Alemania

Las legendarias precisión y elegancia de la Academy of St. Martin in the Fields

Juan Carlos Tellechea

martes, 22 de enero de 2019
Düsseldorf, jueves, 17 de enero de 2019. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Heinersdorff-Meisterkonzerte 2-Konzert 3.Orquesta Academy of St. Martin in the Fields. Violín y dirección Joshua Bell. Edgar Meyer (1960), Obertura para violín y orquesta. Georges Bizet (1838-1875), Sinfonía número 1 en do mayor. Piotr Chaikovski (1840-1893), Concierto para violín en re mayor opus 35. Organizador Heinersdorff Konzerte-Klassik
Joshua Bell © 2018 by Shervin Lainez

Una precisión y elegancia legendarias aunadas a la perfección y entrega de un sobresaliente violinista. No hace falta ser un muy buen vate para predecir el maravilloso resultado del selecto concierto que ofreció esta tarde del jueves 17 de enero de 2019 en la Tonhalle de Düsseldorf la célebre orquesta de cámara británica Academy of St. Martin in the Fields con su director principal desde 2015, el estadounidense Joshua Bell (Bloomington/Indiana, 1967), organizado por Heinersdorff Konzerte. Su magnificencia saltaba a la vista.

El colectivo musical cumple en estos días una intensa gira relámpago por Europa para conmemorar el 60º aniversario de su fundación por el visionario maestro Sir Neville Marriner (1924-2016). Su primer concierto fue ofrecido el viernes 13 de noviembre de 1959 en la iglesia anglicana de St. Martin in the Fields, situada junto a la londinense plaza de Trafalgar. La presente tournée incluyó sendos recitales en Amsterdam, Stuttgart, Viena, Zagreb, Hannover, Frankfurt, Hamburgo y desde Düsseldorf seguía a Londres para finalizar esta tournée en la calidez de su propio hogar (my home, my castle).

Bell como solista, con su exquisito Stradivarius Huberman de 1717, y la Academy suenan tímbricamente de forma tan homogénea y compacta que dejan impresiones imborrables en el espectador, tanto por el virtuosismo en la ejecución como por la belleza de las piezas.

Sobre todo el Concierto para violín en re mayor opus 35 de Piotr Chaikovski, con ese lenguaje directo que lo distingue, permite el disfrute de toda la poesía y la añoranza vertidas en las andanadas de emoción que destila la partitura. Bell parecía por momentos olvidarse de respirar para consagrar al máximo todo su ser a la entrega de ese brillante sonido lírico en el Allegro moderato.

La concentración fue extrema, a veces con refinados pasajes casi imperceptibles (silencio absoluto, no se movía ni una pestaña en la sala), en la breve Canzonetta. Andante que más parece un coral y sirve de puente entre el primero y el tercer movimiento. Fue tan preciosa la interpretación que la platea dejó los discretos formalismos a un lado para aplaudir efusiva y espontáneamente a su término.

La saturnal fiesta rusa del Finale. Allegro es de una fuerza y un dinamismo extraordinarios. Bell pedía con gestos y miradas más vigor aún de la orquesta y ésta lo apoyaba excelsa y prestamente en cada instante de la interpretación. La comunión entre la Academy y su director era absoluta. El destacado primer violinista Harvey de Souza colaboraba además con gran eficacia en apuntalar esa exactitud en las entradas y salidas del conjunto.

Este fue el cierre del concierto que había empezado con la degustación de un aperitivo: la Obertura para violín y orquesta del compositor y contrabajista estadounidense Edgar Meyer (Tulsa/Oklahoma, 1960), amigo y compañero de estudios de Bell desde sus primeros pasos en Bloomington. La pieza de 10 minutos que por momentos hipnotizaba a la platea con sus tonalidades lentas, sentidas y sosegadas, como un blues (se percibe cierto influjo del jazz), fue estrenada en 2017 por la Academy of St. Martin in the Fields en el Bravo! Vail Music Festival en Colorado.

El contraste era enorme frente a la Sinfonía número 1 en do mayor de Georges Bizet, una de sus obras juveniles, escrita con 17 años, y nunca tocada públicamente en vida (se cree que por pedir prestados algunos pasajes a su maestro Charles Gounod, del Conservatorio de París) que se desvela a nuestros electrizados oídos como una pieza sensacional, aunque menos compleja, y de asombrosa madurez relativa para su edad. Sentado sobre una banqueta de piano a la derecha del primer violinista, Bell maravillaba con sus intervenciones solísticas y la orquesta, que se lucía en toda su magnitud, aprovechaba esta gran oportunidad para hacer uso generoso de todas sus posibilidades. Es un conjunto de cámara que sabe explayarse como una sinfónica con 110 músicos.

De más está decir casi que la velada culminó sin bises, pero con prolongadas ovaciones del millar largo de espectadores, de pie, que Bell y sus músicos agradecieron en cuatro oportunidades con mucha cortesía británica, mas dejando en evidencia que habían dado todo de sí y que, lamentablemente, no les era posible seguir tocando. Otra velada inolvidable en la Tonhalle de Düsseldorf.

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