Alemania

Ser o no ser

Juan Carlos Tellechea

miércoles, 23 de enero de 2019
Mönchengladbach, sábado, 24 de noviembre de 2018. Theater Mönchengladbach. Hamlet, ópera en cinco actos del compositor francés Ambroise Thomas (Metz/Lorena, 1811 – París, 1896), con libreto de Michel Florentin Carré y Jules Paul Barbier, basado en una adaptación (1847) de Alexandre Dumas (padre) y Francis Paul Meurice, de la obra de William Shakespeare The Tragical History of Hamlet, Prince of Denmark (1602), estrenada el 9 de marzo de 1868 en la Opéra de Paris, Salle de la rue Le Peletier. Régie Helen Malkowsky. Escenografía Hermann Feuchter. Vestuario Susanne Hubrich. Dramaturgia Andreas Wendholz. Intérpretes: Rafael Bruck (Hamlet), Sophie Witte (Ophelia), Matthias Wippich (Claudius, rey de Dinamarca), Eva Maria Günschmann (reina Gertrude, madre de Hamlet), Hayk Dèinyan (Polonius, padre de Ophelia y de Laertes), David Esteban (Laertes), Andrew Nolen (bufón/ voz del padre muerto), Kairschan Scholdybajew (Marcellus), Gereon Grundmann (Horatio). Coro y comparsas del Theater Krefeld y del Theater Mönchengladbach. Coro preparado por Michael Preiser. Orquesta Niederrheinische Sinfoniker. Director Mihkel Kütson. 100% del aforo.
Rafael Bruck © 2018 by Stutte/Krefeld

Una excelente régie, una sobresaliente dirección musical, una extraordinaria ópera que desde su estreno (1868) en París gozara de enorme éxito: una nueva producción de Hamlet, del compositor francés Ambroise Thomas y libreto de Michel Florentin Carré y Jules Paul Barbier, con puesta de la alemana Helen Malkowsky, conducción orquestal del estonio Mihkel Kütson y magníficos intérpretes, fue estrenada entre estruendosas ovaciones en el Teatro de Mönchengladbach (Baja Renania).

Tras caer en el olvido durante un muy prolongado lapso desde comienzos del siglo XX, la pieza reanudó campante su andadura ocho décadas más tarde en Viena (1992 y 2012), Ginebra (1996), París (2000), Praga (2002), Londres (2003), Barcelona (2003) y Nueva York (2010), así como a través de diversas grabaciones (CD) de estudio y vídeos (DVD).

Si hay algo que destaca y enorgullece a la Comunidad de los Teatros de Krefeld y de Mönchengladbach es su política de permanente búsqueda de obras que pese a su excelencia no son frecuentemente representadas. Estos escenarios de provincia no le temen a la innovación y a la experimentación, porque tienen todo para ganar y nada que perder en el intento, algo que los teatros de grandes ciudades no siempre pueden permitirse (y prefieren invariablemente ir sobre seguro, con títulos taquilleros), al menos aquí, en Alemania.

Verbigracia, el 19 de enero de 2019 veremos en este teatro (y reseñaremos) Los bandidos, de Friedrich Schiller, con régie del notable director Matthias Gehrt, quien (con el Instituto Goethe) llevará asimismo esta obra a Israel, donde a finales de marzo será escenificada íntegramente por primera vez en ese pais.

Pero, volviendo a nuestro Hamlet de marras, Malkowsky, quien también bajo la batuta de Kütson ya llevara aquí a escena con gran acierto Mazepa (2012), de Piotr Chaikovski, y Stiffelio (2013), de Giuseppe Verdi, se mete con pasión en la singular dramaturgia de esta pieza, basada en una adaptación de Alexandre Dumas (padre) del drama clasico de William Shakespeare, y se gana de nuevo las palmas del público y de la crítica. La narración está ambientada en Dinamarca, en el castillo de Helsingør, en la época del Renacimiento.

Su concepción no incurre en costosas escenografías o vestuarios ni osa una crítica social que extrapole la obra a nuestros días. No. En un espacio variable (decorados de Hermann Feuchter), ópticamente atractivo y limitado a lo esencial, la directora relata la historia de forma inteligente, estricta y palpitante, pero cuidando mucho de guardar cierta distancia de ella, de modo que la proximidad a la época actual se produzca casi como por arte de magia, a medida que se va acrecentando su carácter parabólico.

El centro de la escena y de la puesta es el trono, símbolo del poder, pero también de la codicia por él y de la corrupción que prolifera a través de él. En el primer cuadro, Claudius (resonante el bajo alemán Matthias Wippich), el regicida y usurpador, se hace al vuelo con el trono. En el futuro no podrá vivir sin él; lo carga, lo arrastra consigo, lo coloca incluso en el piso para rezar sobre él; y siempre trata de estar arriba, de ser el primero, el más poderoso, sin que el ejercicio de ese poder, su utilización tenga contenido o cumpla alguna función social. Wippich hace suyo a la perfección a este personaje inescrupuloso, enfermo por el poder (víctima del síndrome de hubris o hybris o hibris, que ya conocían los antiguos griegos: ὕβρις hýbris, desmesura), que ha perdido el contacto con la realidad. Cualquier semejanza con hechos o personas de nuestro tiempo no es pura casualidad.

Todos se ven afectados por el virus; la corte entera que sigue como perro faldero e hipnotizada a Claudius; Gertrude (estupenda la mezzosoprano alemana Eva Maria Günschmann, con gran personalidad y presencia escénica), reina de Dinamarca y madre de Hamlet, que se deshace por estar antes que nadie en el centro del mando; e incluso Hamlet (brillante el barítono Rafael Bruck), quien sobrevive en la ópera de Ambroise Thomas y en medio de una locura homicida masacra a todo el que se interponga entre él y el trono.

Solo dos figuras están libres de esa enfermedad, Ophelia y el bufón. Éste, fascinantemente interpretado por el estadounidense Andrew Nolen (quien encarna asimismo el espíritu del rey asesinado, por Claudius con la complicidad de Polonius, padre de Ophelia), con un trabajo corporal de gran precisión y asombroso talento para la danza. Con su torso desnudo y una gorra roja, el bufón de la corte observa y manipula la acción, pero aparentando ser alguien que no tiene intereses personales en el asunto.

Ophelia (mágnífica la soprano berlinesa Sophie Witte) es una joven que ama, que ablanda el corazón. Witte da vida a su personaje de forma natural y clara, histriónicamente hablando. Si bien se la vió algo reservada al principio, casi impersonal en la primera aria, en la célebre escena de locura ---que con sus espectaculares efectos vocales tanto contribuyera en el siglo XIX al gran éxito del estreno de Hamlet en París--- la soprano alcanza un nivel espectacular con su voz y sin demasiado esfuerzo. ¡Maravillosa!!!

Fue una velada en la que el teatro precisaba imperiosamente a todo su elenco y a sus solistas invitados. Nadie podía faltar aquí. El Hamlet del barítono Rafael Bruck sonaba con una bellísima entonación, y su monologal Ser o no ser fue grandioso, uno de los puntos culminantes, de mayor energía de la representación.

La orquesta Niederrheinische Sinfoniker fue dirigida con gran maestría por Kütson. El director general musical de esta comunidad de teatros de Baja Renania consigue extraer de la partitura todo el increíble colorido que virtió allí Thomas hasta alcanzar el clímax en la citada aria de la enajenación mental de Ophelia.

Al caer el telón, los aplausos de los centenares de espectadores que colmaban la sala del Teatro de Mönchengladbach eran incontenibles y llegaron a niveles atronadores. Al término de esta velada memorable el público, de pie, premió con frenéticas expresiones de aprobación la actuación de todo el elenco y la admirable labor de sus directores.

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