Francia

Una Arabella en estado de gracia

Jorge Binaghi

viernes, 25 de enero de 2019
París, viernes, 11 de enero de 2019. Théâtre des Champs-Elysées. Arabella (Staatsoper, Dresde, 1 de julio de 1933), libreto de Hugo Von Hofmannsthal, música de R.Strauss. Versión de concierto. Intérpretes: Anja Harteros (Arabella), Michael Volle (Mandryka), Hanna-Elisabeth Müller (Zdenka), Daniel Behle (Matteo), Kurt Rydl (Conde Waldner), Doris Soffel (Adelaide), Sofia Fomina (La Fiakermilli), Heike Grötzinger (La adivina), Dean Power (Elemer) y otros. Orquesta y coro (preparado por Sören Eckhoff) de la Ópera Estatal de Viena. Dirección de orquesta: Constantin Trinks.
Hanna-Elisabeth Müller © 2019 by Vincent Pontet

Creo que fue hace cinco años que vi por última vez esta ópera, en Barcelona, y escribí largo sobre ella. Siempre dan ganas de escribir pese a todos los pesares y a las habituales consideraciones al parecer unánimes de los críticos de que es una reedición en formato más reducido y menos afortunada que la muy anterior El caballero de la rosa.

Sabido es que fue la última colaboración de dos hombres distintos y complementarios, que el libreto no lo pudo terminar su autor, y que después de él, salvo en parte para Capriccio, a Strauss nunca le llegó un libreto operístico de esos que eran para él ideales.

Si a su vez su etapa de mayor originalidad, inspiración y energía creativa había pasado su punto culminante y repetía fórmulas o efectos, si es así y puede que lo sea, digamos que sabía hacerlos funcionar como gran músico y gran hombre de teatro que era. Sólo una cosa más. Esta ‘comedia lírica’ habla con afecto, ironía, benevolencia sobre las tonterías de los humanos que nos llevan a disparates totales aun en el (supuesto) mejor de los mundos (desaparecido definitivamente sólo hacía catorce años). Porque nunca se insistirá bastante en que Arabella se estrenó en 1933. Y en ella se habla de perdón, de comprensión, de tolerancia, de compasión y de tratar de seguir del mejor de los modos. ‘Lo que venga’ dice con firmeza pero con vaguedad la protagonista al final… Sabemos lo que vino, y si la ‘lección’ de esta obra no le sirvió a nadie será porque nadie la oyó, no quiso, no pudo o no supo cómo, y no por culpa de sus autores. Y está por ver que no repitamos los mismos ‘errores’ (esta palabra aquí es más bien un eufemismo).

Pero como se supone que esto es una simple reseña, adelante. En conjunto, creo que fue la vez en que la vi de forma más pareja y equilibrada, y con destellos memorables. Como el equipo venía de hacer la obra en el Teatro principal de Múnich, con el que Champs-Elysées tiene establecida desde hace tiempo una óptima relación mayormente straussiana (Der Rosenkavalier, Ariadne auf Naxos), pero no sólo (Andrea Chénier), todos espectáculos reseñados en su oportunidad, ni falta hacían decorados o vestuario. Todos se sabían la parte al dedillo, no sólo el texto y las notas, sino entradas y salidas, y todo fluía con la mayor naturalidad con la orquesta a sus espaldas y el coro (y algunos de sus solistas) al fondo del escenario.

 

Primera duda despejada, el maestro. Muy joven, Trinks, pero muy muy bueno. Se sabe la obra de memoria aunque tiene partitura delante, pero la canta (en silencio, afortunadamente). Tiene una orquesta justamente célebre y un coro muy bueno aunque en esta obra puede lucirse poco. Fueron un dúctil instrumento para una versión ágil, contemplativa cuando debía (‘Aber der Richtige’), reflexiva (‘Mein Elemer!’), frívola y chismosa o simpática (La Fiakermilli o los pretendientes finalmente rechazados; los padres), pomposa (la adivina), sentimental (Zdenka y Matteo), romántica, airada y dolida aunque no llega nunca al drama (Arabella y Mandryka). O sea que lo tuvo todo. Y una relación ejemplar con los cantantes a los que no descuidó nunca (tuvo ‘su’ momento en el magnífico preludio del tercer acto, cuya primera parte sea tal vez el talón de Aquiles de la obra). Hoy dos personas me enviaron una foto de Strauss con una frase que se le atribuye y que seguro expresa bien cómo componía él sus obras líricas: “La voz humana es el más bello instrumento, pero el más difícil”. Y fácil él no se lo hacía, en particular a los tenores. Y aquí el único elemento más débil fue uno de los tenores, el Elemer de Power. Por suerte el otro y más importante, Matteo, fue bien cubierto por Behle (que no pudo evitar, como suele ocurrir, un momento difícil en uno de sus agudos mortíferos del tercer acto).

Los demás estuvieron todos muy bien en sus respectivos papeles, incluidos los dos miembros del coro que asumieron las pequeñas partes de Welko (Sebastian Schmid) y Nikolaus Coquillat (Djura), como también Niklas Mallmann que encarnó a Jankel y el ‘valet’. La corta intervención de la adivina en el primer acto fue magnífica (Grötzinger). Los otros dos pretendientes fueron competentes (Thorpe y Plumb). La Milli es un rol corto, pero uno se pregunta si la soprano a la que se confía la parte no sufre de insomnio o de sudores fríos: Fomina pareció disfrutar esa cascada de sobreagudos y agilidades y los emitió y ejecutó como si tal cosa. Los padres suelen cantarlos cantantes veteranos y expertos, pero que aún se encuentran en condiciones de cantar, y muy bien. Soffel ha hecho una especialidad de Adelaïde y cada vez se la ve más suelta y espontánea. Rydl ha sido un magnífico bajo, y lo sigue siendo: el suyo es el personaje más cómico, más ingenuo, con más defectos y sin embargo tierno (nada que ver con Ochs). Bastarían sus azorados y entusiastas ‘ Teschek!’ blandiendo un fajo de billetes en el primer acto para consagrarlo hoy, cuando ya no le hace falta. (Tal vez la traducción mejor sería una especie de ‘sírvete, tío, dame el gusto’ en una sola palabra; el ‘por favor, sírvete’ es muy o más correcto, pero blando).

Volle también dice bien esa y otras palabras, pero su Mandryka es mucho más. Desde la última vez en que lo vi ha vuelto a bucear en uno de los personajes baritonales más afortunados de Strauss (el otro es Barak, aunque hay un par o tres más, pero no de esas dimensiones) y hoy por hoy no sé de quién pueda hacerlo mejor; hubo algún ligero problema cuando tuvo que cantar a media voz, pero nada que impida de calificar de mayúscula su interpretación (para mí, junto con Hans Sachs, lo mejor que ha hecho en su ya larga carrera). La hermana/hermana menor, causante de los equívocos, Zdenka/Zdenko (y la parte de la trama más vapuleada por la crítica) es para una de esas sopranos líricoligeras que tendrían que levantarle un altar a Strauss. Müller es excelente aunque sus ‘piani’ no tienen esa luminosidad y sutileza que caracterizan a las grandes intérpretes del papel. Y como se ve hasta ahora, una más que muy buena velada. Que se convirtió en memorable por su protagonista excepcional.

Yo he tenido la suerte de ver en esta parte a Popp y dos veces a Fleming, tan distintas entre sí. Harteros no se parece a ninguna de ellas y es tanto (¿o más?) fenomenal. Desde la entrada hasta el momento final fue Arabella, joven, coqueta, romántica, enamorada, mujer súbitamente adulta, entregada pero firme, la más valiente y la más clara de todos los personajes, a un nivel al que ninguno llega. Y así fue ella en el gesto, la intención, la mirada….y el canto. Las sopranos en general tendrían que hacerle un monumento a Strauss, que las comprendió tan bien e hizo que lo difícil lo fuera, pero pareciendo fácil si se tiene la paciencia, la sabiduría, la capacidad, la técnica y el instrumento. Aquí sí que los famosos agudos filados (‘messe di voce’ diríamos en otro contexto) brillaron, flotaron como maravillosas perlas en un registro vocal homogéneo, cálido y vibrante. El teatro, que estaba lleno pero algo menos que para Don Giovanni el día anterior, aplaudió a todos con calor y fuerza, pero cayó rendido a los pies de Harteros ya al final del primer acto, pero cuando salió por primera vez a saludar ella sola al concluir el clamor fue ensordecedor. Yo estaba con un resfriado atroz, pero conseguí soltar algún ‘bravo’ horroroso desde cualquier punto de vista, pero no por la intención.

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