie comienza con un toque de banal pretenciosidad hoy repetidamente usado por más de un regisseur, esto es la de abrir el telón para que el público presencie una escena muda fuera de programa. En este caso, Chaicovsqui, luego de hacerle la fellatio a Gherman, trata de acariciarlo tiernamente. Pero el soldado lo rechaza brutalmente con un “Was machen Sie!?” Lo cual se traduce del alemán como “¿¡Pero qué está haciendo!?” Porque, lo dice el cuento original de Pushkin, “Germán es alemán.” Tal vez por ello el Covent Garden ha cambiado el normalmente utilizado “Hermann” por “Gherman”. Sea como sea, el germano despoja a Chaicovsqui de todos los rublos que este tiene en su billetera, y lo deja desconsolado, después de mofarse del pajarito que este guarda enjaulado. Es un pajarito que evoca a un Papageno que aparece para interpretar la fantasía pastoral que, siguiendo casi al pie de la letra la canción donde el cazador mozartiano ansía “una doncella o una mujercita”, entretiene a los invitados al baile de máscaras. Pero ocurre que la inocencia bucólica de Chaicovsqui se ve alterada por esa mente que, nos ocurre a todos, sale con un domingo siete cuando más uno se empeña en controlarla. Es así que la pastoral termina con Papageno follándose furiosamente a Papagena. Pero hay mas: al final del baile, la Zarina avanza con majestuosa regalía para satisfacer las ansias de aceptación social del alelado Chaicovsqui /Yeletsky, pero ... ¡no es la Zarina! sino el soldado prostituido, que se despoja brutalmente de su travesti para interferir los acordes finales con una histérica y procaz carcajada. 

El lector habrá advertido algún sarcasmo en las líneas precedentes, de las cuales me responsabilizo a título personal. Ocurre que las excelentes ideas de Herheim y la impecable sincronización de movimiento escénico con la partitura se ven malogradas por la exageración paródica de su exposición escénica. Herheim no parece darse cuenta que el sobre-énfasis y la reiteración terminan banalizando su propuesta de presentar la obra como una historia paralela creíble sobre cómo la homosexualidad de Chaicovsqui se proyecta subliminalmente en Dama de Picas. Es una homosexualidad de represión tal vez incomprensible para los que se liberaron al compás de Elton John o Freddy Mercury. Pero es una homosexualidad que, aunque no sea (literalmente) “gay”, merece ser tratada con menos frivolidad y mayor madurez teatral.

Aleksandr Antonenko interpretó un Gherman convincente en su desenfreno, pero su voz, ¡ay!, me obliga a retirar el vaticinio de “Domingo nº 2” que me permití hacer cuando lo vi hace algunos años en Otello. Su articulación es clara y proyectada con formidable apoyo, pero con tendencia al descontrol. Y su afinación es perceptiblemente errática. Plácido Domingo supo cantar este, creo que su último rol de tenor en el Covent Garden, con una voz ya algo seca pero siempre irreprochable en su entonación y mordente. Tampoco es adecuada para Liza, Eva-Maria Westbroek, una de esas sopranos dramáticas que canta lo que le pidan pero que en este caso lo hizo sin el timbre lírico de plata requerido por su rol, aún cuando su actuación fue de maravillosa convicción en su escena final. Vocalmente hablando, las mejores voces del reparto fueron Anna Goryachova, una Paulina que sí supo cómo cincelar el registro medio con calidez y control, y la arrolladora gobernanta interpretada por Louise Winter.

Antonio Pappano dirigió con intenso lirismo a una orquesta de la casa de excelente nivel, pero hubo algunos desajustes con el coro. 

Párrafo aparte merece Felicity Palmer, una condesa antológica por su contención y autoridad en la primera escena, en contraste con esa anciana de camisón y pelo blanco desgreñado que, despojada en su cámara de la contención de su vestuario, deambula con síntomas de una naciente senilidad entre sus avasalladoramente irónicas damas de compañía. Sobre el final, la condesa se presenta prontamente con la pistola de Gherman en mano no bien Chaicovsqui -Yeletsky ha invocado la carta de la dama de picas.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.