España - Valencia

De la nada, nada de nada

Rafael Díaz Gómez

jueves, 31 de enero de 2019
Valencia, martes, 15 de enero de 2019. Palau de la Música, Sala Iturbi. Orquesta Sinfónica de Düsseldorf. Adám Fischer, director. Gustav Mahler: Sinfonía nº 9 en re mayor.
Adám Fischer © 2019 by Palau de la Música

Cuando veo la escena de la película El hombre mosca en la que Harold Lloyd cuelga de un reloj, la poca energía que no empleo en ponerme muy nervioso la dedico a pensar en Mahler. Sea por el parecido físico que me empeño en otorgarles al músico y al actor, sea por la metáfora que quizás represente esa imagen (la lucha desesperada del ser humano contra el tiempo que al fin y al cabo le verá caer), tan mahleriana, el caso es que la analogía me viene servida como de molde. Siendo por otra parte el caso de que una vez leí un libro, que ese libro se titulaba Concierto barroco, y no teniendo reparos en reconocer que los críticos tendemos a sacar el máximo rendimiento del mínimo esfuerzo, incluido el intelectual, me dio por considerar mientras Fischer espoleaba a su tropa que las manecillas del reloj de las que pendía Mahler eran su Novena sinfonía y que haciéndolas girar por evitar el descalabro se trasladaba con ella a diferentes tiempos y, ya puestos, también espacios, tal y como les acontece a los protagonistas de la novela de Carpentier.

Así, se me figuraron diferentes escenas de singular mérito, dada la hora, y sin que previamente hubiera mediado por mi parte otra ingesta que la de un té verde y un pincho de jamón y queso en la misma cafetería del Palau. El cortejo fúnebre de un músico de jazz estadounidense de la tercera década del pasado siglo (y es que para mí me tengo que si Mahler no nace judío centroeuropeo, lo hace animista afroamericano, y jazzero, claro) es lo que se me vino al magín durante el primer movimiento. En el segundo, en cambio, Haydn, Schubert y Mahler, de tertulia en un cabaret berlinés de 1920, reciben la noticia de que un militar español que aún no sabe que en pocos años perderá un brazo, un ojo y todo lo que sea menester por mor de la patria (el mor es como el amor, pero más corto), anda buscando macabros estímulos musicales para un nuevo cuerpo castrense que da en llamar, como quien se copia en un Erasmus de un alumno francés, la Legión. “Pues con lo ruralotes que son de Pirineos para abajo”, opina Haydn, “aunque a mí, todo hay que decirlo, en Cádiz se me tiene aprecio, un länder a mala uva les viene pintiparado”. Y en esas están, postulándose a ver quién rebuzna mejor en compás de tres por cuarto para estar a la altura del desafío, cuando Alban Berg, que también tiene derecho a aparecer, les anuncia que ya llegan tarde, pues se les ha adelantado un refinado lied titulado El novio de la muerte, pero que en cualquier caso las ideas que sus compañeros han vertido lo mismo le vienen bien para una cosa que está pensando sobre el Wozzeck, a lo que responde Mahler que, pese a cristiano en segundas nupcias, se caga en la hostia porque está seguro de que en unos cien años lo que hubieran escrito para los legionarios españoles, muy morboso aunque no exento de marcha, sería todo un hit en el solar hispano o piel de toro y que ahora iban a ver lo que es bailar con la Parca eines gemächlichen Länders. Ya en el tercer movimiento, Mahler trabaja en la misma mesa en la que Shostacóvich escribe el Allegro de su Décima sinfonía y después de que haya corrido el vodka a la putrefacción de Stalin, en algún momento los papeles pautados de los dos compositores se confunden. Y en el cuarto…, en el cuarto advierto que Adám Fischer no está necesariamente conectado a mi imaginario y, sin apenas ofenderme, valoro si lo que quiere es desmaterializar la música hasta la nada eterna, como prescriben tantos en este trance, o se aferra a algo sustancial, tangible, incluso palpable: la vida, eterna a su manera.

Y gana lo segundo. Entonces, ¿una Novena de Mahler desde la óptica del materialismo dialéctico? Pues me alegro de que me haga esa pregunta, pero no me siento capacitado para responderla. Como Fischer está grabando al integral sinfónica mahleriana con los düsseldorfienses ya habrá ocasión de que cada uno se forme su opinión. No obstante, y volviendo a las manecillas del reloj, he de consignar que a la escueta solidez del eje vertical que las sujeta y a la extensa proyección horizontal de su agujas (sustento armónico comprimido y gran vuelo lineal de la sinfonía), Fischer le añade una dimensión textural muy física, prácticamente táctil. Cuánto hay en ello de voluntad de servicio a una idea o cuánto de sabia adaptación al medio que se dispone (la orquesta es buena, pero quizás no lo suficiente para alcanzar etéreos refinamientos) no puedo saberlo. Lo que si sé es que el primer tiempo se me acaba pronto, no sólo porque Fischer lo conduce con ágil caminar, sino también porque me sorprenden los roces y deslizamientos con los que avanza; que el segundo resulta distinguidamente agreste y de una morbidez vigorosa; que el tercero es un preciso torbellino que se nutre con un implacable sentido de la direccionalidad y, por fin, que el cuarto se consagra a la música como experiencia física, incluso cuando se reduce a un hilo. Notable el control de planos sonoros, transiciones y contrastes. Indiscutible el ánimo constructor de Fischer, que no precisa la partitura y sí un respaldo en el podio en el que apoyarse entre carga y carga, y la entrega de su orquesta. Y menos disruptivo que en otras ocasiones el comportamiento del mucho público asistente (casi lleno), que aguantó el aliento tras el final y aplaudió con aparente e insistente satisfacción. El premio agradecido a la elusión de la nada.

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