Novedades bibliográficas

Rossini y ¿¿España??

Raúl González Arévalo

miércoles, 23 de enero de 2019
Rossini y España © 2018 by Fórcola

De Rossini está todo dicho. O casi. Desde la famosa Vie de Rossini de Stendhal, las publicaciones se sucedieron con regularidad por el enorme atractivo de la música, la vida y la personalidad del Cisne de Pesaro. El bicentenario de su nacimiento (1792-1992) impulsó una nueva hornada de biografías, además de la edición crítica de cartas y documentos de naturaleza variada. La Fondazione Rossini sigue patrocinando una buena parte de los estudios sobre el compositor con la publicación anual del Bollettino del Centro Rossiniano di Studi, sin olvidar la labor editorial promovida por el recientemente desaparecido Philip Gossett desde la Universidad de Chicago. En consecuencia, cada nueva publicación sobre el genio de la ópera lo tiene cada vez más complicado para justificarse, si quiere ser tomada en serio.

El 150º aniversario del fallecimiento del compositor (1868-2018) ha sido la excusa para el pequeño volumen ideado por Fernando Fraga bajo el título Rossini y España*. Dado que la mayoría de textos están publicados en idiomas extranjeros, preferentemente italiano e inglés, quienes no los hablen o chapurreen se verán tentados de poder acceder a una monografía en castellano. Sin embargo, realmente no deben esperar grandes revelaciones. La razón es clara: el binomio España-Rossini es inexistente más que débil. Su relación con el país fue esporádica y discontinua, al margen de la visita a Madrid en 1831, relevante para la historia de la lírica patria, pero no para el propio compositor.

Con un sujeto de estudio tan endeble, Fernando Fraga, conocido divulgador, se ve obligado frecuentemente a salirse por la tangente. El capítulo que abre fuego, "Intereses italianos por historias españolas", trata de las óperas de compositores italianos estrenadas en España -aquí destaca Mercadante- o con sujeto español, en cuyo caso sobresalen los nombres de Donizetti y Verdi. Pero no podía haber rastro de Rossini, más allá del recurso manido al Barbero de Sevilla.

Entre los personajes españoles que rodearon al compositor, la mayor atención se la lleva, lógicamente, Isabel Colbrán, de la que se aborda la carrera y los papeles rossinianos. Con ella comienza una práctica recurrente del autor: la especulación. Así, afirma que "de haber extendido un poco más su actividad podría haber llegado a ser, por su poderosa personalidad, una excelente Bolena donizettiana, y por temperamento y agilidades, una buena Norma belliniana" (p. 30). Este tipo de disquisiciones, sin base real, alguna, no añaden nada, ni a la figura de Rossini, ni a la de Colbrán, y son tan inútiles como afirmar que la Callas habría sido una gran Semiramide si hubiera cantado íntegra la parte porque grabó "Bel raggio lusinghier" y fue una excelente Armida. Por el contrario, más útil hubiera sido para el lector conocer los papeles Colbrán que sí cantó la Pasta, creadora de Norma y Anna Bolena.

Siguiendo con las especulaciones, en el capítulo dedicado al banquero Aguado, amigo íntimo y consejero financiero, realmente no hay necesidad de fantasear con que "no es disparatado pensar que Rossini y Godoy cruzaran sus caminos alguna vez" (p. 34) porque el ministro de Carlos IV se exilió en París. Más preocupante aún resulta sin embargo leer juicios del siguiente tenor: "esta habilidad mercantil la atribuyen algunos de sus biógrafos al hecho de tener orígenes judíos", no tanto porque, como afirma unas líneas más adelante, "es dato que no interesa apenas en este libro" (p. 35), cuanto por el prejuicio inexcusable que denota. Lanzando la piedra y escondiendo la mano, ni cita ni denuncia a los autores de la ocurrencia, pero la comparte.

Las informaciones sobre "España en la vida de Rossini" no dejan de ser anecdóticas, mientras que "Una visita a Madrid" (1831) es, de nuevo, una excusa para disertar sobre los personajes que encontró en la capital española. No falta tampoco la especulación: "Rossini, que se sepa, no tuvo tiempo de visitar el Museo del Prado. [...] Quizás de regreso a su hogar parisino lamentara el hecho de no poder disfrutar de la obra de uno de sus pintores admirados, Velázquez" (p. 57).

Más interesante y serio resulta el capítulo "España en la obra de Rossini", dedicado a personajes, tramas y estrenos de su obra en nuestro país. Alguna errata merecería corregirse: el tenor de Bianca e Falliero es Contareno, no Cantareno (p. 72) y la antigua Elvira cerca de Granada, de origen íbero y con apogeo como municipio romano, era Iliberis o Iliberris, no Llíberis (p. 73). Lo más destacado, sin duda, son los ritmos españoles presentes en sus composiciones (pp. 86-90), fundamentalmente sus canciones. De la misma manera, el siguiente capítulo, dedicado a "Músicos españoles", tiene un tono adecuado para exponer la influencia de Rossini en compositores patrios, con Ramón Carnicer y su discípulo, Francisco Asenjo Barbieri, a la cabeza.

No podía faltar un capítulo dedicado a Manuel García, de tratamiento correcto, aunque no exento de alguna perplejidad. Así, retoma la idea impulsada por Rodolfo Celletti de que el tenor español era un baritenor de forma acrítica. Ya me expresé sobre este punto, recordando que García cantó muchas más partes de contraltino con ocasión del recital que le dedicó el mexicano Javier Camarena, Contrabandista, al que también se refiere el libro. Igual de interesante, por más desconocida, es el perfil que traza de la malagueña Lorenza Correa, mientras que las páginas que protagoniza Maria Malibrán, hija de García, no salen del tópico de la artista y su españolidad. En el apartado de intérpretes del siglo XX, realiza un recuerdo justo de la gran Conchita Supervía, y extrañamente pasa de puntillas por encima de la más grande rossiniana española de la segunda mitad de siglo, Teresa Berganza, cuyas interpretaciones tienen una talla histórica que Fraga conoce perfectamente.

En definitiva, al llegar al final, uno solo puede confirmar la hipótesis de partida antes de leer el libro: a pesar de estar rodeado de españoles, la relación de Rossini con España y lo español es más bien anecdótica, como la influencia musical de nuestro país en el conjunto de su obra. Pero es algo que ya se sabía. En definitiva, se trata de una publicación modesta, de interés real muy limitado (por no decir nulo) para quienes conozcan su figura y su música.

Notas

Fernando Fraga: "Rossini y España", Madrid: Fórcola, 2018. 167 pp. ISBN 978-84-17425-23-4.

Comentarios

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23/01/2019 9:01:41

«Quien haya llegado hasta aquí en la lectura, se habrá dado cuenta sin duda de que éste es únicamente un pequeño homenaje al Napoleón musical cuando se cumplen los ciento cincuenta años de su fallecimiento.» Con estas líneas –que es más que notorio que no ha leído, o no quiere mencionar, el autor de esta reseña– finaliza el libro de Fernando Fraga. Raúl González Arévalo descalifica Rossini y España como una «publicación modesta, de interés real muy limitado…». Obviamente, este improperio entra en el terreno de la descalificación gratuita, en una reseña o comentario parcial y torticero que tan sólo pretende destrozar un libro que, en ningún momento aspira a ser académico, científico o demostrar ninguna hipótesis preconcebida, sino, todo lo contrario, proporcionar al lector un ensayo musical y literario, de grata lectura, aportando algunos datos de la relación del compositor con España, lo español y los españoles que frecuentó. Los meandros que tanto molestan al señor González Arévalo («Fernando Fraga, conocido divulgador, se ve obligado frecuentemente a salirse por la tangente»), son precisamente la gracia del libro, un estilo personal del autor, que valorará todo lector amante del ensayo inteligente, ameno y no encorsetado (tan habitual en las letras académicas españolas y que, por desgracia, debe ser del agrado del reseñista). No tengo duda alguna de que los cientos de lectores que ya lo han leído lo habrán disfrutado (y así nos consta), entre otras cosas, por esos meandros o tangentes. De los meandros, precisamente, está plagado el Quijote (que seguramente conocía Rossini y que se menciona en el libro). Las tangentes sustentan la historia de la literatura universal. Es legítimo que a uno no le guste un libro. Lo demás, sobra.

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